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Deportes

ALPINISMO

El Campo Base, un hogar

La expedición aragonesa que forman Carlos Pauner, Marta Alejandre y Javier Pérez ha realizado una aclimatación de cuatro días en los Campos 1 y 2. Cuatro días de trabajo duro, pero eficaz. El regreso al Campo Base es, para nuestros alpinistas, "lo más cercano a nuestro hogar"

Casi se podría decir que de vuelta al hogar. Retomar el aire sano del Campo Base, el calor del mismo, tus cosas, tus comodidades... Sin duda, es una experiencia difícil de explicar. Tras cuatro días vividos en el límite de lo soportable, comiendo lo justo, pasando frío y realizando un esfuerzo titánico, volver a la paz del Campo Base es, sin duda, lo más cercano que vamos a estar de nuestro hogar. Nos duelen las piernas, nos abrasa la garganta, echamos de menos a los nuestros, pensamos en ellos, pero, bajo esta apariencia quemada y desgarrada, estamos contentos por el trabajo realizado.

Han sido cuatro días de vida en altura, de trabajo duro, a la par que eficaz. El primer día subimos con carga hasta el Campo 1, a 5.900 metros, donde dormimos. Al día siguiente, nos encaramamos por las largas pendientes que conducen al Campo 2, a 6.800 metros. El camino se va empinando poco a poco, la altura se hace notar en nuestra desbocada respiración. Vemos el lugar, ese gran bloque de hielo bajo el cual colocar las tiendas razonablemente seguras, pero nunca llega. El tiempo pasa lento. Todo va quedando por debajo. Detrás de nosotros asoma la magnífica figura del Annapurna. Cien metros más, 50 y, por fin, en medio de una pequeña ventisca heladora, conseguimos llegar a este curioso nido. Estamos muy altos, pero preferimos este lugar que está más o menos protegido, que otras alternativas más peligrosas.

El viento sopla con fuerza, nos hiela la cara y las manos. No podemos montar las tiendas en estas condiciones, así que decidimos dejar todo ahí y bajar de nuevo al Campo 1, donde llegamos helados y muy cansados. No es momento de titubear. Hay que dormir. En efecto, por la mañana, el tiempo es de nuevo bueno. Subimos otra vez al Campo 2, donde, ahora sí, con menos viento, colocamos las tiendas, tras excavar a pala las pertinentes plataformas. Tras este esfuerzo agotador, fundir nieve, hidratarse y sin pausa, al saco, antes de que la helada de la noche caiga. Dura noche, los tres en un pequeña tienda, cubiertos por las escarcha y el hielo. Nada cambia la vida en altura. Siempre es lo mismo, pero es necesario, para poder completar la aclimatación, imprescindible en este tipo de montañas.

Al amanecer, como siempre, frío, escarcha y entumecimiento. Parece mentira que los cuerpos sean capaces de recuperarse y de ponerse en marcha. Pero así es. Hace sol, pero viento. Estamos con otros grupos y no es fácil que decisión tomar. Todavía no tenemos en altura los trajes apropiados para el frío y el día promete ser helador. Ivan y Fercho tiran para arriba con algo de cuerda que hemos colocado aquí entre todos. Tras 300 metros, deciden bajar y todos apuntamos hacia el Campo Base, hacia la vida. En cuatro horas abrazamos a nuestro cocinero Yanak y nos quitamos los atuendos que hemos llevado. Bebemos, comemos y sentimos el relajo del trabajo realizado. Hemos montado el Campo 2, muy alto y está abierto el camino hacia la cima. Ahora, durante cuatro o cinco días, no va a existir la montaña. Vamos a recuperarnos, a relajarnos y a sanar las heridas que nos ha infringido la montaña.

El Dhaulagiri es una montaña poderosa, peligrosa y dura. Hemos batallado con frescura, con determinación y hemos avanzado mucho hacia su cima. Vamos a relajarnos unos pocos días, sin olvidar, no obstante, que la batalla definitiva está aún por llegar. Nos queda mucho por pelear, pero no hay que olvidar que ya hemos luchado mucho y, gracias a eso, estamos en el buen camino, en el camino de la cumbre del Dhaula. Estamos quemados, cansados, secos y envejecidos, pero por dentro, nos inunda la satisfacción del duro trabajo realizado en las laderas de esta hermosa cumbre del Himalaya. Nuestro sueño, poner los pies en el punto más alto, cada día, está un poco más cercano. Casi lo podemos presentir, con más fuerza, cada día que pasamos aquí arriba.

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