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Víctor Fernández y Riazor, 357 días después

El técnico se decidió a dirigir al Zaragoza el pasado 16 de diciembre en las gradas del estadio coruñés. El partido de este domingo, por este detalle, tiene una carga de hondura emblemática en el presente.

Víctor Fernández, el día de su presentación en esta tercera etapa al frente del Real Zaragoza: era el 18 de diciembre pasado, a la vuelta de Riazor, donde él estuvo en la grada.
Víctor Fernández, el día de su presentación en esta tercera etapa al frente del Real Zaragoza: era el 18 de diciembre pasado, a la vuelta de Riazor, donde él estuvo en la grada.
Guillermo Mestre

Víctor Fernández. La Coruña. Riazor. Deportivo. Real Zaragoza. Diciembre. Son media docena de ingredientes que este próximo domingo van a volver a confluir en el estadio coruñés cuando dé comienzo e partido de la 19ª jornada de liga. Será una repetición del cóctel que se dio el año pasado en ese mismo lugar. Porque Víctor, en aquellas fechas prenavideñas de 2018, se decidió a dirigir al cuadro zaragocista, por tercera etapa en tres décadas, sentado en las gradas del campo de fútbol de la ciudad gallega.

Cuando el Real Zaragoza acometa este partido de Riazor pasado mañana a las 16.00, habrán pasado 357 días de aquel episodio. Casi un año exacto. Entonces, era la tarde del 16 de diciembre. Esta vez, será la del día 8 del mismo mes. El caprichoso calendario ha querido que todo recuerde con mucha exactitud aquel sorprendente e histórico paso que significó el retorno de Víctor a casa.

Este domingo va a hacer un año menos siete días que Fernández dio el paso de viajar desde su domicilio gallego en Sanjenjo (Pontevedra) –donde pasa muchas fases del año– hasta La Coruña para ver in situ al catastrófico Real Zaragoza que acudió aquel día allí de la mano de Lucas Alcaraz. Cuando se le vio sentado en la tribuna, junto al palco, acompañado de Pedro Herrera –ex secretario técnico blanquillo casi 20 años– la lectura de su presencia allí fue dispar. Podía ser mero asunto casual, una visita de cercanías para ver a su equipo matriz en la carrera como técnico –el Real Zaragoza– frente a otro de los que él tuvo en sus manos en el banquillo, el Dépor; pero también, yendo un poco más allá en la observación, cabía colegir que en esa aparición de Víctor, con el Zaragoza agobiado, sin aire, ciánotico y desesperado (más tras perder esa noche por 3-1 y caer a la 20ª posición en la tabla, antepenúltimo, en continua y nociva posición de descenso a Segunda B), tenía más profundidad de miras y que, ahí, en una butaca de Riazor, se sentaba el inminente tercer técnico del curso en las filas aragonesas.

Y así fue. Alcaraz dio su última rueda de prensa en Riazor a la conclusión de aquel patético partido –el enésimo de la primera vuelta, la peor de la historia en Segunda– y fue despedido al regreso a Zaragoza el día siguiente. Víctor, tras analizar atropelladamente la problemática futbolística de aquel paupérrimo equipo armado por el área deportiva que, como ahora, encabezaba Lalo Arantegui, se lío la manta a la cabeza y dio un paso adelante –en contra de muchos consejos cercanos– para intentar evitar la caída del club a Segunda B y, con ella, la casi segura liquidación. Así, 48 horas después de vérsele en Riazor, Fernández protagonizó, el 18 de diciembre, su celebrada y sonora presentación en La Romareda como relevo de Alcaraz (éste, a su vez, había aterrizado dos meses antes en lugar de Imanol Idiakez, la primera apuesta de Lalo para aquel proyecto, supuestamente de ascenso).

A Víctor ya no lo trajo directamente Lalo. Tener que ir a un tercer técnico en apenas cuatro meses de competición, con dos yerros monumentales del director deportivo en las dos primeras designaciones (paralelamente a las pifias evidentes en varios fichajes y en el andamiaje de la plantilla), derivó en que otras personas del Consejo tomasen abiertamente las riendas en ese paso determinante en pos de evitar la catástrofe que se avecinaba.

Lo de Víctor Fernández fue un caso atípico, cargado de materia sentimental, de fibra emocional, donde el laureado técnico tenía más que perder que cuestiones a ganar. Y, por fortuna para todos, la apuesta salió bien. A trancas y barrancas, con un padecimiento extremo por momentos, el Zaragoza fue saliendo del abismo y, al final, sumó los puntos suficientes –rapados los 51 y con el alivio de que el Reus, descalificado, ocupó una de las cuatro plazas de descenso ya en enero– para quedar con vida un año más: el actual en curso.

Un partido con carga emocional

El domingo, por lo tanto, va a ser un día cargado de valores añadidos al margen del mero partido que se dirima en el terreno deportivista. Víctor cubrirá un tiempo exacto al frente de este Zaragoza de Segunda: desde la mitad de una liga (cerca ya del fin de la primera vuelta) hasta la mitad de la siguiente. Y, para el preparador del barrio Oliver, seguro que habrá una mirada de soslayo hacia la butaca donde se sentó el año pasado junto a Herrera –tras su banquillo, a media tribuna– y en la que maduró ese impulso personal de volver al Zaragoza para abanderar una salvación histórica.

En aquel semestre de calvario que Víctor asumió en el cuadro de mandos del equipo (de mitad de diciembre a mitad de junio), de pelea contra los elementos, de labor de psicólogo y de pararrayos de malas praxis en el ámbito deportivo en los meses previos a su llegada, el entrenador nunca contempló seguir hoy en su puesto. Eso vino después y cambió más de un paso. Y por eso sucede esto.

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