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REAL ZARAGOZA

El Zaragoza se jugará todo a una bala

Todo en una bala, la última. El Real Zaragoza se jugará la permanencia en Ono Estadi, en Mallorca, en la última jornada de Liga. La irregular campaña del conjunto aragonés no puede tener un colofón más agónico: el cuadro de Manolo Villanova resolverá su futuro -su sentido y su ser en Primera- ante un Mallorca que logró la victoria en el Camp Nou (2-3), en la despedida de Rijkaard, en el minuto 93. Los de Gregorio Manzano fueron capaces de levantar un 2-0 ante todo un Barcelona. Y acarician la Copa de la UEFA.

Es el rival -y el panorama- que encontrará el Real Zaragoza el próximo domingo, en su duelo a vida o muerte -a vida o muerte, sin tópicos- por la permanencia.

Tuvo ayer el conjunto blanquillo una oportunidad única para liderar el grupo de los desamparados, de los que no han sabido hacer los deberes y a los que les escalda el alma en las calderas. Nunca antes el Real Madrid se presentó en La Romareda de forma tan relajada. Es difícil que lo vuelve a hacer: sin seis de sus titulares y sin aparente motivación, el cuadro de Bernd Schuster acudió a Zaragoza a querer jugar arriba y dar fe de sus destellos y a dejar jugar. Sobre todo, a dejar jugar.

Sin un sistema de contención sólido, el cuadro merengue dejó hacer a los de Villanova desde el comienzo, aunque también dio muestras de su clase con los zarpazos que pusieron a prueba a un inspiradísimo César.

El Zaragoza creó innumerables ocasiones de gol. Cada balón merecía un instante de emoción y un ¡ay! en las gargantas de los aficionados zaragocistas.

Es verdad que el gol de Oliveira encendió la ilusión de la parroquia. Pero los tantos de Van Nistelrooy y Robinho presagiaban una noche de luto. Hasta que Sergio Fernández encendió la luz de la esperanza del zaragocismo.

El gol no sacó al Real Zaragoza del descenso. Ahí está estancado, en los puestos de la condena. Pero es una bombona de oxígeno para los de La Romareda. Porque con este tanto el Zaragoza depende de sí mismo. Ganando, se salva.

No es fácil. Porque el fin de semana se enfrentan un equipo en clara progresión -el Mallorca- y un equipo -el Real Zaragoza- que hace jornadas que deambula por el alambre, que se ha acostumbrado a coquetear con el descenso y que es, al fin y al cabo, el equipo que más boletos le ha comprado a la Segunda División.

Porque el conjunto aragonés es el equipo que, recién concluida la penúltima jornada, ocupa la tercera de las plazas que dan acceso a la División de Plata -¡qué eufemismo!-, al infierno de la Segunda. Antes han sacado su billete el Levante y el Murcia.

Una rendija a la esperanza

El empate abre una puerta a la esperanza, tal vez raquítica, tal vez solo una rendija, pero real. Porque la victoria es el camino a la salvación. Antes, la derrota, tras el gol de Robinho, dejaba al equipo pendiente de otros equipos y más allá del borde del abismo. Ahora, el equipo se sostiene por un raquítico hilo de vida. Incluso, puestos a soñar, el empate también podría valer... siempre que pierda el Recreativo o si también cae en Santander el Club Atlético Osasuna.

Hay ahí un elemento que juega a favor del cuadro aragonés: el Racing se juega -como el Mallorca- la Copa de la UEFA. No puede salir relajado ante los de Ziganda. Incluso si deja resuelto su compromiso en los primeros minutos, el Mallorca perdería sus opciones de abrir las puertas de la competición europea y tal vez bajara los brazos ante el Real Zaragoza...

Quimeras. A estas alturas de temporada resulta casi impensable que un equipo nacido para luchar por todo -¡qué fácil se vende el humo!- tenga que recurrir a una carambola improbable para certificar su seguro de vida.

Porque -que nadie lo olvide- la vida del conjunto aragonés va a pasar por la permanencia en Primera División. ¿Es posible la continuidad de este proyecto fuera del marco de la máxima categoría? En realidad, altamente improbable...

Hay que agarrarse a un clavo ardiendo. Como hace la afición, como lo ha demostrado un público admirable, que no se ha cansado de animar, de llevar en volandas al equipo, de empujarlo en los momentos más comprometidos, contra viento y marea.

Que a nadie le quepa duda de que este es el verdadero patrimonio del Real Zaragoza, su aval, como lo ha demostrado a lo largo de los 75 años de su vida. Ellos, una afición asombrosa y admirable, es la que menos se merece lo que le que está ocurriendo al conjunto blanquillo. Y los que mejor están llevando el duelo.

La afición estaba convencida ayer de que el Real Zaragoza se salvará. Seguramente porque pasó de la desazón a ese chorro de esperanza del gol de Sergio Fernández. Porque es ese ánimo el que más confía en el equipo. Como dan muestras cada fin de semana; por encima de los dirigentes, del vestuario... La garantía de la fe.

La temporada pasa por un partido, el del próximo fin de semana en el Oni Estadi. Ahí se concentra el proyecto de Agapito y de Bandrés; los retos de Pedro Herrera y Miguel Pardeza; las aspiraciones de Víctor Fernández, de Garitano, de Irureta y de Manolo Villanova; los compromisos de todo un vestuario. El Real Zaragoza debe responder y dar la cara; por la dignidad profesional, por respeto a unos colores, por 75 años de historia. Y por el futuro de la entidad. Ya no valen las excusas, ni los nervios, ni los fallos, ni los errores -los que se multiplicaban ayer-. El Zaragoza se juega la campaña a un duelo, en una bala. Y no puede desperdiciarla. Bajo ningún concepto.

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