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REAL ZARAGOZA

De profesión, líder

Cuatro temporadas le bastaron para convertirse en una leyenda zaragocista. Regaló jerarquía, sudor, trabajo y dos títulos. Tras 569 días de luto futbolístico, el Mariscal se enfrenta al reto de renacer.

Invocar a Gaby Milito supone para el zaragocismo un ejercicio de estimulación y autoafirmación. Cuatro temporadas le bastaron al Mariscal para ingresar a perpetuidad en la leyenda de la entidad. Una ejemplar trayectoria en la que derrochó compromiso, honestidad y liderazgo, tres valores carísimos. En el zurrón de logros reposan una Copa del Rey, una Supercopa y un sinfín de guiños relacionados con la lealtad.

 

No es de extrañar que en la celebración del 75º aniversario del Real Zaragoza, fuera elegido unánimemente como el mejor defensa central de la historia, en un exclusivo once que compartió con otros mitos como Carlos Lapetra, Marcelino, Canario, Juan Señor, Aguado, Violeta o Nino Arrúa.

 

Gaby siempre fue una bandera. El brazalete y la responsabilidad jamás le doblaron. Desde la adolescencia. Capitaneó a diferentes equipos de las inferiores de la selección argentina, salió campeón con Independiente y fue estandarte desde el primer día que aterrizó en Zaragoza tras ser repudiado por el primigenio Real Madrid galáctico.

 

No es un hombre de verbo abundante ni de escenificaciones públicas. La influencia y el caudillaje sobre el grupo corre por sus venas, sin impostura alguna. Una mirada, un gesto o un grito cuadran a la tropa. Convence y conquista desde su profesionalidad.

 

Una rectitud transmitida desde la cuna por sus padres Jorge y Mirta. "Era un buen estudiante. Mi marido y yo le dejamos claro desde el principio que debía compaginar los estudios con el fútbol. El colegio era lo primero. Con quince años no sabes si vas a llegar arriba. Siempre cumplió con su obligación e incluso aprobó la Secundaria", explica la madre.

 

Tardes de gambetas y 'picaditos' en Bernal, esa patria infantil: "Jugaba en el patio de casa. Los vecinos se enfadaban por los balonazos pero Gaby y Diego seguían. Organizaban partidos en los que participaban su padre, sus tíos y los amigos. Volvían a casa con la ropa manchada. ¡Lavé tantas camisetas y pantalones!".

 

Hoy, recién cumplidos los 29 años, el Mariscal persigue un sueño más: volver a sentirse futbolista. Solo eso. Su obstinación y sus antecedentes aconsejan creer en su apuesta. Ya fue enterrado deportivamente cuando se operó de la maldita rodilla derecha en 2001, cuando militaba en Independiente. Calló, soportó el suplicio de la recuperación y volvió a su hábitat natural, el césped.

La misma rodilla ha enlutado su estancia en un Barcelona donde exhibió galones desde su llegada. Ni siquiera 569 días de amargura han quebrado su ímpetu. Recaídas y vueltas al quirófano; maratonianas sesiones en Argentina y en España con la única compañía de los 'fisios', amigos y confidentes: Luis García allá y Emili Ricart acá.

 

A una fe invencible, el aliento de su esposa Davina y sus dos hijos, el primero nacido en Zaragoza y el segundo en Barcelona.

 

Para Maxwell, Márquez o Bojan, la 'pachanga' de ayer frente al Bolívar no fue más que un intrascendente compromiso. Para Gaby supuso un triunfo mayúsculo, su particular triplete.

 

Si consuma su regreso a préstamo al Real Zaragoza, cerrará un círculo vital y apuntará a una colección de objetivos: reincorporarse a la elite, contribuir a la permanencia blanquilla y generar dudas a Maradona para el plantel de Sudáfrica 2010. Un goloso pastel para todos.

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