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Real Zaragoza

Alcaraz, solución convertida en problema, la carta clave del castillo de naipes del área deportiva del Real Zaragoza

El segundo entrenador de este curso, con solo 4 puntos de 18 disputados y peores números y sensaciones que su antecesor, Idiakez, no puede ser puesto en duda por Lalo por el inevitable efecto arrastre.

Lucas Alcaraz, serio, al inicio del entrenamiento de este sabado tras caer 0-1 contra el Cádiz en La Romareda. Detrás, en segundo plano, le observa Lalo Arantegui, el director deportivo.
Lucas Alcaraz, serio, al inicio del entrenamiento de este sabado tras caer 0-1 contra el Cádiz en La Romareda. Detrás, en segundo plano, le observa Lalo Arantegui, el director deportivo.
Aránzazu Navarro

Quien llega como segundo entrenador de un equipo a temporada comenzada, pronto, o es una solución balsámica y sale bien o, si la reacción del equipo no es la deseada y prosigue la crisis que justificó el primer despido, en poco tiempo, acaba convirtiéndose en un nuevo problema mayúsculo, con efectos adversos exponencialmente más graves para el día a día del equipo y sus ejecutivos. Esta es una máxima genérica. Un teorema de ciencias exactas. Ley del fútbol.

En los tiempos modernos, datémoslos en los últimos 15 años, desde que las dirección deportivas y las secretarías técnicas adquirieron un valor preponderante en el funcionamiento interno de las SAD y clubes de fútbol, la acometida de una dificultad superlativa que pueda surgir con un segundo entrenador -por no ser este el reparador esperado- supone el momento más delicado a gestionar por sus mentores. Y ahí, justamente en esa fase del proceso de maduración del queso, se halla ahora mismo, a 1 de diciembre, el Real Zaragoza.

Lucas Alcaraz llegó a sustituir a Imanol Idiakez tras la jornada 10ª, el 23 de octubre. De forma muy prematura. El vasco, iniciador del segundo año del proyecto de Lalo Arantegui y José Mari Barba, director deportivo y secretario técnico del Real Zaragoza, respectivamente, se marchó con un balance de 11 puntos logrados de 30 dirimidos, con el equipo en el puesto 16º en la clasificación. Su porcentaje de réditos fue del 36,6 por ciento de los puntos obtenidos.

Una vez aterrizado, el granadino Alcaraz está firmando una ruta pobre en rentabilidad: lleva en su papeleta anotados 4 puntos de 18 jugados y tiene al equipo ya pisando la zona de descenso a Segunda B. Su índice de rentas se queda en el 22,2 por ciento. Es decir, un 14,4 menos que Idiakez. Una barbaridad porcentual en tan corto espacio de tiempo, las 6 jornadas que el andaluz lleva al frente del Real Zaragoza.

Y, en estas circunstancias, llega la aplicación inmediata del axioma del inicio de esta información. Todo lo que se censuró, criticó internamente, reprochó y exigió al primero, Idiakez, ahora no va a ser sometido al mismo grado de exigencia con el segundo, Alcaraz. Al menos, mientras no haya agentes externos que así lo obliguen. Porque, si a Alcaraz, el segundo, se le midiese por la misma vara que al otro, la lógica y el sentido común llevaría el asunto al planteamiento serio de un nuevo despido, de un nuevo cambio, de la necesidad de fichar un tercer técnico cuando aún se transita por la primera vuelta de la competición. Y este planteamiento, según las normas no escritas que rigen en el fútbol moderno, conlleva un efecto arrastre que suele llevarse por delante, junto con el segundo entrenador de la temporada, también al área deportiva en pleno, si no es incluso más el sedimento que desplaza hacia fuera.

Es decir, para Lalo y Barba, la figura de Alcaraz, al margen de poder haberse convertido en un evidente problema por pura naturaleza de las cosas, es la carta clave que sujeta el castillo de naipes en el que se ha convertido su despacho con el paso de las jornadas, con el despeñamiento del equipo en la tabla clasificatoria, con el deterioro progresivo del juego de la plantilla, con la denuncia de los errores injustificables en la elección de los refuerzos y el perfil de la plantilla y, en definitiva, con el manejo de la vida cotidiana en el equipo en este curso 2018-19.

Por esta razón, mientras no lleguen inputs de mayor altura, la jurisprudencia dice que, desde la dirección deportiva, se intentará reforzar incondicionalmente al entrenador segundo del curso, en este caso Alcaraz, aunque su trayectoria sea indefendible con el paso de las jornadas. En su etéreo armazón se cimenta el futuro de otros. La experiencia, en Zaragoza, no está muy lejana. Sucedió durante un breve espacio de tiempo con la figura de Raúl Agné, sustituto en su día de Luis Milla, y que acabó dando paso a César Láinez como tercer inquilino del banquillo hace solo unos meses. En aquella maniobra, Narciso Juliá y Albert Valentín, director deportivo y secretario técnico, respectivamente, cogieron la puerta detrás de Agné, según reza en la receta del guiso futbolístico. Fue precisamente el momento en el que aterrizaron en el Real Zaragoza los actuales ejecutivos de esos cargos, Lalo y Barba, ambos procedentes de la SD Huesca, club al que abandonaron en febrero, a mitad de camino en aquella liga 2016-17.

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