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REAL ZARAGOZA

Billete para el infiernoPor Alejandro Lucea

Al Zaragoza y al cúmulo de causas que desencadenaron el descenso hay que analizarlos desde la serenidad. No soy partidario de escribir en caliente, con los caballos de la decepción galopando en torno a esta triste historia. Es mejor tomar distancia, al menos personal, pero si pudiera ser también cronológica.

En este día negra más que argumentar culpables, porque eso requiere un análisis sosegado, me interesa reflexionar sobre qué puede suceder a partir de ahora.

Había vivido anteriormente tres descensos del Zaragoza. El primero en la temporada 1970-71, el equipo quedó último y necesitó tres entrenadores para perder la categoría. El segundo, en la Liga 1976-77, con Lucien Muller en el banquillo y un enfrentamiento feroz en el vestuario entre las dos estrellas del equipo, Nino Arrúa y Jordao. El tercero, en la campaña 2001-02, con tres entrenadores para terminar en el último lugar.

El cuarto ha sido el de ayer. Es el más clamoroso: una plantilla con un coste salarial desorbitado -50 millones de euros- para aterrizar en Segunda División.

El resultado final deportivo es el mismo en los cuatro: un billete para el infierno; pero las consecuencias, ulteriores, no. Nunca hasta hoy el Zaragoza vivió una situación tan difícil, jamás estuvo la supervivencia del club en tan grave peligro. Lo malo, con serlo mucho, no es el descenso sino qué va a suceder a partir de ahora con el club en las manos de quienes han provocado el mayor desastre de sus setenta y seis años de historia. Es para echarse a temblar.

El desembarco de Agapito y de Bandrés, la extraña pareja, ha sido nefasto, entre otras cosas, por su ignorancia de lo que es el negocio futbolístico. No es fácil acumular tantos errores y desatinos. El panorama no puede ser más negro, a no ser que los que auspiciaron e inspiraron su llegada tengan un as en la manga. Léase un plan B. El tiempo dirá.

La plantilla es de Segunda; los directivos, los gestores, también. La afición, no. Los seguidores zaragocistas son de Primera con mayúsculas. Si no hubiera sido por ellos, por su sentimiento, el equipo hubiera descendido varias jornadas antes. Con su fe consiguieron que un grupo de perdedores sobrevivieran hasta casi el final. Merecen el único aplauso de esta temporada.

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