Real Zaragoza

Paco Herrera y Ruiz de Galarreta, pasado reciente zaragocista en Las Palmas

El entrenador de los canarios fue el primero que intentó el retorno a Primera tras el descenso, en la liga 13-14. El centrocampista vasco, casi lo logró en la 14-15, cayendo en la isla en la Promoción.

Paco Herrera (izda.), en el entrenamiento de Las Palmas este sábado, junto a Rubén Castro. A la izda., Ruiz de Galarreta pugna con Javi Ros en el partido de la primera vuelta jugado entre el Real Zaragoza y el cuadro canario en La Romareda.
Paco Herrera (izda.), en el entrenamiento de Las Palmas este sábado, junto a Rubén Castro. A la izda., Ruiz de Galarreta pugna con Javi Ros en el partido de la primera vuelta jugado entre el Real Zaragoza y el cuadro canario en La Romareda.
UD Las Palmas/Oliver Duch

La disputa del partido Las Palmas-Real Zaragoza de este lunes en Canarias (21.00) tendrá en el cuadro amarillo dos figuras preponderantes respecto del pasado reciente del equipo aragonés en esta última época en Segunda División, que vive su sexto año consecutivo. Una, la del entrenador de los insulares, Paco Herrera. Otra, la de su centrocampista creativo, Íñigo Ruiz de Galarreta. Ambos tienen un sello relevante en la trayectoria aragonesa en la división de plata en este tramo último de su historia y ambos van a ser piezas claves en el plan de Las Palmas para intentar derrotar a los zaragocistas en el estadio de Gran Canaria.

Paco Herrera fue el elegido en su día, por Luis Carlos Cuartero (entonces en el rol de director deportivo, previo al actual de director general), para abanderar el retorno del Real Zaragoza a Primera División a la primera, como siempre había sido hasta ahora en los descensos puntuales que se dieron desde finales de los años 50 del siglo pasado. Fue por lo tanto el primer técnico en Segunda tras el descenso en verano de 2013. No salió bien la cosa, aunque no fue culpa de ninguno de los dos citados protagonistas: ni del propio entrenador, ni del ejecutivo de Pradilla de Ebro. Ambos están exentos de penas y penitencias de lo que ocurrió entonces.

El inconveniente que surgió para acabar malogrando el buen trabajo de Herrera hasta enero de aquel curso 13-14 llegó con el aterrizaje forzoso, vía Liga de Fútbol Profesional, de un director deportivo postizo y foráneo, Jesús García Pitarch, cuya misión en Zaragoza era única y nada tenía que ver con el afán deportivo de recuperar la máxima categoría: su encomienda era acabar con el control societario de Agapito Iglesias, a costa de lo que fuese menester.

Pitarch llegó como un astronauta paracaidista al Real Zaragoza justo unos días después de que Paco Herrera firmase como entrenador a través de la gestión de Cuartero y Agapito. O sea, no era su entrenador. Se lo encontró hecho. Su hombre, si hubiese llegado unas fechas antes, era Pepe Bordalás, amigo y paisano. Por eso, Paco Herrera nació torcido a causa de este estrambótico caso. Nunca fue bien visto por el nuevo jefe de personal, que en buena medida, vía externa, cada vez iba adquiriendo más poder mientras horadaba el suelo de Agapito Iglesias para hacerlo caer definitivamente de su torre de mando.

Por descontado, García Pitarch cumplió a rajatabla su misión en apenas 11 meses de febril tarea, llena de excentricidades: hizo una oferta de compra de las acciones al soriano en marzo (un empleado montó una rueda de prensa para decirle al jefe que le compraba el negocio, algo sin precedentes); alborotó el vestuario de forma efervescente y letal cuando el equipo era 3º y estaba a 3 puntos del líder tras ganar 0-1 en Miranda el 25 de enero, ya en la segunda vuelta, despidiendo unilateralmente a los capitanes Paredes y Movilla, además de a José Mari (prohibió a Herrera su inclusión en una lista antes de ir a Gijón, lo que provocó un cisma mayúsculo en el vestuario y retardó una rueda de prensa del técnico más de hora y media por el motín generado); se metió en los terrenos laborales de todos los empleados del club, ejecutando varios despidos fulminantes en todas las áreas de la SAD a través de un ERE (Expediente de Regulación de Empleo) que justificó por la necesidad de rebajar los costes salariales de manera urgente y severa; y, tras un intento fallido en noviembre, último momento en el que Agapito se mostró con algo de fortaleza antes de claudicar (tras perder 3-0 en Jaén, Pitarch quiso echar a Herrera y mandó venir a Zaragoza a Bordalás, maniobra que se frustró en pocas horas pues el dueño soriano dijo que, si Herrera caía, su sustituto sería el técnico del filial, Emilio Larraz, y llevó su postura hasta el límite sin dar el brazo a torcer), el directivo valenciano se llevó por delante a Paco Herrera en cuanto llegó una mala racha de resultados, entre febrero y marzo.

