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Real Zaragoza

Calma y aire limpio en la Ciudad Deportiva

La victoria ante el Córdoba, que lleva al Real Zaragoza a los 30 puntos, alivió la tensión arterial al equipo en la mañana de este sábado.

Los jugadores del Real Zaragoza en la Ciudad Deportiva.
Calma y aire limpio en la Ciudad Deportiva
José Miguel Marco

No hay como ganar para que los rostros se suavicen, las arrugas se estiren y los músculos maseteros deriven en gestos menos tensos en la cara de los fútbolistas, los técnicos y demás protagonistas de un equipo de fútbol sumido en zozobras. Es el caso del Real Zaragoza en la mañana de este sábado. El entrenamiento pos partido, 12 horas después de haber derrotado por 1-0 al Córdoba en La Romareda, ha sido una sesión suave en cuanto a esfuerzos físicos pero de profundidad en cuanto a la mejoría del ánimo de la tropa. El grupo respira mucho mejor, porque además ha enlazado por primera vez dos triunfos seguidos en casa (hace 15 días ya hizo lo mismo ante el Tenerife), y el presente se vive con otras perspectivas bien diferentes al corto plazo.

Ver la clasificación con 30 puntos en el haber zaragocista genera cierto impulso anímico. Se estrena decena. Momentáneamente se da un salto hasta la 11ª plaza, desde la 16ª de partida, aunque falte toda la jornada por disputarse. Son detalles, asideros morales que hacían falta como el comer en medio de tantas dudas como han pululado alrededor del grupo en los últimos tiempos. Todo esto, mezclado en la coctelera en la mañana fría de este 27 de enero de 2018, se palpaba con amabilidad en el campo de entrenamientos de la Ciudad Deportiva. La gente charla más, comparte oralmente muchos más aspectos de lo ocurrido en el choque victorioso que cuando se viene de un tropiezo. Es otra cosa, por supuesto.

Los golpes duelen menos. Los cardenales no son tan morados. Apetece mucho más trotar alrededor del campo con los colegas sabiendo que se ha cumplido en tiempo y forma con el deber común. Los fantasmas de alrededor no se ven como tales.

La matinal sabatina del Real Zaragoza ha destilado aire limpio en el vestuario, un reactivo de autoestima que el grupo ansiaba obtener hace días. Han logrado dos triunfos seguidos en La Romareda, que ha dejado de ser un martillo pilón sobre sus conciencias. Ahora, los números ya son más presentables. La rentabilidad de sus esfuerzos y desvelos ya luce mejor. Se ha empezado a alicatar en bonito lo que durante más de cuatro meses era una fachada basta y rugosa que afeaba al equipo ante los suyos. 1-0 y 1-0, a tinerfeños y cordobeses, significa que, pese a que se sufre (no puede ser de otro modo viniendo de donde se viene), algo se ha pulido convenientemente para que la portería se haya quedado imbatida en estos 180 minutos de alta responsabilidad.

Por primera vez en mucho tiempo, tal vez desde aquel repunte abortado prematuramente de mitad de octubre, cuando pareció que el Real Zaragoza podía irse para arriba y luego se atascó malamente, la confianza y el amor propio se vislumbran más a flor de piel en la actitud de los protagonistas con más peso específico que la preocupación o los talantes huidizos y dubitativos. Buen asunto este. Igual que dinero llama a dinero, éxitos llaman a éxitos y, en deporte, así se gestan paso a paso las dinámicas positivas. En el seno interno del equipo zaragocista vuelve a sentirse esa agradable sensación de que, quizá, este sea el momento de cambiar el rumbo de los acontecimientos para bien.

Nadie puede fiarse, porque la temporada no está para eso. Pero, como varios protagonistas comentaban esta mañana entre el cierzo de los montes del sur de Zaragoza, lo vivido ante el Tenerife y el Córdoba en los últimos 14 días, con final feliz en ambos casos, es un doble paso que ofrece muchos valores añadidos positivos a un colectivo que podía haber caído en una depresión harto peligrosa de no haber consumado estas victorias. Así se crece. Con sudores, con padecimientos previos a un trabajo finalmente exitoso, aunque haya sido sin plasticidad de cara al exterior. Eso bien puede quedar para más adelante. Ahora, lo que cuenta es que cunda la faena, circunstancia que apenas ha sucedido desde agosto.

En este punto casi final de enero, en verdad, algo de distinto se apreciaba en el medio ambiente de la Ciudad Deportiva. Y es que no hay como ganar para que los lóbulos cerebrales no se retuerzan en demasía y los ritmos cardiacos no alcancen cotas desaconsejables. Si el resto de la jornada acompañase un poco… el alivio sería mucho más redondeado todavía.

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