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Real Zaragoza

Víctor Fernández, el zaragocista que siempre vuelve

El entrenador que conquistó la Recopa en Paris, en 1995, y devolvió a los blanquillos a Europa en la campaña 2006-2007, es un partidario del fútbol de ataque

Actualizada 18/12/2018 a las 17:52
Vïctor Fernández en la plaza de los Sitios de ZaragozaGuillermo Mestre

“Me di cuenta a los 16 años que no iba a ser jugador de élite, y empecé a entrenar. Cuando era juvenil, ya dirigía a los alevines. Era un gran seguidor del Real Zaragoza. Por mis orígenes, nací en un barrio obrero, era un auténtico pícaro. Iba a los hoteles a recoger firmas de los jugadores, saltaba todos los obstáculos y siempre pedía entradas. Les resultaba simpática mi osadía. Tengo firmas de Amancio, de Pirri, de Quini. Y de Johan Cruyff. Incluso llegué a la habitación de Pelé y conseguí su firma. Era bastante jeta. Tengo dos álbumes completos de rúbricas. A veces, averiguaba dónde vivían y les enviaba fotos para que me las firmasen”, contaba a HERALDO en 2006, al recordar algunos de los instantes más hermosos de su pasión por el fútbol. Entonces encaraba su segunda época en el Real Zaragoza, al que había hecho jugar de maravilla con un equipo irrepetible en los años 90, con la noche más hermosa de París y el gol del siglo de Nayim. Estaba feliz, radiante, e incluso anunciaba una quimera: le gustaría ganar un título de Liga con el Real Zaragoza. Entonces, parecía más fácil que hoy. Víctor llevó al club a la UEFA de nuevo en la temporada 2006-2007 y se iría por la puerta de atrás en la campaña siguiente.

El joven Víctor Fernández, que él mismo se definió como un adolescente un poco descarriado y a la deriva, fue un forofo absoluto y un admirador de Saturnino Arrúa. Un mitómano de los Zaraguayos. “Iba al campo con mis amigos del Barrio Oliver y nos poníamos siempre cerca del córner. Nino Arrúa tenía la costumbre, cuando marcaba un gol, de acercarse a las gradas, y yo esperaba allí para abrazarlo. Era una maravilla. Recuerdo a Diarte, García Castany, Violeta, al presidente José Ángel Zalba, que me daba entradas. Luego, yo se las regalaba a los amigos, pero también las vendía. Eso hice, sí. Mi fanatismo por el Zaragoza me llevó a ir hasta Osera en bicicleta a ver a los jugadores en una concentración”.

Consciente de sus ambiciones, dio el salto del Stadium Casablanca y de ahí pasó al Real Zaragoza, donde actuó de segundo entrenador de Radomir Antic, que había sido un líbero de lujo de los blanquillos. Esas dos temporadas fueron una escuela de aprendizaje con la máxima intensidad. Tras un paso fugaz por el Deportivo Aragón, le llegó su oportunidad en la campaña 1900-1991, en circunstancias dramáticas, tras una mala campaña de Ildo Maneiro, un hombre más bien taciturno y educadísimo que había sido el finísimo interior derecho de la selección uruguaya, y del Peñarol y del Nacional de Montevideo.

El Zaragoza jugó la promoción ante el Murcia: empató en La Condomina sin goles y goleó en La Romareda en un partido que adquiriría caracteres de leyenda. Los blanquillos, que contaban con el retorno Víctor Muñoz en sus filas, vencieron 5-2. Víctor Fernández diría años después: “Yo era, había sido muy inconsciente. No llegué a aquel partido con una gran tensión. Cuando vi el campo lleno de aragoneses, y sólo de aragoneses, 35.000 personas, empecé a entender la dimensión del fútbol. Los aragoneses nos unimos mucho ante la adversidad”.