La presentación de sus sustituto, Víctor Muñoz, fue una escena con tintes surrealistas. Con Petón -ahora alma máter de la SD Huesca en Primera- haciendo de representante del entrenador zaragozano ("gracias, José Antonio", le dijo Pitarch tres veces durante el acto). Aludiendo a que venía a salvar al equipo del descenso a Segunda B, cuando un mes antes optaba claramente al ascenso a Primera y en ningún momento se había tenido la sensación deportiva de que aquel equipo se hundía hacia el fondo de la tabla. Y, sobre todo, bajo los efectos de la demoledora gestión del valenciano a esas altura de año, con el equipo reventado en sus adentros, importándole un bledo el aparatado deportivo, y con la mirada puesta únicamente en el despacho del máximo accionista para hacerlo saltar de ahí bajo cualquier premisa.

De este largo esperpento, Herrera salió cansado, desorientado por momentos, sin saber entender por qué le había ocurrido esto a él en un año donde el plan inicial era otro diferente. Siempre dijo que sentía que "había venido a Zaragoza en el momento más inadecuado de su historia". Así que, en lo sucesivo, con Las Palmas (donde en su anterior paso le ganó el ascenso al Zaragoza en la Promoción), con el Valladolid o con el Sporting de Gijón, Herrera siempre ha mostrado su cariño hacia el Real Zaragoza, hacia la gente que lo entendió y acompañó en aquel calvario que le era ajeno. Sabe que, en condiciones normales, su Zaragoza hubiera luchado con seguridad por retornar en un año a Primera, como siempre fue en los últimos 70 años...

Y, con él, ahora juega Ruiz de Galarreta, tal vez el futbolista con mayor calidad de cuantos han pasado por el Real Zaragoza en Segunda en estos 6 años encadenados de suplicio. El vasco vino al equipo aragonés cedido por el Athletic de Bilbao con apenas 20 años, en la reconstrucción súbita y absoluta que tuvo que hace la nueva propiedad, la actual de los patronos de la Fundación Zaragoza 2032, en apenas 15 días en el verano de 2014 cuando salvaron de la desaparición y liquidación a la SAD que había abandonado a la deriva Agapito Iglesias. Llegó de la mano del recién llegado Ángel Martín González en la labor de director deportivo. El de Éibar despuntó en Zaragoza, pero no acabó de romper e inició un periplo que lo ha derivado al Leganés, Numancia, Barcelona B y ahora Las Palmas en busca de un lugar en la élite, con los 25 años ya cumplidos, que todavía no ha encontrado.

En Las Palmas, como zaragocista, Íñigo perdió la Promoción en aquel fatídico partido del gol de su ahora compañero Araujo a falta de solo 7 minutos para el final, tiempo que le sobró al Zaragoza de Ranko Popovic para volver a Primera aquel junio de 2015. De haber subido el Real Zaragoza, seguramente Ruiz de Galarreta habría empezado aquí su camino en la máxima división del fútbol español y, probablemente, su currículum sería ahora bien distinto. Aquel patinazo final hizo cambiar las cosas radicalmente, en el equipo, pronto también en el banquillo y la dirección deportiva, y en el día a día del club en general. Y ahora, 4 años más tarde, Galarreta será un rival de alto rango para un Zaragoza que vive días grises... parecidos a su Las Palmas.

Es, como se ve, un reencuentro de hitos agrios, de paradigmas de lo que ha sido el devenir zaragocista en los últimos años en Segunda División. Porque, además de Herrera y Galarreta, el mero regreso al estadio de Gran Canaria, que no se pisa desde aquella tarde nefasta de la Promoción perdida, es otra estampa que forma parte de las vivencias fuertes, grabadas a fuego, que han acontecido en el zaragocismo más próximo en el tiempo.

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