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MUNDIAL CATAR

¿Marketing o cambio de mentalidad?

Al querer irradiar una imagen de modernidad, Qatar tiene que atajar la tradicional desigualdad de la mujer.

Varios ciudadanos en Doha ante una escultura conmemorativa del Mundial
Varios ciudadanos en Doha ante una escultura conmemorativa del Mundial
MARKO DJURICA

Como el resto de naciones del Golfo, Catar es un Estado autoritario dirigido por un emir, que distribuye los cargos entre las familias más influyentes y ricas del país. También aquí rige la 'sharía', o ley islámica, en virtud de la cual la mujer no puede casarse, estudiar en el extranjero con una beca del gobierno o acceder a ciertos trabajos públicos si no es con la autorización de su tutor masculino. Una vez casada, no puede negarse a mantener relaciones sexuales si no es con una razón "legítima". Y no tiene la tutela de sus hijos, incluso si fallece el marido o se divorcian.

No obstante, el emir Tamim ha emprendido una serie de reformas, entre otras cosas para distanciarse de sus vecinos, como Arabia Saudí, mucho más estrictos. En las primeras elecciones para elegir a los miembros de un Consejo Consultivo del gobierno celebrado en octubre de 2021, no entró ninguna mujer. Pero como el emir tiene el derecho a designar a una tercera parte del Consejo (15 de 45 miembros), decidió seleccionar a dos.

Que se celebren algún tipo de elecciones y que alguna mujer sea elegida es un avance. Las élites cataríes que dirigen el país han estudiado en el extranjero, sobre todo en Gran Bretaña, y han importado ciertos valores que son claves en Occidente. A menudo son más aperturistas y tolerantes que la sociedad civil, una buena parte de la cual sigue aferrada al wahabismo, una variante sunní muy rígida de la religión musulmana.

Como parte de una estrategia para posicionarse internacionalmente, diversificar la economía, generar alianzas y atraer la mirada del mundo sobre este minúsculo país, Catar lleva varios años auspiciando eventos deportivos de primera magnitud. Es lo que se llama 'soft power', un poder blando basado en el impacto seductor que generan ciertos acontecimientos capaces de irradiar glamur, sofisticación o éxito. Catar quiere que admiremos su prosperidad, pero también que nos percatemos de que la modernidad ha socavado algunos de sus anclajes más trasnochados.

Para visibilizar esta apertura -o este simulacro, según se mire- Catar ha incluido a alguna mujer en el Comité Organizador del Mundial. Fátima Ali Al Nuami ejerce de directora de comunicación del evento. Dice que está orgullosa de que su equipo de trabajo refleje lo que en Occidente se llama 'paridad de género'. A diferencia de lo que ocurre en Irán, las mujeres sí pueden asistir al fútbol en Catar y se espera que la afluencia femenina a los estadios escenifique esa diferencia con respecto a otros países del entorno.

Si se quiere dar una imagen de apertura y tolerancia, toca subirse al carro del fútbol femenino. Aunque en parte se haga con fines propagandísticos, la inclusión de la mujer en el deporte tiene su impacto. Los colegios forman equipos de niñas que compiten en una liga escolar. Un creciente número de féminas se animan a practicar fútbol, convertido en una suerte de punta de lanza del cambio modernizador. Pese al sector más conservador de la sociedad catarí, algunas jugadoras se erigen en modelos de una nueva feminidad. Shaima Abdulla, la portera de la selección de Catar, estudia en la universidad y trabaja en 'Generation Amazing', un programa de transformación cultural a través del fútbol.

Una parte de responsabilidad del empoderamiento de la mujer la tiene la jequesa Moza, la madre del emir, que preside la 'Catar Foundation'. Dirige la Ciudad de la Educación de Doha, donde las universidades estadounidenses y británicas conviven con una Facultad catarí de estudios islámicos. Allí entrenan equipos femeninos de todas las edades. Aunque los partidos y sindicatos estén prohibidos, Catar quiere comunicar al mundo que están en la vanguardia de la ciencia, la cultura y el deporte, y que asume ciertos criterios contemporáneos.

El fútbol femenino es reflejo de los nuevos aires que llegan a Catar y, a la vez, agente transformador. Es parte de una estrategia de marketing, pero también implica un cambio que tiene su eco en las nuevas generaciones. Pasado el Mundial, habrá que ver si se queda en mera fachada o el fútbol contribuye verdaderamente a instaurar un lenguaje universal que nos obligue a compartir ciertos valores elementales. A partir de ahí, que cada cual viva su cultura, sus tradiciones y su religión. Pero la igualdad no debería ser negociable. Por mucho gas y petróleo que tengas.

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