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La noche de los tramposos

Un árbitro tan malo como ya se sabía y un portero llamado Dimitrevski deshonraron al fútbol en La Romareda en el empate entre Real Zaragoza y Nástic

Imágenes del partido entre el Real Zaragoza y el Nástic
Imágenes del partido entre el Real Zaragoza y el Nástic
Toni Galán

De Figueroa Vázquez, alguien con tan escaso respeto por el deporte en el que imparte ley y orden como sibilino es en la aplicación de los reglamentos, ya estaba todo anunciado. Es lo que tienen los árbitros aviesos: dejan mancha, como los vinos malos. Ya lo sufrió Ratón hace unos meses en Oviedo con una surrealista expulsión. Por eso apenas sorprendió que destripara al Zaragoza con su actitud y sus decisiones. Hasta cargó el acta en su escopeta, denunciando protestas de Luis Carlos Cuartero, director general, en los vestuarios, al finalizar el choque.

Al final, el fútbol tiene demasiados problemas en sus estructuras de poder – a la vista están los casos judiciales de Villar y compañía-, tantos que no sorprende que un colegiado así, atascado ya durante varios años en Segunda, siga arbitrando todos los fines de semana sin que nadie le agarre, saque las cubiteras de la nevera y lo guarden a él ahí, durante un periodo razonable, entre cuatro o cinco meses suspendido de empleo, sueldo y decoro…

Figueroa Vázquez fue el primer tramposo de la noche en el momento en el que miró hacia otro lado cuando el Nástic comenzó a fustigar los tobillos de Febas. Lejos de cortar la cacería, él castigó al cazado con una amarilla con aspecto de puñetazo en el mentón. Fue un abuso. Una farsa al fútbol, al espectador, a la gente que saca su entrada y enciende su televisión para ver, precisamente, a futbolistas como Febas. A Figueroa Vázquez solo le faltó la voz gangosa de Toni Leblanc y el fajo de estampitas de la película ‘Los Tramposos’. En su lugar, él usó silbato y un fardo de amarillas para el Zaragoza: en la primera mitad, solo había sancionado a los aragoneses con cuatro faltas, pero les había dedicado cuatro latigazos amarillos y una roja, una expulsión que solo él vio, a un Borja Iglesias absolutamente incrédulo, como si le hubieran quitado el reloj y los calcetines de seda al mismo tiempo. No le entraba en la cabeza esa segunda amarilla…

Y aquí emerge el otro protagonista… un portero macedonio llamado Dimitrevski, quien se rió ayer del fútbol, de la competición, de su profesión y también de su equipo, de sus compañeros, de la gente… Una actitud demasiado extendida ya en el fútbol, una lacra mucho mayor que cualquier arbitraje subterráneo o cualquier Figueroa Vázquez de la vida: la mentira. Dejó caerse sin que Borja le hiciera nada, exagerando un codazo que no se produjo.

Dimitrevski volverá a hacerlo porque estas acciones en el fútbol no reciben su verdadera escala disciplinaria. Una decisión de oficio de los comités, una pena ejemplar desde los despachos federativos a estos lances, al piscinazo, a quien finge una agresión, a quien provoca de modo miserable, a quien tira la piedra y esconde la mano durante un partido… Una decisión justa y razonada sobre este tipo de situaciones aligeraría los campos de tramposos, higienizando el fútbol y desinfectando la competición…

Siempre quedará el Figueroa Vázquez de turno, el árbitro miope que pita lo que no es, o peor: aquel que ve lo que no pita. Pero no quedaría nadie que les moviera el cubilete... y deshonrara así el fútbol.

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