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Tokio, de espaldas a los Juegos mientras el coronavirus sigue batiendo récords

Más allá de las instalaciones olímpicas, no se ven banderas ni carteles y los tokiotas siguen con su rutina entre las restricciones del estado de emergencia.

Gente alrededor de la llama olímpica en Tokio.
Gente alrededor de la llama olímpica en Tokio.
FRANCK ROBICHON/EFE

Si un extraterrestre desconocedor de la cultura terráquea aterrizara en el centro de Tokio para una misión secreta, como abducir a alguien o recabar información para una futura invasión, seguramente volvería a su planeta sin enterarse de qué en esta ciudad se está celebrando una cosa llamada Juegos Olímpicos. En Ginza, la zona comercial más lujosa de la capital nipona, no se ve ni una sola bandera olímpica ni un mísero cartel con los cinco anillos de colores. 

Sin turistas porque las fronteras están cerradas desde principios de año, por sus callejones no hay voluntarios con sus reconocibles camisetas azules ni aficionados luciendo las equipaciones de sus países. En las tiendas de electrónica como Bic Camera, gigantescos paraísos para los maniacos de la tecnología, no se ofrecen descuentos olímpicos y en la de Apple ni siquiera se forman las habituales colas en su puerta. Y en Ginza Corridor, que solía hervir de bullicio, muchos de sus restaurantes de sushi y bares de sake han cerrado por la prohibición de vender alcohol vigente por el cuarto estado de emergencia decretado por el coronavirus, que dura hasta el 22 de agosto.

De hecho, si un extraterrestre aterrizara en el centro de Tokio, de lo único que se enteraría es de que la Tierra sufre una pandemia que obliga a sus habitantes a ir con mascarillas y a guardar las distancias, impidiéndoles lo que más le gusta hacer: juntarse para comer, beber, reír y lo que se tercie, pero, eso sí, bien apretaditos.

Curiosamente, nada de eso se ve ahora en Tokio, una de las ciudades más densamente pobladas del mundo. Hasta el metro, famoso por sus aglomeraciones, va desahogado y restaurantes populares como Midori, que antes tenía siempre cola, reciben tan pocos clientes que han puesto a 950 yenes (7,2 euros) una bandeja con diez piezas de sushi más sopa miso y dos entrantes. Pero ni siquiera tal chollo llama a los comensales y su barra, con plásticos de separación entre taburete y taburete, está medio vacía a la hora del almuerzo. Desoladora, la misma estampa se repite en otros establecimientos vecinos.

Desde el tsunami de 2011, que desató el desastre nuclear de Fukushima y obligó a los japoneses a encerrarse en casa por miedo a la radiactividad, este corresponsal no veía un ambiente tan desangelado en Ginza Corridor. O, para ser más precisos, no veía esta falta de ambiente.

Más allá de lo deportivo, de sus récords y fracasos, toda cobertura olímpica tiene sus crónicas sobre el ambiente alrededor de los Juegos. Pero esta es, más bien, la crónica del no ambiente. Por miedo al coronavirus, que sufre un repunte por la variante Delta originada en la India, la mayoría de los japoneses ha dado la espalda a las Olimpiadas y habría preferido que no se celebraran. "Al principio sí me ilusionaban, pero luego me fui enfriando porque a todos nos preocupa que los Juegos disparen aún más la covid-19", razona una joven dependienta de Ginza.

10.000 nuevos positivos

Por primera vez desde el estallido de la pandemia en China el año pasado, Japón registró este jueves 10.000 nuevos casos positivos. De ellos, Tokio aportó 3.865, un nuevo récord que, como viene ocurriendo desde hace ocho días, supera las cifras de la jornada anterior y probablemente volverá a ser rebasado este viernes. Pero, curiosamente, las cifras de contagios relacionadas con los Juegos Olímpicos no son demasiado altas: 193 desde principios de julio. De ellos, una veintena son atletas. El último, el dos veces campeón de salto con pértiga estadounidense Sam Kendricks, que rompía este jueves la buena racha de cuatro días seguidos sin positivos entre los deportistas. Junto a Kendricks, hubo dos atletas contagiados más. Mayor es, en cambio, el número de infectados en el personal de los Juegos, que alcanzaron la cifra máxima diaria de 21. Además, dos extranjeros han sido hospitalizados por covid, pero su estado no reviste gravedad.

Aunque el primer ministro, Yoshihide Suga, niega que este repunte del coronavirus se deba a los Juegos, el Gobierno nipón planea ampliar desde el lunes el estado de emergencia a tres prefecturas vecinas con subsedes olímpicas, como Saitama, Chiba y Kanagawa, así como a Osaka, segunda ciudad del país. Con restricciones de aforos y horarios, serán seis las prefecturas bajo el estado de emergencia mientras siguen los Juegos, lo que enfurece a muchos japoneses.

"El Gobierno nos pide que nos quedemos en casa y no nos juntemos con nuestros familiares y amigos pero, al mismo tiempo, celebra este evento multitudinario con gente venida de todo el mundo", se queja Yuki Kusui a las puertas del Pabellón Ariake, sede de la gimnasia artística. Aunque al principio estaba en contra de los Juegos por este motivo, reconoce que ha cambiado de opinión al ver "la buena organización y, sobre todo, el magnífico papel de nuestros atletas, que son un ejemplo para todos y nos dan esperanza". Con 15 oros, 4 platas y 6 bronces, Japón va segunda en el medallero, por detrás de China y por delante de Estados Unidos. Animada por este resultado, Yuki Kusui pasea con su compañera de trabajo Yasuko Taniuchi alrededor de las instalaciones olímpicas y lamenta que las competiciones no tengan público, pero asegura que no alterna ni va a sitios concurridos por precaución.

Pero ambas son una excepción. Salvo los grupos que se congregaron alrededor del Estadio Olímpico durante la inauguración hace una semana, algunos de ellos para protestar, apenas hay curiosos a las puertas de las distintas sedes. Una indiferencia que, sin embargo, contrasta con la audiencia del 56,4% que tuvo la ceremonia, la más alta que ha registrado dicho evento desde los Juegos celebrados en esta misma ciudad en 1964. A pesar de esa curiosidad inicial, una semana después parece como si no hubiera Olimpiadas en Tokio.

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