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REAL ZARAGOZA

Estado de sitio

La Guardia Civil ocupó la Ciudad Deportiva en el regreso al trabajo del Real Zaragoza. Con la medida, el club quiso garantizar la seguridad del equipo tras los incidentes del domingo.

Desnuden el titular de cualquier matiz sensacionalista: la Ciudad Deportiva amaneció tomada por la Guardia Civil. Apenas se cruzaban las 10 de la mañana cuando cinco todoterrenos aparecieron por allí, ocupando las posiciones estratégicas de las instalaciones de entrenamiento del Real Zaragoza y no sin causar cierto asombro.

Un vehículo hizo guardia en el acceso principal, otro protegía la puerta secundaria, a la que se accede por el rugoso camino de la periferia, un tercero posó las ruedas enfrente de la puerta del vestuario de los futbolistas, un cuarto le hacía la cobertura desde las inmediaciones de la garita de la sala de prensa, y el último también disuadía desde el interior del recinto, justo en la esquina sureste, por donde suelen aparcar los informadores habituales del Real Zaragoza.

A cada Nissan Patrol le correspondía cuatro agentes de la Benemérita impecablemente uniformados. En total, veinte guardias civiles con pistola, esposas y gorra ladeada sobre la cabeza. Todos pertenecientes a los Grupos Rurales de Seguridad (GRS), unidad con acuartelamiento en Casetas. Por si acaso, seis guardas de seguridad de una empresa privada completaban la dotación de defensa de la Ciudad Deportiva.

Todo este dispositivo despojó de protagonismo a los futbolistas del Real Zaragoza, que estrenaban el descenso en su primera sesión de trabajo después del drama de Mallorca. Con esa vigilancia, el club obró precavido ante una posible invasión de hinchas enfurecidos con la debacle del proyecto. La lamentable algarada incendiada el pasado domingo por una minoría ultra en los aeropuertos de Palma de Mallorca y Zaragoza obligaba a extremar precauciones y justificaba cualquier convocatoria policial que protegiera la salud y los oídos de lo futbolistas. De los radicales, nunca se sabe.

Pero la mañana se murió de aburrimiento, afortunadamente. Nada pasó. Calma chicha. Y los GRS, cuerpo de operaciones especiales de la Guardia Civil dedicado a los antidisturbios, pasando la espera entre la alerta y la paciencia. Dos apacibles hinchas, aficionados es el justo término, fueron la inocente amenaza. Un joven y una señora cincuentona.

Entretanto, los jugadores consumieron una efímera sesión de trabajo. Fueron cuarenta y cinco minutos en el gimnasio, con las ausencias de Sergio García, en la semana vacacional previa al ingreso en la rutina de la selección española, y Carlos Diogo, completando la primera fase de su operación de rodilla. El único futbolista que pisó el césped y se dejó ver con nitidez fue Luis Carlos Cuartero, ya en la recta final de su rehabilitación.

Tampoco a la salida del entrenamiento destaparon su visibilidad, aunque algunos se ocultaron en exceso entre la oscuridad de la lunas ahumadas de sus coches. Fueron los casos de Pablo Aimar, escondido en la zona trasera de su todoterreno, y los brasileños Oliveira y Matuzalem, también conducidos por un chófer. Hoy, el equipo volverá a la Ciudad Deportiva para ejercitarse a partir de las 10.30 al mando de Villanova.

Con los jugadores invisibles, los guardias civiles paseándose como centinelas por la Ciudad Deportiva y el club silenciado, el Real Zaragoza parece encerrado en un búnker.

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