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Real Zaragoza

Un equipo de dos versiones

Apagado, plano y previsible durante el primer tiempo, el equipo aragonés fue otro en el segundo, sin Verdasca ni Papunashvili. El tridente dio vida.

Una de las jugadas del partido Albacete-Real Zaragoza
Albacete-Real Zaragoza
Josema Moreno

En semejanza a aquello que viene ocurriendo desde comienzo de temporada, el Real Zaragoza de ayer también fue un equipo de dos versiones: una insufrible y otra aceptable. A veces, sin saber las causas, se pega tiros en los pies, y en otras fases, en cambio, enciende la luz de modo tan prístino que no guarda relación alguna su último relato con la exposición previa. Depende. Diríase que no se sabe si sube o baja, como si se tratara de un discurso gallego, al que no se le encuentra la dirección cierta. Si se toma la segunda parte firmada en el Carlos Belmonte, aparecen unos colores amables, a ratos vivos. Cuando el foco se ubica sobre el primer periodo, no hay por dónde hincar el diente. El Real Zaragoza teje y desteje. Hace todo él. No necesita rivales para ganar o perder. Si vence o empata en un campo difícil es, sin duda, por sus méritos. Cuando clava la rodilla en tierra viene a ser por lo contrario, más que por la envergadura del oponente.

Desde cierta perspectiva, cabe afirmar que al Real Zaragoza que dispuso Idiakez en Albacete le sentaron bien los contratiempos físicos que sufrieron Papunashvili y Diogo Verdasca. Mientras ellos estuvieron en el campo, pocas cosas funcionaron correctamente. El océano de deficiencias se extendió a este y oeste, a norte y sur.

La defensa naufragó, por más que Simone Grippo estuviera en el banquillo y Perone se convirtiera en compañero de fatigas del citado Verdasca. Tómense como ejemplo diáfano los dos goles encajados, en jugadas diseñadas a balón parado.

El centro del campo, por su parte, careció de la debida creación, aun siendo que Eguaras se situó en el mando de las operaciones.

Arriba, rutina. Ninguna capacidad de sorpresa. Papunashvili, Álvaro Vázquez y Jorge Pombo se marcaron a sí mismos, sin que la defensa manchega se viera en compromisos, sino en una noche plácida, de temperatura tibia, más de final de verano que de principio de otoño.

En este contexto de aparente incongruencias, sigue siendo válido y cierto, en todo caso, un principio elemental: el Real Zaragoza dispone de recursos para no ser inferior a nadie, o casi nadie. El doble cambio al que obligaron Papunashvili y Verdasca, no sólo no introdujo en mayores aprietos a Imanol Idiakez y a la suerte del encuentro, sino que se convirtió, precisamente, en la vía por la que progresar. De repente, por razones sobrevenidas, el equipo recuperó esencias y comenzó a emerger la cara agradable de sí mismo, recordando en ciertos momentos los episodios de buen fútbol mostrados ante Las Palmas y contra el Oviedo. El problema no es exactamente de entrenador. Es otro.

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