Víctor Fernández forjó un equipo inolvidable, que hasta los niños se sabían de memoria como un poema de Espronceda o una canción de Labordeta. Cedrún o Juanmi; Belsué, Aguado, Cáceres, Solana; Nayim, Aragón, Poyet; Pardeza, Esnáider e Higuera. El balón sonaba de manera especial en el estadio y el equipo practicaba un fútbol preciosista y elegante, de ataque, vertical, que desarmó a todos los grandes. El gran momento fue en la temporada 1993-1994 donde el equipo quedó tercero en la Liga y tuteó el Real Madrid en una final de Copa que no mereció perder. Si ganaría la de 1995 ante el Celta, y obtendría otro éxito para la eternidad: la citada final de París ante el Arsenal de David Seaman. “Me asustaba la responsabilidad y la magnitud del acontecimiento. Un pueblo se desplazaba a París, que era el escenario ideal para vivir una noche ideal. En el trayecto hacia el campo empecé a ver zaragocistas por todas partes, y aquello me abrumó, me desbordó. Y lo que acabó de conmoverme fue el campo: una hora antes del partido, medio estadio ya estaba ocupado por nuestros seguidores. Los del Arsenal llegaron justo cuando empezaba el partido. Aquella pasión, entre bufandas y cantos, no se olvida. Eso me impactó más que el gol de Nayim”, recordó Víctor.

Aquel equipo, plagado de internacionales, deslumbraba por su buen fútbol, exhibía talento, ambición, rapidez, versatilidad, imaginación y hermosura. Víctor resumió así su forma de entender el juego: “Intento que mis equipos practiquen el fútbol que me gusta como espectador: un fútbol de belleza, de estética, de magia, un fútbol que desprenda arte”. Un fútbol de despliegue y control que se suspendía en las teorías de Leo Beenhakker, Johan Cruyff y Arrigo Sacchi.

Su primera etapa en el Real Zaragoza marcó el cénit de su carrera, club del que fue destituido por Alfonso Soláns Soláns en noviembre de 1997. Más tarde, ficharía por el Tenerife, que había alcanzado sus mejores momentos con Jorge Valdano, y durante cuatro años, entre 1998 y 2002, dirigiría al que quizá sea el mejor Celta de Vigo de su historia: el de Revivo, Penev, Giovannella, Karpin y el ‘zar’ Mostovoi, entre otros. Ese equipo perdió otra Copa del Rey ante el Real Zaragoza en 2001, 3-1 en Sevilla. Su carrera, con algunos altibajos e incomprensiones, se prolongó en el Betis, en dos campañas, en el Oporto, los dos años del Real Zaragoza (que fueron de grandes esperanzas al principio y de decepción la segunda, con el equipo más caro quizá de la historia, con Eduardo Bandrés en la presidencia, y Agapito Iglesias como principal accionista del club), en el Betis, de nuevo, en el Gante, y finalmente, ejerció dos años como responsable de las categorías inferiores del Real Madrid. Ahí pareció asumir una labor tan pugnaz como callada.

Víctor Fernández, en este regreso a casa (en 2006 dijo: “Sabía que iba a a volver: no sé si era como una profecía interior, una intuición o un deseo”), ha tenido un gesto de coraje, de valentía y de pasión por los colores. De puro zaragocismo. Es un salto sin red, de auténtico riesgo. Le avalan su trayectoria y su amor a los colores y a la ciudad. Ha dicho en varias ocasiones que el Real Zaragoza “es la seña de identidad de esta ciudad, a la que yo siempre miro con amor”. Y confesó así uno de sus anhelos vitales: “Me gustaría ser una persona invisible que logra hacer feliz a su gente”.

Invisible, invisible en Zaragoza y en el Zaragoza no lo va a ser, pero, si triunfa, si rescata al equipo, si le ayuda a ganar y a forjar un futuro, si le devuelve el orgullo y la autoestima a los jugadores, volverá a ser uno de los héroes de la ciudad. Como lo fue durante el lustro en que La Romareda tenía música y era un polvorín de emoción, delirio y sueño, el recinto donde los aficionados se sentían, con argumentos, los mejores.





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