Real Zaragoza
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Los días de la paciencia y la fiabilidad

El Real Zaragoza, ya con la competición en marcha, necesita que sus dos mandamientos clave de este verano de revolución converjan cuanto antes.

Una imagen del partido entre el Tenerife y el Real Zaragoza disputado este viernes.
Una imagen del partido entre el Tenerife y el Real Zaragoza disputado este viernes.
ACAN

No logró revertir el Real Zaragoza en su estreno liguero en Tenerife las sensaciones globales de su irregular e inmadura pretemporada. Perdió 1-0 y no jugó bien. Le faltaron argumentos en todas las líneas para poder aspirar a puntuar en el Heliodoro Rodríguez ante un rival que estuvo hace mes y medio a un gol de Primera División en la promoción de ascenso, pero que ha perdido media docena de sus mejores piezas, sobre todo en la línea atacante. Fallaron los de Natxo González en defensa -letal error a balón parado, hubo varios- no funcionaron en la creación en la medular y no consumaron lo poco que generaron en ataque. O sea, el primer asalto con puntos en juego no salió bueno.

Podía pasar y pasó. Era, incluso, lo normal. El bloque aragonés es nuevo en un 90 por cien, se lleva viendo y asumiendo desde que Lalo Arantegui, en la dirección deportiva, acometió la revolución del vestuario un minuto después de acabar la pasada liga, el 10 de junio, con el susto y la decepción encima tras librar el descenso a Segunda B in extremis. Falta, por ello, la necesaria cohesión entre más de una quincena de piezas dispares llegadas en aluvión al vestuario. Hace falta más tiempo, es obvio, para que eso pueda ofrecer mejores rendimientos, si es que esa va a ser la desembocadura de todo el trabajo iniciado hace 65 días.

Pero la liga ya ha comenzado e, inevitablemente, el tiempo, ese tiempo requerido, cambia su cotización y se pone caro. Ya no vale lo mismo que hasta ahora. Ya no rigen los valores de los bolos de verano, donde todo tiene un componente de compresión natural: después de una derrota, de un patinazo, de un mal paladar, no hay clasificación que mirar. Ahora sí. Y el cotejo con los demás colegas de división es diario, constante. Es la magia de la liga, de la competición oficial. Ese envoltorio exigente que obliga, obliga y obliga, a cada uno en su nivel, a mantener una velocidad de crucero mínima con arreglo a su posición y aspiraciones.

Con los años precedentes como referencia de lo que no hay que hacer y no repetir en todo el mundillo del zaragocismo, este verano de nueva metamorfosis general ha puesto en circulación dos conceptos de cabecera: la paciencia y la fiabilidad. Por un lado, desde el área deportiva se aconsejó acudir a la paciencia como método para dejar crecer a un colectivo de jugadores y técnicos que llegan de nuevas a una plaza difícil con un reto mayúsculo en sus respectivas carreras personales. También se pidió paciencia desde la presidencia, desde los puestos de mando, donde se cimienta paso a paso la salida de la ruina financiera heredada de gestiones anteriores llenas de venenos mortales, pero donde no se acaba de encontrar la fórmula deportiva para que vaya de la mano de esa resurrección de entre los cadáveres deportivos de la España futbolística moderna. Sin cintura económica, es difícil hacer plantillas de rendimiento inmediato. Pura lógica.

Y, por otra parte, desde el ámbito futbolístico, el entrenador, también novato en el lugar, siempre ha sugerido la necesidad y obligación de trabajar a destajo para lograr “ser fiables” en la primera jornada. No ha querido nunca Natxo González empezar con poderío, porque sabe que en un mes y medio es imposible hacer un bloque sólido de la manera que ha recompuesto la caseta este Real Zaragoza de 2017. Requiere más maduración para lograr esa pretendida fiabilidad.

Pero, a vueltas de Tenerife, eso que durante julio y agosto ha sido fácil de proclamar in voce y, con un propósito de benévolo cambio de postura en la siempre presionante actitud del zaragocismo con su equipo (cuestión de idiosincrasia, acrecentada en este largo periodo fuera de la élite), también se ha tratado de modular en cuanto a las críticas o impresiones dubitativas apreciadas durante los amistosos preparatorios, ya tiene otro punto de vista diferente tras la experiencia del Heliodoro. La paciencia se congestiona en los alrededores de manera inversamente proporcional al grado de fiabilidad que ofrece el equipo. Una cosa va unida a la otra. Las dos palabras clave del verano modifican el valor de su curso legal entre todos los resortes del zaragocismo. Todos.

La paciencia es definida como “la capacidad de sufrir y tolerar desgracias y adversidades o cosas molestas u ofensivas con fortaleza, sin quejarse ni rebelarse”. La fiabilidad es la condición de fiable, es decir de algo “que inspira confianza, es digno de ella, que inspira seguridad”. Y sobre estas definiciones tendrán que moverse los protagonistas del vestuario zaragocista, la afición, los ejecutivos, los analistas… Son los dos mandamientos que rigen en este arranque de temporada en el Real Zaragoza. Para unos y para otros. Pero, es una evidencia, lo uno depende de lo otro inexcusablemente. Va unido. No puede entenderse por separado.

Sin fiabilidad suficiente la paciencia perderá pujanza. Sin paciencia suficiente, seguramente no se alcanzará el tope de fiabilidad que este equipo está capacitado para ofrecer cuando alcance su techo. Es de desear que los tiempos de evolución de ambas cuestiones casen y no diverjan. Paciencia sin resultados fiables no se concibe en fútbol. Como tampoco mejoras en algo que acaba de nacer si no hay paciencia para que aprenda y progrese. Una complicada boda la de estos dos elementos sobre los que navega este verde Real Zaragoza de la segunda quincena de agosto.

La paciencia no es una virtud que, en el fútbol, se mantenga a fondo perdido demasiado tiempo. Depende de si existe sustento de resultados. Algo mínimo que defender. Del mismo modo que la fiabilidad no puede tardar demasiado en llegar a un equipo sin que surjan abolladuras en la clasificación. El zaragocismo está preparado para estirar el chicle de sus ciclos normales más que nunca. Pero no podrá ser sine díe. La liga es un juez insobornable.

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