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El silencio de los corderos

La afición zaragocista abandona las tribunas un par de minutos antes de que el árbitro señale el final del partido.
El silencio de los corderos
josé miguel marco

La afición acudió expectante al estadio, asistió con preocupación al partido y terminó protestando por lo que vio. El futuro da respeto

zaragoza. "¿El público de Zaragoza es tan silencioso siempre?", preguntó extrañado un periodista de Valladolid nada más entrar en la sala de prensa de La Romareda nada más concluir el partido mientras se esperaba la comparecencia de los dos entrenadores. Apenas halló respuesta oral, en un recinto donde también el silencio se cortó entre los presentes durante el cuarto de hora que duró la estancia en las tripas del estadio. Solo encontró gestos, cabeceos desganados de parte de los cuestionados informadores locales, mustios y pensativos a esa hora de la tarde. Al vallisoletano le llamó poderosamente la atención lo mismo que sorprende hace tiempo a muchos zaragozanos que son habituales en las gradas del estadio. Ese silencio monástico que desde hace un par de temporadas se apodera del graderío durante infinidad de minutos de cada choque del Real Zaragoza en su campo. Una actitud de delicado análisis, pero que realmente existe y, como tal, es necesario reflejar.

Ayer fue uno de los días donde ese aire de teatro de la ópera que últimamente se respira en La Romareda más se dejó sentir. La mayor parte de la afición enmudeció en el minuto 3 con el 0-1 del Valladolid y así continuó hasta que Ramírez Domínguez pitó el final del duelo. Y, salvo algunos arrebatos animosos provenientes de los dos fondos cuando el cuadro zaragocista atravesó por sus momentos de mayor clarividencia (el último cuarto de hora de la primera parte), el único ruido que rompió el silencio llevó sello de protestas, lamentos y algún que otro improperio para los dirigentes entonado desde lo más alto del fondo norte y que, a la conclusión del partido, en medio de la bronca final, encontró complicidad en otros sectores del decepcionado graderío.

Desde lo más alto de la tribuna hubo momentos en los que se oyeron con nitidez los gritos de los entrenadores y de algún jugador vociferante. Y eso no es normal en un campo de las dimensiones de La Romareda y con una presencia de público en las butacas que, aunque lejana del lleno, estaba cuajada como para que las ondas sonoras no tuviesen a favor el eco del vacío. Esta conducta colectiva del zaragocismo admite varias vías de análisis. Y, de entre todas ellas, es posible que pueda consensuarse un diagnóstico común: el que hace referencia al temor ante lo que se ve, el respeto por lo que puede pasar, el recuerdo reciente de lo que sucedió hace dos años y un cierto grado de hastío (más o menos manifestado según la personalidad de cada cual) por los tiempos de vacas flacas que atraviesa la entidad y el equipo desde hace un trienio.

La afición necesita revulsivos. El público zaragocista requiere que el fútbol vuelva a ilusionarle. Y ayer, en esta segunda cita liguera en La Romareda tras el retorno a Primera, regresaron los fantasmas de tiempos pretéritos demasiado recientes. En el estado de ánimo que reina en Zaragoza y Aragón respecto del equipo blanquillo, el fútbol es el único elemento que puede reflotar la alegría y la pasión por ir al campo. Solo el juego, la plástica con el balón, la intensidad de los partidos, es la medicina capaz de llenar las tribunas de sonidos y gestos de pasión. Pasó en la recta final de la dura campaña pasada en Segunda, cuando los triunfos eran ya salvoconducto del ascenso. Había algo que celebrar en cada victoria y, entre las tinieblas de Segunda, se halló una motivación para gozar de los éxitos, por generación espontánea, porque a una afición soberana y de largo recorrido como es la aragonesa no hay que darle demasiadas consignas para que esté encima de su equipo.

Pero ese ambiente que se generó entre marzo y junio caducó en el mismo instante en que acabó la competición de Segunda y se dio el salto de nuevo a la elite. Este curso tiene otras coordenadas, otros anhelos y, sobre todo, otros rivales que a la mínima ponen en evidencia los defectos del recién llegado.

 

Calma tensa en las gradas

Ayer, la gente que estuvo en La Romareda reaccionó básicamente desde las premisas citadas. Todos acudieron al coliseo en estado expectante por la alineación de circunstancias que debía presentar Marcelino (por los motivos que todo el mundo conoce y sobre los que ya no es necesario redundar más). El mal inicio de partido del equipo los dejó sin habla. La concatenación de errores defensivos, la sucesión de fallos en la construcción del juego, acabó por meter el miedo en el cuerpo de muchos de ellos. Pese a la ligera mejoría experimentada tras el empate, que despertó a los de sueño más ligero y a los de más fácil convencimiento, el 1-2 y la impotencia manifestada en la segunda mitad terminó por sellar la boca de casi todos (menos de los que decidieron protestar sonoramente, que lo hicieron progresivamente desde el minuto 8, pasando por el descanso, continuando en los cambios de Babic y Obradovic y terminando al final del choque). Miradas preocupadas, muecas de desaprobación, movimientos de cabeza de derecha a izquierda... Eso fue lo que se propagó por las gradas con el paso de la tarde, pero siempre en silencio.

El Zaragoza ha iniciado el campeonato interpretando el papel de Clarise (Jodie Foster) y la Liga es ese canibal llamado Hanibal Lecter (Anthony Hopkins) que se la quiere comer. El escenario de la película es, por ahora, el de su título: "El silencio de los corderos". Todo un thriller.

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