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REAL ZARAGOZA 2 - 2 RACING

Caída de tensión

Por alguna razón, el Real Zaragoza sufrió en la tarde de ayer una repentina y poco explicable caída de tensión, como sucede con cierta frecuencia en determinadas zonas de Aragón. La luz se va sin aparente causa. O no se tiene potencia suficiente durante varias horas, hasta que se pierden de modo irreversible las viandas que se guardan en el frigorífico según uno quiere para la cena del fin de semana con los amigos. Una puñeta. A falta de diez minutos para la conclusión del encuentro, el equipo de Marcelino García Toral vencía por dos goles a cero y, sin embargo, no supo siquiera conservar esa apreciable diferencia con tan escaso tiempo por disputarse. Primero golpeó Tchité, en forma de volea a la salida de un córner, y luego lo hizo Óscar Serrano, quien envió un balón en parábola por encima de Carrizo. Entre uno y otro, con sus goles de castigo, dejaron aguado el buen fútbol que desarrolló el Real Zaragoza en varias fases del encuentro. La manifiesta desilusión final creó a la vez un peligroso espejismo: que nada de lo que se hizo tuvo valor, cuando la realidad está muchas veces cargada de riqueza cromática y de matices.

¿Por qué, entonces, llegaron a producirse esas acciones racinguistas demoledoras de un triunfo cantado? -Ah, amigo, eso es harina de otro costal-. Para casos extraños, Vujadin Boskov tenía esta explicación: "Fútbol es fútbol". Es decir, tome usted el asunto por donde quiera que no hallará solución racional al jeroglífico, por muchas vueltas que le dé. Quizá la clave escondida estaba en Ander Herrera, que esta vez no saltó al terreno de juego. Quizá. Si usted es un poco supersticioso, es posible que recuerde que el partido de fútbol metido en la semana de las fiestas del Pilar tiene una odiosa tendencia a no permitir que la fiesta sea completa, ya se ponga Agapito el cachirulo sobre los hombros en el palco del estadio o se lo deje en alguna encimera de casa. Esto viene de lejos. Incluso les ocurría a aquellos equipos de otros tiempos que practicaban un fútbol de fábula en La Romareda. Marcelino, que sabe lo que se hace, echó mano de diversos registros. Intentó que la solución brotara de la velocidad de Ewerthon, de un cambio de sistema táctico y de la incorporación de Abel Aguilar al centro del campo, para que el juego propio en esta zona tuviera más peso y consistencia. En cierto modo, recurrió a todo aquello que estaba en su mano y había experimentado en otras ocasiones con resultado francamente positivo. Pero pasado el ecuador del partido, los dioses que otros días le alumbraron le dieron la espalda. Todas esas intentonas de influir en los acontecimientos resultaron esfuerzos sin recompensa.

No es de extrañar que el técnico asturiano terminase el partido hierático por fuera y como un volcán próximo a la erupción por sus adentros. Basta considerar que una pequeña condescendencia del destino podía haber dejado el triunfo en casa. Por ejemplo, ¿qué le costaba a la suerte meter el balonazo de Jorge López en el tiempo de descuento en las redes de Toño en lugar de escupirlo hasta el quinto pino, después de golpear en el travesaño? ¿O por qué entró la volea de Tchité y la ejecución de igual factura de Gabi terminó estrellada contra el poste? Marcelino, encendido, elevó el grado de autocrítica y dijo que el Real Zaragoza ni supo atacar ni defender en toda la segunda mitad, como si se le hubieran olvidado conceptos básicos, esos que él trabaja tanto durante los entrenamientos y que posteriormente provocan que sus equipos se le parezcan de modo inequívoco.

Mandiá, entrenador del Racing, ofreció otra explicación más o menos verosímil a los hechos vividos. Según su parecer acertó en los cambios. Ahí depositó su argumentario. Apostó por jugar con tres defensas y con toda la artillería lanzada a un ataque frontal, de acuerdo con las viejas reglas de las cargas de caballería. Mandó al descubierto a Tchité, Munitis, Óscar Serrano, Canales, Geijo y Lacen. A cambio, dejó toda la retaguardia abierta, aun a riesgo consciente de ser liquidado en cualquier momento por Ewerthon o por cualquiera que se introdujera por una banda con un poco de intención. A fin de cuentas, apostó. La suerte le acompañó. Encontró lo que buscaba y se retiró a sus aposentos satisfecho, sabedor de que se lleva de La Romareda un punto valioso, de los que suman más de lo que se percibe a vista de las matemáticas. En la grada de La Romareda quedó la sensación diametralmente contraria. Se han escapado dos puntos que en función de lo que suceda en adelante pueden echarse en falta en el bolsillo. El Nou Camp, en principio, no es lugar adecuado para recuperar nada.

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