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Ros, penalti en el 87, Tenerife, gol... lo que cambian las cosas en 10 meses

El capitán del Real Zaragoza tuvo un 'déjà vu' este sábado: marcó gol de penalti en La Romareda a los canarios en la recta final, como el curso pasado. Entonces, su abrazo y dedicatoria a Idiakez, esa noche destituido, le generó problemas internos.

Javi Ros, en octubre, corrió a abrazarse con Imanol Idiakez tras marcarle al Tenerife de penalti en la visita canaria del año pasado a La Romareda. Un gesto que purgó internamente el capitán del Real Zaragoza.
Javi Ros, en octubre, corrió a abrazarse con Imanol Idiakez tras marcarle al Tenerife de penalti en la visita canaria del año pasado a La Romareda. Un gesto que purgó internamente el capitán del Real Zaragoza.
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Minuto 87. Penalti a favor del Real Zaragoza en La Romareda en su partido contra el Tenerife. Lanza Javi Ros y lo marca. 

Esta secuencia, estos sujetos protagonistas, sirven lo mismo para lo ocurrido este sábado, hace unas horas, en el arranque de la temporada 2019-20, como para lo acontecido el 21 de octubre de 2018, el pasado curso, en la jornada 10ª. 

Lo que ocurrió, desde el punto de vista de Ros, fue un paradigmático 'déjà vu', una repetición exacta de una vivencia en un lugar concreto. Una de esas cosas que pasan de vez en cuando en la vida que provocan el asombro de uno mismo por la casualidad y el capricho del destino. 

La gran diferencia -entre las varias que acompañan al caso global- para Javi Ros estuvo en el final de cada uno de los partidos, en las horas posteriores a los mismos. Todo por culpa de su celebración del gol el año pasado, distinta a la que llevó a cabo en la noche de este 17 de agosto, y que entonces le acarreó consecuencias internas en las semanas posteriores dentro del día a día en el club, que ya empezó a dar muestras de descarrilamiento en una temporada que acabó siendo caótica a partir de ese 21 de octubre.

Ese día de otoño, Ros marcó el penalti al Tenerife y era el 1-0 a falta de solo 2 minutos para la conclusión de un partido que había llegado trabado, sin goles, a su epílogo. El entrenador, Imanol Idiakez, estaba siendo cuestionado hacía 20 días por la propia dirección deportiva del club. Había empezado bien, 4º clasificado tras la 4ª jornada con aquel triunfo por 0-4 en Oviedo... pero el equipo se salió de la vía y el entrenador, a ojos de Lalo Arantegui, el jefe supremo entonces de todo lo futbolístico, también. Así que Ros, una vez vio el balón en la red, se fue como una exhalación hacia el banquillo propio y se abrazó con Idiakez larga y profundamente, gesto que aplaudió y leyó la grada como un bonito ademán de unión entre el equipo y el técnico

Luego, en aquel momento en el que todo le salía mal al Real Zaragoza, porque en muchas cosas se compraban numerosos boletos cada semana para que así fuera, el Tenerife empató y logró el 1-1 en el minuto 95, al final del tiempo de aumento. Un gol de Acosta fue letal para Idiakez, que ese día, salvo que lograse la victoria, estaba sentenciado por Lalo, su mano derecha Barba y, por elevación, por el director general Luis Carlos Cuartero

Idiakez murió futbolísticamente como entrenador blanquillo en la misma Romareda. El novato entrenador vasco se marchó del estadio, a eso de las 23.30, sabedor ya de que lo habían echado a la calle. Alguien, entre bambalinas, ya se lo había comunicado. Fue aquella noche en la que, en la penumbra de los focos apagados y el graderío vacío, Lalo, Barba y Cuartero, con gesto agrio, escenificaron una cumbre a solas en mitad del campo, donde se fraguó la caída de Idiakez y... la llegada inminente de su sustituto, el veterano Lucas Alcaraz.

Así que Javi Ros, el año pasado, abrazó a un cadáver deportivo. La foto, lejos de ser el germen de una recuperación de aquella crisis interna, acabó siendo nociva para el mediocampista tudelano. Él era la extensión de Idiakez sobre el campo. Se conocían desde Zubieta, desde que el navarro fue de niño a la cantera de la Real Sociedad y allí encontró al técnico donostiarra al frente del filial, donde lo había dirigido. Ros (como más de medio equipo) no quería que Idiakez saltara por los aires, sabedor de que la relación del preparador de San Sebastián se había deteriorado mucho con Lalo y su entorno por no atenerse a los mandatos tácticos que le llovían por jerarquía desde la dirección deportiva (no compartía ese modelo de trabajo de arriba a abajo, pese a haberlo admitido a su llegada). 

