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REAL ZARAGOZA

De vuelta

El canterano Rubén Gracia 'Cani' vuelve mañana a La Romareda, campo en el que abandonó el anonimato y se hizo con un nombre en el fútbol.

Hubo un tiempo en el que todos fuimos Cani. Identificarse siempre equivalió a admirar. Era el Zaragoza de Segunda. El del Santi Aragón crepuscular. El de los goles de Yordi y las carreras de Galletti. Era tan poco ese Zaragoza... Uno miraba a un lado y al otro y solo encontraba al chaval de Torrero, al muchacho que un día Marcos Alonso rescató de la Segunda B para hacerlo debutar ante el Barça con el equipo ya descendido.

El caño a Reizeger, el indiscutible talento del pedugo y, sobre todo, las telarañas en la caja del club, lo instalaron en el escaparate. El empujoncito definitivo se lo dio Paco Flores, ese magnífico entrenador que, igual que Marcelino, ascendió al Zaragoza a Primera a la primera. Atrás quedaba mucho trabajo y muchísmo sufrimiento en la etapa formativa en la Ciudad Deportiva, la lucha de un chaval repleto de talento embutido en un cuerpo en el que no coincidía la edad cronológica con la física.

Todo el mundo sabía que Cani era muy bueno. Paco Flores, también; pero no lo parecía. Un día jugaba un rato en la banda, otro día nada... Todo hasta que el 24 de marzo de 2003 Flores lo puso de titular en el Carlos Tartiere de Oviedo junto a Iban Espadas. En Asturias nació la reconquista del ascenso. La confirmación llegó el domingo siguiente ante el Getafe, con una lección magistral de la Joya de Torrero. Cani marcó dos goles y lanzó definitivamente hacia Primera al Real Zaragoza.

Cani había abandonado el anonimato, la clandestinidad del fútbol aficionado. Salieron en los papeles sus padres, los entrañables Jesús y Esmeralda; sus amigos del barrio y de la piscina; todo lo relacionado con él constituía noticia, ya fuera el gol en La Romareda o su ingreso en el hospital Miguel Servet. Su camiseta era la más vendida. Cani era el rostro del Real Zaragoza.

El fútbol, ya fuera en juveniles, en Tercera con el Utebo o en Segunda B con el filial, siempre le acompañó. Quedaba por verificar su capacidad para afrontar los retos de la elite que no se circunscriben exclusivamente al terreno de juego. Protagonista indiscutible del ascenso, también se hizo un hueco cuando la exigencia creció. Llegaron Gaby Milito, Álvaro, Savio, Ponzio y Villa, y Cani siempre disfrutó de un espacio privilegiado en el campo y en la grada.

Le expulsaron en la final de la Copa de Montjuic. Renovó su contrato y comenzó a ganar dinerico. Tampoco demasiado, comparado con otras nóminas de la plantilla; aunque muchísimo, comparado con lo que le hubieran ofrecido como reponedor en el Alcampo de Utebo. Ganó la Supercopa en Valencia. Se casó con Teresa, una chavala maravillosa del Paseo Ruiseñores.

En la tribuna algunos días escuchó silbidos. Otros días, los silbidos fueron más elevados. Incluso sus padres veían los partidos en casa, en vez de en el campo. Pero su calidad siempre fue indiscutible. En Villarreal pagaron por su fútbol lo que el Real Zaragoza jamás estaba dispuesto a abonar. El zaragocista Cani se marchó y solucionó su vida. En El Madrigal ha completado Cani cuatro temporadas. Su inicio fue discreto. En los dos últimos cursos ha destapado todo el fútbol que encierra. Huelga decirlo, pero Cani, ya fuera en el StadiumVenecia en el Utebo o en el Real Zaragoza, siempre jugó de cine a esto del pelotón. Mañana regresa a Zaragoza. Vuelta a casa del chaval que en un día no tan lejano encarnó nuestros sueños de fútbol.

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