Real Zaragoza
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Un Borja como una catedral

Los tres goles al Valladolid elevan a otra dimensión al delantero gallego, autor ya de 22 dianas en la temporada. Su figura va más allá del acierto, el remate y los números anotadores: es un delantero total.

Los jugadores del Real Zaragoza festejan con Borja Iglesias uno de sus tres goles de ayer al Valladolid.
Un Borja como una catedral
Guillermo mestre/Toni Galán

A Borja Iglesias se le ha quedado el apellido pequeño: es una catedral. Un delantero monumental. De la punta del flequillo a la uña de los pies. Su exhibición de ayer en La Romareda va más allá de los goles. Hay que ser un futbolista muy bueno para que un ‘hat trick’ pueda parecer, en este caso, una anécdota ante tal manifestación de recursos ofensivos, de creatividad, de inteligencia, de diferentes talentos para jugar al fútbol. Podría hablarse del modo mágico en el que se asoció a Pombo con la imaginación de un mediapunta y definió con la sangre fría de un depredador del área en el primer tanto que le metió al Valladolid. Podría comentarse también la serenidad y convencimiento con el que afrontó el disparo de dos penaltis después de que fallara consecutivamente sus tres últimos intentos. Podrían destacarse los siempre asépticos números, los datos puros y duros: 22 goles en su estreno en el fútbol profesional a falta de una jornada y un ‘play off’. Podría contextualizarse esa cifra dentro de la historia del Zaragoza, donde solo 15 futbolistas de todas las épocas habían rebasado el umbral de los 20 goles...

Pero, de Borja Iglesias, hay que quedarse con todo lo que representa su modo de jugar al fútbol. Contra el Valladolid repitió lo de tantas ocasiones: los goles son oro, pero son lo de menos en un delantero que es muchas cosas más. Es defensor, es centrocampista, es extremo, es mediapunta… A cada momento y espacio del campo le da el sentido que se precisa. Poco a poco, conforme ha avanzado la temporada, el Zaragoza ha ido descubriendo que su delantero centro no es para nada un especialista en la posición. Es mucho más que el encargado de sostener el cañón goleador. Borja Iglesias es un futbolista total, un ariete moderno, versátil y muy indescifrable. Pertenece a la estirpe de delanteros en los que su cuerpo y su envergadura solo son un señuelo: nos fijamos en su tamaño cuando deberíamos enamorarnos de sus pies. Juega envuelto de un engañoso telón, desafiando las apariencias: parece lento, pero es rápido, parece estático, pero es móvil, parece pesado, pero es ágil, parece tosco, pero es sutil, parece solo un receptor, pero es también un pasador...

Ni siquiera Borja sabe qué será de él dentro de unas pocas semanas. Su corazón lo tiene claro, porque ha encontrado en Zaragoza un club, un equipo, una familia, el amor de la gente, en definitiva, ha hallado una vida. Pero el fútbol, como ya se sabe, se mueve en otras leyes y lógicas. Sí sabe que sus goles, su fútbol redondo y pleno, cobran el próximo mes más valor que nunca. Un ascenso ayudaría a despejar las incógnitas de su futuro porque el Zaragoza hará todo lo posible para retenerlo. Esa es la voluntad del club.

Aun conociendo el aficionado, La Romareda, que quizá Borja Iglesias esté aquí de paso, que este único año sea toda su huella, se le rinde la admiración de los ídolos mayúsculos. Se le reconocen los goles y su fútbol, pero también su compromiso, cómo ha hecho suyo el Zaragoza y sus colores, cómo se entrega a ellos, cómo ha conectado con la ciudad que le ha acogido y cómo su amabilidad, su simpatía y su humanidad han fabricado tantas sonrisas en niños y mayores. Porque, en resumen, la verdadera grandeza de Borja no está en lo que hace en el campo sino en cómo se comporta fuera. Por eso, vaya donde vaya, pase lo que pase, el Zaragoza lo guardará en el cofre de su mejores recuerdos. Ese es el gran gol de Borja.

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