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¿Por qué se repiten las crisis de otoño cada temporada en el Real Zaragoza?

El equipo blanquillo, un año más, ha caído en un hondo bache en octubre, como es hábito desde 2013.

Imagen de la desolación del Real Zaragoza el pasado domingo en Gijón. El Sporting acababa de marcar el 4-0.
Imagen de la desolación del Real Zaragoza el pasado domingo en Gijón. El Sporting acababa de marcar el 4-0.
Flores (LOF)

Bache. Socavón. Crisis. Este proceso evolutivo, como sucede en la maduración del queso, está viviéndolo en las últimas cuatro semanas el Real Zaragoza actual bajo la batuta de Víctor Fernández. Se ha alcanzado la jornada 13ª, emblemática por su obvio sustrato gafe. Este año cae a finales de octubre. En los precedentes, con otra distribución del calendario liguero, era principios de noviembre. Tanto monta…

Son siete años seguidos en Segunda desde el último descenso (en 2013) y siete baches, siete socavones y siete crisis, exactamente en este punto. Con inicios del descarrilamiento alrededor del Pilar y con desembocaduras, a veces dinamitadoras de proyectos, en el mismo octubre o, a más tardar, durante los días de noviembre. Es el cuento de nunca acabar. El día de la marmota. Un ‘remake’ de ‘Atrapado en el tiempo’, mítica película de genial guión con Bill Murray y Andie McDowell al frente del reparto. Una pesadilla de ‘déjà vu’. Una reiteración de vivencias que tiene al zaragocismo aturdido, como Soláns dixit, «hasta el moño».

¿Por qué tiene el Real Zaragoza esta patología crónica, si cada año ha sido muy diferente de los demás? ¿Por qué cayeron en el mismo cepo casi una decena de entrenadores y un centenar de jugadores? Ha dado igual comenzar bien la liga que hacerlo mal o regular. En cuanto llega octubre, el equipo de turno se para y origina un mar de dudas. A veces letal y arruinador del curso en vigor.

En la gestión ha habido diferentes responsables. Desde Agapito Iglesias, con el comisionado Suso García Pitarch de ejecutor el primer año en Segunda, hasta la actual propiedad desde 2014.

Ya en esta era vigente, ha habido matices diferenciadores en el timón. Al inicio, hubo un consejero delegado deportivo, Carlos Iribarren, que dejó esa labor en el tercer año para delegar el cien por cien de las decisiones futbolísticas «en profesionales», según mandato del Consejo de Administración. Ha habido tres direcciones deportivas distintas: Ángel Martín González, Narciso Juliá (con Albert Valentín de secretario técnico) y la actual, Lalo Arantegui, junto con José Mari Barba. Por encima de ellos, siempre ha estado un único director general: Luis Carlos Cuartero.

Y, a partir de ahí, en el árbol del organigrama del club, el bamboleo humano y el trajín de idas y venidas de gente, de entrenadores y jugadores, ha sido incesante. Paco Herrera, Víctor Muñoz, Ranko Popovic, Luis Milla, Raúl Agné, Natxo González, Imanol Idiakez, Lucas Alcaraz y Víctor Fernández son los nueve técnicos que han sido afectados por este síndrome. A ellos cabe sumar otros que cubrieron fases más postreras en años accidentados: Lluís Carreras y César Láinez. Ninguno salió indemne del virus. Incluso dos, Milla e Idiakez, cayeron antes de esta fecha. Junto a ellos, enumerar a los jugadores que protagonizaron estos descarrilamientos anuales y cíclicos necesitaría de una página completa, son legión.

Indicios, certezas, sospechas

Observando el discurrir de los acontecimientos desde 2013 afloran indicios, certezas y sospechas sobre los porqués de esta patología que altera las ilusiones zaragocistas cada año por fechas gemelas. Pocas cosas firmes, como casi todo en el fútbol moderno.

Se quejan muchos protagonistas del presionante ambiente perenne que tiene el fútbol en Zaragoza. Aun yendo bien el equipo, dicen, esta es una plaza cargada de iones negativos, de intereses futbolísticos ancestrales que capilarizan de arriba a abajo, de fuera a dentro, hasta unir el rendimiento de muchos futbolistas con resortes ajenos al propio vestuario.

Fuera de análisis debe quedar la catástrofe de Pitarch, pues entonces fue el propio director deportivo el que se encargó, desde el núcleo, de dinamitar un posible ascenso a Primera a la primera, pues su misión en Zaragoza no era esa sino liquidar a Agapito del cuadro de mandos. Y el valenciano hizo bien su labor, aunque dejara el equipo capolado para el futuro.

Tras esta destrucción agapitista (la Fundación Zaragoza 2032 recogió el vestuario con un solo jugador, Rico), nunca se ha conseguido recuperar un sostén real o un esqueleto potente de futbolistas que haga de transmisión solvente año a año en los planes deportivos.

No es esto solo cuestión de amor al club, como se ha intentado promocionando a jóvenes de la cantera, a veces sin una visión clara de la jugada (desde Tierno, Whalley, Adán Pérez, David Muñoz, pasando por Sergio Gil y varios más hasta llegar a los actuales) o con veteranos aragoneses repescados con ese fin aglutinador (desde Zapater o Cani, Edu García o Dorado y Linares). Además del sentir, también es necesario un mínimo de calidad y estado de forma adecuado. Y, en estos siete años, lo autóctono no ha dado de sí lo que se requiere para tener estabilidad y continuidad a través de ese andamiaje local.

En cuanto a los fichajes foráneos, obligados, cada dirección deportiva a aplicado ‘la fórmula Paco Umbral’, el «yo he venido aquí a hablar de mi libro». Martín González, que recogió ese vestuario desierto y con eco, lo llenó a toda velocidad, en 15 días, con lo que pudo y supo encontrar a mano sin apenas dinero. Y, por ahora, de la improvisación salió lo más brillante. Pero aquello fue amalgama rara que no tuvo futuro. Juliá y Valentín, después, tiraron de su agenda para trufar el equipo de ex barcelonistas y afines (Bagnack, Dongou, Campins, Xumetra, Lanzarote, entre otras apuestas inexplicables de favores tangenciales (véase Popa como paradigma). Por último, en la era actual de Arantegui y Barba, se intentó normalizar el plan, aplicar una idea a más largo plazo, sin prisas. Se habló de un proyecto a dos años y ya van tres. Es evidente que tampoco está funcionando. Los futbolistas no arraigan. La mayor parte de la gente es de aluvión, igual que viene se va.

Los veteranos foranos nunca dieron resultado: Barkero, Luis García, M. Bertrán, Saja, Samaras, Irureta, José Enrique, Toquero... Que el Real Zaragoza sea una especie de plataforma de paso, con agentes de cabecera, es otro problema. Demasiada influencia externa. Y vulnerabilidad.

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