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Deportes

NÁSTIC 0 - REAL ZARAGOZA 0

El Real zaragoza se da la vuelta

El equipo maño fue incapaz de marcar en Tarragona. Horas antes del partido murió el consejero zaragocista José Antonio Gómez de la Fuente.

El Zaragoza ha entrado en una fase desconcertante. No se sabe si peligrosa o no, pero sí extraña. Su partido en Tarragona sirve de ejemplo nítido y cristalino. Su fútbol ganó peso y criterio, algo de gobierno, evidenció varias mejorías, reparó las costuras defensivas, subió la temperatura de su juego y, por momento, se encontró el pulso correcto. No tuvo que ver nada con el paisaje desolador dejado en Girona. Sin embargo, la progresión quedó incompleta, fue demasiado débil y desabrida. Y no sirvió para ganar, único discurso válido en una travesía donde los puntos perdidos se amontonan en el maletero.

A estas alturas, el derroche suena a excesivo para cualquiera con el ascenso como objetivo, por mucho que el Zaragoza se vista con ropajes aristocráticos en el país de la ruina. Quizá lo peor no fue el empate, ni el cero a cero, ni la particular visión de los partidos de Marcelino ni los rincones por abrillantar. Con la peor noticia, nadie contaba: el Zaragoza ha perdido el filo. Su despiadada delantera ha dejado de producir víctimas, alejándose del frenético ritmo devorador impuesto en el arranque de temporada. Ni Ewerthon ni Oliveira, los flotadores del equipo, huelen ahora a pólvora. La dependencia de sus goles era un riesgo que se ha convertido en una amenaza. En este sentido, a Marcelino se le ha dado la vuelta el equipo: la defensa coge sangre poco a poco; pero la delantera ha entrado en depresión.

Desde hace unas jornadas, la pareja atómica sobrevive sin uranio, aislados del suministro creativo y con las encías amoratadas. Contra el Nástic, ni conectaron entre ellos ni con el gol. Esa carencia condujo a Zaragoza al empate a nada, rozó la victoria porque cargó con más ímpetu, pero se quedó escaso. El Nástic se limitó a replegarse y a ejecutar un plan horrendo y simplista basado en la tosca influencia de Moisés. Como una grúa, su labor fue estirar el cuello, limpiar las nubes y descolgar algún milagro.

Pareció funcionarle a Nástic en la primera mitad. Pero conforme la trama ganaba líneas, el Zaragoza fue desplegándose y elevando su temperatura, aunque sin demasiado poder incisivo. Solo los desajustes de Ayala y Paredes le hicieron temblar por detrás, donde Pulido y Chus Herrero inyectaron cemento y dieron un paso al frente. Habrá que esperar a si la reacción es fiable.

El efecto contrario lo sufrieron Ewerthon y Oliveira. La conexión entre ambos sonó a óxido. Ante eso ganaron sustancia las lanzas secundarias. Arizmendi perdió dos goles. Sus talludo perfil lo desaprovechó cabeceando al cuerpo de Rubén Pérez cuando los huecos y la libertad eran infinitos. Esa fue la primera. Al poco de comenzar la segunda mitad; cruzó en exceso un disparo gestado durante un eslalon perfecto. Arizmendi tiene esto. O cero o cien.

Llegó entonces la hora de Caffa. Con él sobre el campo, el Zaragoza incrementó de vueltas. Gobernó el balón, los hemisferios del campo y los carriles. El acelerón lo dio Caffa. Al argentino le persigue una enigmática extravagancia. Gana fuerza saliendo con la bandera revolucionaria, como factor corrector de partidos y hombre número doce. Para él, el banquillo no es una cama de torturas sino un lugar rebozado de nutrientes. En cambio, la titularidad le silencia.

Su entrada tuvo un efecto inmediato. Estiró la banda izquierda y sacó el botín de los milagros. Sus centros desprenden fragancias parisinas. En plena oleada de desbordes, hizo crujir el último ángulo del campo. Sus acciones fueron repartidas. A Jorge López le puso una en la frente, a Oliveira otra en el pie, con Ewerthon cuajó una combinación fulgurosa pero incompleta. Caffa se quedó solo ante el gol y los brazos de Rubén Pérez sacaron el precinto. Aún repetiría el argentino desde fuera y desde lejos. Pero la mejor fue de Oliveira. Se infiltró en el área, apretó el gatillo, pero el balazo salió de agua. Lamentablemente, Oliveira está aprendiendo a fallar.

El Zaragoza dominaba fruto de la presión y las líneas adelantadas. Pero sin autoridad ni limpieza mental en el gobierno del juego. Solo los golpes secos le conducían hacia el peligro, cayendo en su crónica volatilidad en el juego.

Cierta estabilidad le llegó con la entrada de Gabi. Sus escasos minutos agilizaron al equipo y le confirmaron como una pieza esencial en el esquema de Marcelino. Sin excesivos ornamentos, con sobriedad y eficacia, aireó el centro del campo. Eran momentos donde N'Gal, torbellino de ébano, revivía al Nástic. En una burla a Paredes le puso el partido a Gibanel en las botas y le recordaba al Zaragoza los zurcidos de su defensa y que su ligera mejoría pudo haber saltado por los aires.


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