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REAL ZARAGOZA

El triunfo necesario

El Real Zaragoza vence al Almería por 2-1 al Almería en La Romareda y se reencuentra con el triunfo. Marcaron para el conjunto aragonés Ángel Lafita y Pulido. La victoria llega en el momento preciso. Evita tensiones y cargas de presión añadidas sobre el equipo.

De este tipo de partidos nunca deben esperarse exquisiteces, exposiciones por completo convincentes. Pensar lo contrario signfica caer en un error de fondo, al menos como punto de partida teórico. Cuando se juega en una encruzijada, como lo hizo ayer el Real Zaragoza, lo común es que los encuentros tomenen un aspecto feo. Presentan por lo general un aire más tenso que vistoso, más denso que fluido, más pesado que entretenido. Una mezcla de todo ello fue el choque de ayer entre Real Zaragoza y Almería: tenso en sus formas (diez tarjetas amarillas), espeso en conceptos y, en todo caso, pesado de soportar. Tanto Marcelino como Hugo Sánchez eran conscientes de que se dilucidaban bastantes cuestiones, unas de presente y otras de recorrido algo mayor. Estos asuntos eran los más relevantes. En este sentido, ganó la partida el técnico de casa. Conquistó el triunfo y sumó tres puntos. El Real Zaragoza se reencuentra con la victoria después de un octubre negro, de cuatro partidos sin conocer la victoria (uno en Copa).

 

Los argumentos empledos fueron los correctos, a lo que, por otra parte, obligan los cánones de siempre cuando se es un recién ascendido y se dispone de lo que se dispone. La humildad, la entrega, el sacrificio y el esfuezo hasta la conclusión consistieron en el recetario básico. Sobre este basamento, crisol de realismo y de un acusado sentido del pragmatismo, destacó el dominio por arriba del Real Zaragoza en las jugadas a balón parado, ya fueran lanzamientos desde la esquina o faltas laterales. Durante la primera mitad, cada jugada de este tipo se convirtió en clara ocasión de gol. Por este concreto aspecto del juego se resquebrajaron las convicciones del Almería, que en los inicios dio síntomas de superioridad física y técnica.

 

Según asumió el bloque de Hugo Sánchez que el Real Zaragoza le podía hacer daño, se lo hizo de verdad. Aprovechó Ángel Lafita un fallido intento de despeje de Chico y emprendió carrera hacia la puerta contraria en vertical con el instinto propio del delantero que sabe que le espera la fortuna del gol. El lance, tomado en sí mismo, podría resumir de algún modo el partido entero. No discurrió ese avance limpio y claro, sino embarullado y confuso. Por un instante pareció que el balón se quedó sin dueño y por otro que podía ser despejado sin ninguna atención por la defensa rival a un lugar tan indefinido como ninguna parte. Pero la pelota quiso caer de nuevo a pies de Lafita, quien ya sólo necesitó embocar. Lo hizo con precisión y se fue a festejar el cambio de rumbo del partido con su público.

 

Transcurridos pocos minutos, el Real Zaragoza le administró al rival otra dosis, utilizando esta vez la faceta que mejor domina. Botó el balón Jorge López desde un córner y se tocó por enésima vez el esférico por arriba, hasta que llegó a los dominios de Pulido. Éste marcó con la contundencia del defensa que sabe que esa ocasión es la suya. El partido dibujó desde ese momento un sesgo claramente favorable para el equipo de Marcelino.

Interiorizada la experiencia vivida en La Romareda frente al Rácing de Santander, nadie dio sobreentendido que el triunfo tenía ya un dueño. Juan Manuel Ortiz lo recordó tras recibir en fuera de juego. Anotó en una contra llevada por Crusat por el carril del centro, sin oposición, en campo libre y abierto, habida cuenta de que toda la defensa aragonesa se había volcado sobre la puerta contraria en otro saque de esquina. Desde ese momento, ya ninguno de los dos equipos asumió riesgos. Empezó a adueñarse de la trama del encuentro un espíritu conservador: el Zaragoza estaba bien acomodado en la corta ventaja y el Almería decidió esperar a que brotara de manera aislada alguna aproximación certera.

 

Cada cual estiró su argumentario durante la segunda mitad. Casi como consecuencia inevitable, nada significativo se vio en ese periodo. Sin Ayala en el campo, se acabó el bombardeo local y también tuvo su fin la amenaza más seria. Sin la mínima perspicacia para volcar el juego por la banda de Crusat, el Almería se consumió en el centro del campo. No le sacó partido a la autopista libre de peaje que se le había regalado. En este capítulo, estuvo indulgente el equipo andaluz. Por alguna desconocida razón -o no tan desconocida- Ander Herrera entendió que lo suyo era estar en el centro del campo, y de este modo tan fresco y poco usual configuró una disposición táctica para el equipo en la que la banda derecha era para quien la quisiera. Como él no la quiso para sí y el Almería tampoco la apreció, no fue para nadie ese espacio, salvo para que Rubén Pulido realizara alguna prueba de velocidad, de cien metros lisos. De las deficiencias de unos y otros difícilmente podía emerger otro resultado al que ya se daba. Los cambios que Marcelino y Hugo Sánchez introdujeron en sus equipos tampoco aportaron otras energías, o al menos no tuvieron la fuerza suficiente como para introducir nuevas tendencias. Ewerthon se empleó en un orden menor al del afilado goleador de otras campañas y Miguel Ángel Corona no leyó mejor el partido para los intereses del Almería.

 

Quedó el partido en el exacto punto donde se encontraba, sin que nadie supiera o quisiera llevarlo hacia otro lugar, cosa que al Zaragoza siempre convino. Marcelino ganó tiempo para sí y para todos. La presión desciende. El ambiente alrededor del equipo queda algo más distentido. Las urgencias que se temían han quedado aplacadas por el momento y los márgenes para acudir a Valencia no son angostos.

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