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Fútbol

Italia '34, Pozzo: "Me sentí orgulloso de ser italiano"

Retrato de Pozzo.
Italia '34, Víctor Pozzo: "Me sentí orgulloso de ser italiano"
DPA

Italia tenía que ganar su Mundial en 1934 y demostrar al mundo la superioridad de su régimen fascista. Esa era la consigna que recibió Vittorio Pozzo de Benito Mussolini, y el técnico turinés logró cumplirla a base de establecer un régimen casi militar para sus jugadores.

"Yo les abría las cartas a los muchachos, se las llevaba ya abiertas y no se ofendían. Las leía para saber si tenían un amante u otras preocupaciones. Son cosas que yo debía saber, por el bien del equipo", reveló años después "Il vecchio Maestro", que murió en 1968.

Antes del Mundial, Pozzo se llevó a sus hombres a los Alpes para recuperarse de los esfuerzos realizados en el campeonato italiano. Después los concentró en Roveta, cerca de Florencia, donde les inculcó su orden táctico y los preparó "para la lucha".

Para el entrenador, las ventajas del aislamiento estaban claras. "Estábamos lejos del público, sin que nadie pudiese escribir sesudos análisis sobre los colores de las camisetas, sin que surgiesen supuestos conflictos internos. Sólo había una voz: como un martillo que golpea una y otra vez durante un mes en el mismo sitio y el mismo clavo. El equipo salió de ahí unido como un bloque, fusionado, decidido, con un mismo deseo".

Los días previos no estuvieron sin embargo exentos de problemas. "El hombre más en forma en la portería era Carlo Ceresoli. Pero en la preparación Ceresoli se rompió un brazo al adornarse en una atajada. Ocurrió justo delante de mis ojos, porque yo estaba apoyado en el poste de la portería en la que estaba trabajando. ¡Adiós al Mundial!"

El otro gran contratiempo había llegado en un amistoso unos meses antes contra Austria. El 'Equipo de las maravillas' venció en Turín 4-2 a los 'azzurri' y los llenó de dudas. Pozzo, sin embargo, hizo pública su apuesta tras el choque: "Si la suerte nos empareja con Austria en el Mundial, sacaré el mismo equipo que hoy, con la sustitución sólo de los ausentes. Y entonces veremos que el resultado será diferente".

Llegó el Mundial, y en la primera ronda el rival fue sencillo: Estados Unidos. "El partido no fue espectacular, ni nos produjo un alivio especial. En el equipo estadounidense faltaba de todo, especialmente valores técnicos".

En cuartos de final España fue un enemigo mucho más duro en todos los sentidos: El partido fue extremadamente violento, como recordó Pozzo narrando un choque entre los dos centrales españoles, Ciriaco y Quincoces. "Los dos defensas se fundieron literalmente en uno, con un gran crujir de huesos. Tendido en el suelo, Ciriaco murmuraba 'Ay, mi madre' y Orsi, dos pasos a su lado, me hacía gestos indicándome su alivio porque él era el que debía haber quedado aplastado en medio de los dos".

El partido acabó 1-1 y en el desempate al día siguiente los italianos vencieron 1-0 con gol de Giuseppe Meazza a unos españoles mermados por las numerosas bajas.

En semifinales, "la suerte" que quería Pozzo emparejó a Italia con Austria. El entrenador no cumplió su promesa de alinear al mismo equipo que había perdido en Turín, pero ganó 1-0 y pasó a la final. El gran logro, la obligación nacional de ganar el Mundial, estaba a un paso.

"Hay que alabar el temple y el carácter de nuestros jugadores, que aguantaron en cuatro días las tres batallas ante España y Austria. Fueron 300 minutos de juego duro, incluso violento, sin que nunca aflojasen ni ante el adversario ni ante la fatiga. Estaban animados por una voluntad de hierro. Eran como el soldado herido que no desea abandonar la línea de combate ni a sus compañeros y sigue luchando a pesar del dolor".

El país entero, escéptico tras la derrota antes del Mundial con Austria, estaba ahora entusiasmado con su 'azzurra'. "Los dos partidos con los españoles habían inflamado el ambiente. Ya no era como en el viaje de Florencia a Roma, cuando en la estación de Chiusi algunos graciosos definieron a nuestros jugadores como 'viejas farolas' y por poco no recibieron la respuesta que sus estupideces merecían. Todos estaban con nosotros. Todos, o muchos, 'ya lo habían previsto'. Ya no se hablaba de un equipo inestable, demasiado voluble".

El último obstáculo era Checoslovaquia. Todo estaba preparado para el triunfo de la 'Nazionale': 50.000 gargantas la animaban en el repleto estadio del Partido Nacional Fascista. En el palco, 'Il Duce' Mussolini no esperaba otra cosa que un triunfo.

"El nivel del partido no fue alto. Los dos equipos estaban demasiado emocionados para jugar bien. La misma historia de siempre. La importancia del evento paraliza las piernas. El primer tiempo quedó absolutamente en blanco", describió Pozzo.

El segundo tiempo iba por el mismo camino hasta que en el minuto 76 el extremo izquierdo checo, Puc, disparó de lejos y encontró el ángulo bajo a la derecha de Combi, que se lanzó tarde y no lo pudo detener.

"El gol tuvo la virtud de despertarnos, tuvo el efecto de herirnos en nuestro orgullo". A nueve minutos del final, Orsi empató con una magistral jugada individual y un disparo con la izquierda a la escuadra. Los 90 minutos acabaron en empate, y a Italia le esperaba otra prórroga.

"Antes de la prórroga no entramos en los vestuarios. Nos quedamos en el campo, y nuestros jugadores parecían cadáveres por la emoción de lo que habían pasado. 'Fuerza muchachos. A ganar, veteranos de tantas batallas', les dije".

Y en la prórroga llegó la jugada maestra de Pozzo. "En el estadio había mucho ruido, el público estaba a unos metros de las líneas del campo, y nadie me oía. Corrí alrededor del campo y me acerqué a Guaita para ordenarle que intercambiase su posición cada dos o tres minutos con Schiavio para confundir al adversario. La maniobra funcionó a la perfección".

Fue precisamente Schiavio el que, con un disparo cruzado en el minuto 95, cumplió el deber nacional de conquistar el título. El estadio enloqueció, y los 'azzurri' se convirtieron en héroes.

"Los jugadores, con los ojos rojos de la emoción, acudieron a recibir el premio que les ofrecía el Duce de sus manos. Días como los de preparación en los Alpes y en Roseta, luchas como las de aquel Mundial son inolvidables. Y ninguno de los que lo vivimos lo olvidaremos. Son experiencias que le hacen a uno sentirse orgulloso de ser italiano".

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