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HÉRCULES 2 - ZARAGOZA 1

Fatal exceso de confianza

Braulio adelantó al Zaragoza en su primer ataque pero la ventaja se esfumó en el último cuarto de hora.

Braulio pelea una pelota con Pamarot, uno de los centrales del Hércules.
Fatal exceso de confianza
MANUEL LORENZO/EFE

Lo que pintaba durante toda la tarde como un gran resultado para huir de la quema del descenso, se convirtió en diez minutos en una dolorosísima derrota para el Real Zaragoza. De esas que duelen porque se han estado tocando con las yemas de los dedos durante todo el partido.

Y puestos a buscar razones del catastrófico final del partido, uno se queda sobre todo con una: el fatal exceso de confianza de un equipo, el de Aguirre, que se creyó ganador antes de hora y acabó menospreciando a un rival que, en verdad, dio síntomas de muerto desde el minuto uno al 78 del duelo.

El equipo zaragocista llegó al último cuarto de hora -incluimos los 4 minutos de tiempo añadido- con el marcador a su favor (0-1) y con el control absoluto del diapasón del juego. Sin hacer nada del otro mundo, como casi siempre, los zaragocistas no tenían dificultades para reventar de cuajo cualquier atisbo de combinación o llegada al área de los alicantinos, sumidos en una crisis de identidad tremenda desde hace mes y medio, algo que ayer fue una evidencia indiscutible. A base de presión, de trabajo en todas las posiciones, los hombres de Aguirre pudieron hacer valer el tempranero gol de Braulio y soñar con que fuese el definitivo para sumar la segunda victoria consecutiva como visitantes.

Si en el minuto 78 se hubiese podido hacer una encuesta en el poblado graderío del Rico Pérez, ni uno solo de los aficionados herculanos, ni el más forofo, habría apostado seguramente por la remontada de los suyos. Costaba hasta pensar cómo, alguien vestido de blanquiazul, iba a ser capaz de encontrar un balón potable para que hacer el empate en la portería de un inédito Leo Franco. El cien por cien de los seguidores locales habrían pagado una buena cuota por el milagro de la igualada, vista la incapacidad de los de Esteban Vigo para dar cuatro pases seguidos en toda la tarde. ¡Cómo para sugerirles el triunfo final! Muchos hubiesen pensado que era una propuesta cómica.

Pues no. El fútbol es así de inmenso, de intangible, de inescrutable. De cómico, nada. El Hércules, en un par de fogonazos postreros de calidad de dos de sus veteranas piezas, Farinós y Trezeguet, se inventó una victoria que dejó sin respiración al Zaragoza.

Y, de paso, volvió loco a un público que, desde hacía muchos minutos, silbaba a varios de sus jugadores -Thomert, Pulhac, Pamarot- para mostrar su decepción y su preocupación por la caída libre en la que se sumían los levantinos si perdían por quinta vez consecutiva (habrían entrado en puestos de descenso).

El partido del Real Zaragoza fue el revés de la experiencia vivida hace quince días en Málaga. Se fue ganando el partido durante 75 minutos, se vio todo muy fácil ante la incapacidad del rival, y, al final, se mordió el polvo lastimosamente. Trezeguet hizo esta vez de Sinama. El minuto 88 fue esta vez letal en vez de glorioso.

Al Real Zaragoza, aunque parezca paradójico, pudo acabar perjudicándole su tempranero gol. Que Braulio marcara de cabeza en el minuto 4 a la salida de una falta bien centrada por Boutahar desde la banda derivó, gracias a la solvencia con la que se defendió con el paso de los minutos, en una excesiva relajación en varios hombres. Ander Herrera no se enteró de la fiesta en todo el envite. Gabi acabó flotando en demasía en tierra de nadie. Ponzio se diluyó como hacía días no le ocurría. Y los centrales, Contini y Jarosik, pasaron de sobrados a puestos en evidencia.

El Zaragoza, con ese 0-1 favorable desde el mismo inicio y sin ninguna sensación de sufrimiento, se amoldó a la comodidad, al mínimo esfuerzo. Y no buscó con énfasis en ningún momento el segundo gol. Ese fue, seguramente, otro grave error en el que Aguirre tiene buena parte de responsabilidad. Se dejó vivo a un enemigo que podía y debía haber llegado liquidado a ese final en el que, inesperadamente, acabó poniéndose de pie para meter de nuevo en líos a un Zaragoza que sigue sin ganar en tierras valencianas desde 1993. Ayer, los de Aguirre dieron de comer a su propio gafe.

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