Real Zaragoza
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Adiós al último gran talento aragonés

El Harry Potter de Torrero se retira del fútbol. Se despide un futbolista diferente, genial, el hombre que marcó un antes y un después en el Zaragoza tras su marcha en 2006.

Debut con un caño a Reiziger. Ultimo partido del curso 2001-02. Cani debuta a lo grande ante el Barça.
Debut con un caño a Reiziger. Ultimo partido del curso 2001-02. Cani debuta a lo grande ante el Barça.
Guillermo Mestre

Todo acaba. Como un profundo querer, como la vida de un ser, todo acaba. Ayer se fue Cani. A punto de cumplir los 36 años (Zaragoza, 3 de agosto de 1981), se marcha el último gran talento aragonés. En su adiós, no procede llorar porque su magia ya se extinguió sobre el prado, sino sonreír porque llegó a ocurrir, porque nos hizo felices, porque hizo grande al zaragocismo. Cuelga las botas un futbolista diferente, fuera de lo común. En un fútbol adocenado y desvaído, mucho más en la Segunda División, Cani no solo contribuyó al último Real Zaragoza grande, el del Galacticazo de Montjuic, sino que dejó un sedimento imperecedero en La Romareda. Decir adiós es residual, apenas importa, comparado con la trascendencia del inolvidable tiempo que disfrutamos juntos.

Y pudo ser más, mucho más, si no hubiera sido traspasado al Villarreal en 2006. Costó lo suyo llegar hasta allí, hasta que el mecenas de Mercadona decidió abrillantar el Submarino Amarillo con el genio de Torrero. Todo comenzó en el viejo campo de tierra del Stadium Venecia, allí donde se crece pronto en el fútbol y en la vida, entre las tapias de la cárcel de Torrero y el camposanto del mismo nombre. Cani era hermano de Cani (Sergio) e hijo de Cani (Jesús), legendario defensa del añorado Endesa de Andorra, el Real Madrid de Aragón. Futbolista menudo, apenas dos palmos y tres chichas, tuvo por mentor a Ramón Lozano, patriarca del fútbol y alquimista de la amistad en el Stadium Venecia. Lozano se incorporó como técnico de la Ciudad Deportiva con Cani bajo el brazo. Y allí lo protegió todo lo que pudo, que fue mucho. Porque el chavalito que jugaba de flipar apenas disfrutaba de minutos en su etapa juvenil. Incluso fue cedido al Utebo. Y hasta solicitó trabajo de reponedor en el híper. Todos temimos su adiós prematuro.

Pero no. Manolo Villanova lo recuperó para el filial. El niño que sufría en las categorías inferiores por sus carencias físicas ya era un hombre. Y seguía jugando de cine. Comenzó a destacar en Segunda B. El primer equipo agonizaba. Marcos Alonso, en su más acertada medida en su efímera etapa zaragocista, decidió subir al ‘8’ del B (no sabía ni cómo se llamaba...). El Zaragoza había descendido en la jornada anterior tras perder ante el Villarreal de Víctor Muñoz por 2-1. Cani debutó en la última jornada, ante el Barça, al sustituir a Galletti en el minuto 60. Un caño al defensa internacional holandés Reiziger nada más pisar el césped fue su carta de presentación. En el curso siguiente, con Paco Flores en el banquillo, Cani fue el promotor del ascenso a Primera División, sobre todo tras el punto de inflexión que significó el triunfo en el Carlos Tartiere de Oviedo.

Hasta 2006 licuó fútbol fetén en La Romareda, participando en gestas inolvidables como el Galacticazo de Montjuic o el último triunfo verdaderamente histórico del Zaragoza, el 6-1 al Real Madrid en la Copa del Rey de 2006. Al final de ese curso, Cani fue traspasado al Villarreal. Lo que vino después, con ese Zaragoza que bajó a Segunda con el mayor presupuesto de su historia, zancocho que todavía se está pagando, ocurrió con Cani en el Madrigal. La talla del fútbol elaborado allí por el Harry Potter de Torrero encuentra traslación numérica en la estadística. Con 259 partidos de liga en el Villarreal, solo Bruno Soriano (317) y Marcos Senna (259) han defendido en más ocasiones la camiseta del Submarino Amarillo. En liga, vistió la camiseta del Real Zaragoza en 154 ocasiones. Nos sabe a poco, Rubén... Una más que Paco Santamaría, Alfonso Fraile y Roberto ‘Toro’ Acuña (153). Y una menos que Pedro Herrera (155).

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