Aquel penalti de hace 10 meses, aquel abrazo equivocado (aunque sincero y leal) al entrenador defenestrado Idiakez, le costó a Ros un desgaste evidente del que tuvo que salir con mucho esfuerzo personal y mediante el paso posterior de muchos acontecimientos intestinos en el vestuario y los despachos de la Ciudad Deportiva. 

Vino Lucas Alcaraz, mucho más obediente que Idiakez obviamente, y Javi Ros se cayó de las alineaciones titulares, en las que era fijo para el destituido entrenador. En Elche, debut de Alcaraz, Ros fue suplente y solo salió al final, con todo perdido (2-0), para nada. Después, en el estreno en casa del nuevo míster ante el Granada (0-2), Javi Ros ni se calzó las botas: cero minutos. Ahí ya trascendió la naturaleza del hecho. 

Ante el cúmulo de errores, en medio de las pésimas sensaciones que estaba trasladando el Zaragoza de Alcaraz en los dos primeros partidos tras su llegada, llenos de depresión, hundimiento moral palpable y mal rollo general por los adentros, el técnico andaluz revolucionó el once en Tarragona, ante el colista Nástic, en su tercera aparición en el banquillo: y Ros sí que volvió a ser titular, los 90 minutos, participando de una balsámica victoria por 1-3 ese día. 

Pero ahí volvió a detenerse la figura de Ros. En la cita consiguiente, en casa ante el Mallorca, Ros pasó de convocado a no aparecer en las alineaciones oficiales ni en el banquillo, ya en La Romareda el día del partido. El club tuvo que apresurarse a anunciar en su Twitter, solo unos minutos antes del inicio del choque (2-2), que Javi tenía una microrrotura muscular en el muslo izquierdo y que por eso se había quedado fuera. Como los antecedentes de los 30 días anteriores estaban ya al cabo de la calle, aquel episodio había disparado la rumorología y las suspicacias inevitablemente. 

Ros estuvo fuera del equipo un mes. No jugó tampoco ni en Alcorcón (2-0) ni contra el Cádiz en La Romareda (0-1). Alcaraz no lo echó de menos, pues en aquella coctelera no era Ros ingrediente de demasiado agrado de ninguno de los del cuadro de mandos. Se empezó a filtrar su cláusula de rescisión (el mercado de enero se acercaba), se comenzó a sugerir que era un futbolista prescindible, una vez reaparecido Eguaras tras su pubalgia, con la buena sensación que estaba dejando Igbekeme, con el eterno Zapater... hubo mucha gente, alguna de peso, que por entonces creyó que Ros estaba en la recta final de su paso por el Zaragoza, vistas las circunstancias. 

La destitución de Alcaraz, el 16 de diciembre tras caer 3-1 en La Coruña, fue el punto de inflexión para el destino de Ros. Llegó Víctor Fernández dos días más tarde y algo empezó a mutar dentro del club. Las cosas ya no rigieron de igual modo en el ámbito deportivo. Y el entrenador aragonés depositó toda su confianza en el navarro, que fue pieza clave muchos días en la salvación final del Real Zaragoza. 

Los últimos 6 meses de la temporada pasada, con Víctor en el timón, no tuvieron nada que ver con los días que unieron octubre con diciembre, en los que Ros era un futbolista a punto de destarifarse en Zaragoza

Ahora, en el inicio de la nueva temporada, ya desde la preparación veraniega, Javi Ros está en su mejor momento en los casi 4 años que lleva en el Real Zaragoza. Luce el brazalete de capitán, ante la ausencia sine díe de Zapater, y es el timonel anímico del grupo sobre el césped. Su posición en el eje de la medular, como escoba al corte del juego rival y con la aportación de kilómetros de casta y trabajo a destajo, no la discute nadie. Incluso no se aprecia a nadie que pueda hacer esa faena como él ahora mismo. 

Esta es una historia más de la volatilidad del fútbol. De lo subjetivo de la gestión de un equipo de fútbol que puede llevarlo a cometer errores descomunales por criterios y conductas alejadas de la responsabilidad general, del sentido común aplicado a lo discrecional por encima de intereses particulares.

Esta es la historia de un penalti en el minuto 87. De un partido ante el Tenerife en La Romareda. De un lanzador, Javi Ros, que anotó en gol para el Real Zaragoza la pena máxima. Datos que lo mismo sirven para referirse a octubre de 2018 que a agosto de 2019. Pero con un abrazo de diferencia en la celebración del tanto que, en su momento, hace 10 meses, estuvo cerca de provocar una injusta desembocadura del destino del jugador de Tudela

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