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Real Zaragoza

¡Zapater, te quiero!, a 5.000 voces

La presentación de Alberto Zapater retrotrae al zaragocismo a los tiempos de máxima ilusión, con aquellos fichajes de Aimar, Ayala o Cafú.

Alberto Zapater, feliz y emocionado ante el aplauso y los cánticos de los 5.000 aficionados que han ido a La Romareda a recibirlo en su regreso al club siete años después de su salida.
¡Zapater, te quiero!, a 5.000 voces
Oliver Duch

Hacía siete años que no sonaba la canción en La Romareda. Un 'hit parade' de principios de los años dos mil. Aquel "¡Zapater, te quiero!", con la tonadilla del "Carnaval" de Georgie Dann, que aludió siempre, durante cinco años, a la casta, la garra, la rasmia y la ilusión perenne de aquel chaval de Ejea que se inventó Víctor Muñoz como su alter ego en 2004. Agapito, Herrera, y hasta Marcelino acabaron con ella en el verano de 2009, considerando que Alberto Zapater no era jugador para aquel equipo de estrellas que se iba a comer no se sabe bien qué mundo. Y eso que era el capitán. E internacional sub-21 con España.

Ahora, en la tarde veraniega del 20 de junio de 2016, el vinilo del "¡Zapater, te quiero!" lo han rescatado de su discoteca 5.000 zaragocistas. Y lo han cantado con pasión, con la fuerza de antaño, algunos con lágrimas de emoción en los ojos, en el acto de recepción del nuevo Zapater que vuelve a su casa tras siete temporadas por Italia, Portugal y Rusia, las últimas llenas de problemas físicos que han estado cerca de hacerlo descarrilar como profesional a los 31 años. La tribuna principal de La Romareda tenía la mitad de su aforo lleno. Eso son alrededor de 5.000 seguidores blanquillos que, en plena depresión pos Palamós, en mitad de una imposible digestión de indolencia e indecencia de un equipo deplorable que se dejó el billete de la promoción de ascenso ante un descendido Llagostera, han señalado a Zapater como guía espiritual de la perentoria regeneración de un vestuario que pide a gritos una reforma integral, un alicatado completo.

No había en La Romareda una presentación así desde los tiempos de la ilusión que vendió el agapitismo demoledor. Desde lo de Aimar, o lo de Ayala, o lo de Matuzalem... o más atrás en el tiempo, en la era Solans padre, aquella del récord de asistencia, la de Cafú. Media hora antes de la cita, ante la puerta 1 del estadio había formada una fila que se iba hasta detrás del cubo. Había más ambiente en la plaza de Eduardo Ibarra que 10 minutos antes del partido de liga de mes pasado ante el Bilbao Athletic, por citar uno reciente. 

El zaragocismo está ávido de asideros ilusionantes. Es una esponja preparada para absorber y empapar cualquier cosa buena que le llegue, que se le ofrezca. Lleva tantos años de penurias e inanición futbolística que, cualquier detalle positivo, lo asume con gratitud, con agradecimiento, con ese gozo que hace días dejó de sentir en el día a día de su equipo del alma. Por eso, el retorno de Zapater es algo diferente, algo que estimula las neuronas analíticas de muchos zaragocistas. Que hayan ido al estadio 5.000 hinchas vestidos con los colores blanquillos, ataviados con bufandas y banderas, incluso con alguna bengala, no es casualidad. Ni tampoco algo forzado. Ha surgido por propia naturaleza de las cosas, espontáneamente. Este no es, con todos los respetos, un Cidoncha, ni un Jorge Díaz, ni un Acevedo, ni un Paglialunga de la vida.

Ha vuelto un emblema. Alguien que no se arruga, que tira siempre hacia delante. En unas circunstancias especiales, cierto es. Saliendo de un oscuro túnel de tres años sin jugar un partido por culpa de una dura y larga dolencia de pubis que tuvo efectos secundarios y rebotes en otro tipo de lesiones que han tenido a Zapater al borde de la retirada. Pero, como reconoce el propio centrocampista ejeano, "las cosas pasan porque tienen que pasar". Y solo así es posible que Alberto vuelva a lucir su camiseta con el '21' a la espalda. Si no estuviese en el caso que ahora se da, Zapater seguiría en una órbita alejada del actual y devaluado Real Zaragoza, quizá en Moscú, tal vez en Italia, quién sabe si en Francia o Portugal; y, si ya volviera a España por aquello de los hijos y la estabilidad del treintañero, seguro que habría un equipo de Primera que le multiplicaría el sueldo que le puede pagar ahora mismo el Zaragoza por varias cifras. Como de hecho lo hay.

Solo escuchar de nuevo el "¡Zapater, te quiero"! en la tribuna de La Romareda ha merecido la pena en esta tarde de junio. Ha sido una vuelta fugaz al pasado feliz. Un escalofrío emocionante que ha puesto la piel de gallina a muchos de los presentes. Si en el futuro, además, la cancioncilla viene acompañada de resultados, de pasión por el fútbol, de un equipo que se deje la piel cada día en el campo y de la vuelta del Real Zaragoza a Primera División, la maniobra habrá sido históricamente perfecta. Es lo que se busca. Lo que sueña Juliá y los dirigentes. Lo que sueña Zapater. Y lo que ahora mismo firmarían a ciegas y en blanco las 5.000 voces que han vuelto a decirle con música a Alberto que lo quieren.

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