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Real Zaragoza

Un portero y un delantero para dominarlos a todos

Cristian Álvarez y Borja Iglesias. Borja Iglesias y Cristian Álvarez. Dos futbolistas de primera reinaron en un partido de primera

Borja y Cristian celebran la victoria contra el Sporting al término del partido.
Borja y Cristian celebran la victoria contra el Sporting al término del partido.
Guillermo Mestre

En un partido con clubes, aficiones, sabor y juego de primera, no podían faltar los futbolistas de primera. Al fin y al cabo, son ellos quienes redactan el sentido del fútbol. Por eso, sobre el tapete de La Romareda, ayer, en pleno júbilo primaveral aragonés, Real Zaragoza y Sporting colisionaron con las fuerza de dos asteroides, saliendo de esa onda expansiva sideral un fútbol de nivel superior a la categoría. Ambos conjuntos se movieron con los hilos de un puñado de jugadores fantásticos, muchos de ellos con carné y pedigrí de Primera División, principalmente en el Sporting, como Carmona o Jony. Pero también otros, estos casi todos en el Zaragoza, con un futuro inmediato en la máxima categoría. Borja Iglesias simboliza esa joya que se pule con el hambre, la ambición y la ilusión de todo quien tiene toda su historia por escribir en el fútbol. Como él hay muchos otros en su equipo, incluso alguien veterano y con varios relatos archivados y cubiertos de polvo, como Cristian Álvarez.

El portero argentino se toma su nueva etapa en su oficio como si nunca hubiera pasado por él. Como si el pasado fuera un recuerdo vacío y numerosos retos y cuantiosas alegrías se escondiesen en el horizonte. Cristian se pone ahora en la portería como si no hubiera un ayer y solo hubiera un mañana: solo así se explica el estado de plenitud juvenil, esa frescura entre los palos, esa mirada serena y hambrienta que alimenta sus paradas y sus proezas rutinarias. Cristian se come ahora el fútbol a dentelladas.

Entre él y Borja Iglesias le pasaron la factura de la victoria al Sporting. El Norte y el Sur. Con ellos el Zaragoza tiene controlados los dos polos del juego. Ambos se elevan sobre la categoría y sobre los rivales. Uno marca goles y otro los niega, en un precioso y simétrico contraste de funciones y obligaciones que blinda y afila al Zaragoza. Natxo González ha moldeado un equipo y lo ha hecho grande desde una idea de juego que se inspira en el ritmo, organización y distribución de Íñigo Eguaras, quizá la pieza maestra, pero no la más determinante y resolutiva: ahí sobresalen Cristian y Borja Iglesias.

Poseer un portero y un delantero que patrocinen tantos puntos es un filón para el Real Zaragoza. Algo crucial. Una garantía competitiva de primer orden en una categoría en la que los equipos que van sobrados de delantero, quizá no lo vayan tanto de portero. O a la inversa. El Zaragoza disfruta de ambos: una indestructible coraza que le protege con acento argentino y una lanza letal, demoledora, que va mucho más allá del gol. Borja le anotó dos al Sporting en las dos primeras que tuvo, pero ante todo destrozó al rival con su inteligencia posicional. Sus movimientos durante la primera mitad, sincronizados con Papunashvili y Toquero, no encontraron respuestas. En una versión del Zaragoza algo matizada, más vertical y vertiginosa que la habitual, Borja fue un cuchillo al espacio. Quizá puede parecer lo contrario observando su anatomía, pero Borja es un delantero colosal explotando los espacios. Por eso es tan difícil de defender: su catálogo es tan amplio que ofrece mil modos de atacar. Ya camina por los 19 goles, cifras mayores, que le acreditan como un goleador, pero que se quedan cortas para medir todo lo que es. Hay delanteros que han marcado más, pero ninguno de ellos impacta tanto el juego. Conforme pasan las jornadas, la Segunda va empequeñeciendo a sus pies, como lo hace entre las manos de Cristian. De nuevo, sacó tres acciones de otro planeta, sujetando la ventaja abierta por Borja. Hay días en los que está uno o está otro. El gol o el milagro. Y hay partidos, como ayer, en los que están los dos. Y fue en un partido grande. En ellos, el Zaragoza tiene el Anillo Único que imaginó Tolkien en sus sagas, un poder implacable, irresistible: un portero y un delantero para dominarlos a todos.

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