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Un póker para la tranquilidad

Pudo el Zaragoza vencer, perder o empatar, pero la mano final salió perfecta para que La Romareda pueda respirar tranquila lo que resta de temporada.

Celebración del primer gol de Álvaro Vázquez que supuso el empate a uno.
Celebración del primer gol de Álvaro Vázquez que supuso el empate a uno.
José Miguel Marco

Con un póker de goles, en un encuentro donde la ruleta casi acaba con los méritos de los locales, el Real Zaragoza dio un paso fundamental a la salvación definitiva. Pero habrá que esperar: o a que pierdan el Lugo en casa contra el Deportivo y el Tenerife a domicilio frente al Elche; o a que caiga el Rayo Majadahonda en su visita a Las Palmas y puntúe el Numancia en Oviedo. Estas son las cuentas que se hace el zaragocismo para certificar su permanencia matemática en Segunda División. Dos supuestos que, de confirmarse a lo largo del fin de semana, gracias a que el equipo de Víctor Fernández hizo los deberes ayer ante el Sporting de Gijón, podrían apagar de manera definitiva las ascuas del descenso –ahora a nueve puntos, a expensas del resto de la jornada–, que tantas quemaduras han causado en el orgullo zaragocista a lo largo de la presente temporada, más aún, en esta recta final que parece no llegar nunca a su fin.

Porque salir de La Romareda tranquilo, en paz y con la mente limpia de pensamientos nebulosos no es algo que se pueda decir todos los días. Digamos que no ha sido lo habitual esta temporada, más bien al revés. Por algo el Zaragoza era hasta ayer el tercer peor local de la categoría –sin contar con el expulsado Reus–. Dejó el conjunto aragonés un sabor de boca dulce, con un caramelo que bien pudo envenenarse muy pronto. Como siempre, por culpa de un enemigo común, él mismo. En un momento, el Zaragoza proyectó a sus aficionados una película vista mil y una veces este curso. La de dominar, llegar, no marcar y que te marquen. El desarrollo de la cita no invitaba al optimismo, pero si de algo se caracteriza el conjunto de Víctor, es de no tirar la toalla antes de tiempo. Muchas escenas repetidas, tanto arriba como atrás, con un final feliz casi inédito. Pocas veces ha ganado el Zaragoza este tipo de partidos... Un desenlance reconciliador incluso, como mostró el reconocimiento de La Romareda al doblete de Álvaro Vázquez, quien devolvió el aplauso a la grada en la noche que alcanzó la decena de dianas. El delantero engatilló a la red los dos centros rasos que Delmás y Nieto le sirvieron. El primero supuso el empate poco antes del descanso, y el segundo significó la remontada. Sí, otra vez, hablamos de remontada. De nuevo, a contracorriente durante buena parte del encuentro. Otra película repetida.

Y es que hasta en dos ocasiones se puso el Zaragoza por debajo. Como muchas veces, sin merecerlo por juego, y como siempre, azotado por la condescendencia defensiva y vulnerabilidad en fases que requieren máxima concentración. Tal y como reflejó el segundo gol del Sporting, que salió perdiendo en un encuentro de fogonazos. De esos con los que Pep Biel deleita. El balear volvió a demostrar que si Víctor lo sacó de su chistera, fue para quedarse. Buen despliegue de fútbol, una vez más, del atacante zaragocista.

Mientras el rendimiento de Biel deja ya de ser noticia, ayer saltó a la palestra Papu. Marcó nada más salir para oxigenar a un Zaragoza que andaba contra las cuerdas. Rompió con todas ellas el equipo blanquillo, merecedor de un triunfo que da billete directo a una traca final sin fiesta, pero que en principio, se presume tranquila.

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