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La conversión en un equipo ganador

Al contrario de lo que le ocurría hace meses, el Casademont Zaragoza no necesita ser mejor para imponerse en los partidos. 

Casademont Zaragoza-Obradoiro
Casademont Zaragoza-Obradoiro
Oliver Duch

Todo ha cambiado. A fuego lento. Como el asado argentino. Como los argentinos en sí. Como el lenguaje reposado de Sergio Hernández, que al fin ha calado. El Casademont es un equipo distinto al que tomó hace ya tres meses. Los inicios fueron complicados. Tardó en asentar sus nociones con la competición en marcha. No le resultó fácil rectificar el estilo de juego de Ocampo. Cualquier transformación requiere tiempo. Más aún, cuando hay lesiones importantes (Rodrigo San Miguel); intercambios de piezas (Seeley por TJ Bray y Konaté por Harris) y jugadores que, maniatados por los resultados, necesitaban autoconfianza.

Los primeros cuatro partidos de Hernández al frente del Casademont finalizaron con derrota, antes de que las victorias ante Morabanc Andorra y Bilbao Basket aparentasen una reacción que no fue tal. El camino debía continuar en Santiago, pero el Monbus Obradoiro, a las puertas de la Navidad, cortó la progresión. Y el equipo aún iba a sufrir otras dos derrotas antes de que finalizase el año 2020 y entrase el fructífero 2021.

Con el triunfo de este sábado, logrado precisamente contra el Obradoiro, el Casademont Zaragoza sumó su quinta victoria liguera en seis partidos, balance que asciende a siete de ocho si contamos la Champions League y convierte al cuadro aragonés en uno de los más sólidos del baloncesto ACB.

Solo el todopoderoso Baskonia ha sido capaz de ganar a los de Sergio Hernández en el nuevo año, al tiempo que todos los rivales por la permanencia (Movistar Estudiantes, Bilbao Basket, Fuenlabrada y Betis) han sucumbido al juego directo, decidido, de un Casademont Zaragoza que ahora sabe manejar mucho mejor las situaciones de partido.

Convenciendo o sin convencer, jugando bien o mal, este es un grupo ganador. Al contrario de lo que le ocurría hace meses, no necesita ser mejor para imponerse. Ni siquiera necesita imponer su ritmo. Como se vio el sábado, cuando durante muchos minutos se jugó a lo que quería el Obradoiro, este Casademont compite y confía. Espera su momento porque sabe que hay jugadores que deciden.

Frente a los gallegos fue Brussino; ante Estudiantes un habitual como Ennis; en Bilbao, Barreiro… Siempre hay uno (o varios) activos capacitados para asumir la responsabilidad en los instantes decisivos. Y ése es un bien muy preciado en el deporte de la canasta. Como solución de emergencia o como acompañamiento de una actuación coral. Porque no siempre se puede jugar de manera brillante, ni tampoco se puede depender constantemente en el talento individual.

Ése es uno de los principios que Sergio Hernández ha sabido implantar. Desde su llegada al conjunto aragonés, el exseleccionador albiceleste advirtió que este era un equipo en el que la mayor parte de los jugadores dependían en “exceso” de tener el balón en la mano. Observó falta de movilidad y verticalidad, aspectos que ha corregido hasta el punto de practicar un estilo más vivaz que está trayendo los resultados.

El mismo grupo que hace un mes veía peligrar la salvación, ahora encara el parón con nuevas miras, con la fantasía de que esta progresión al alza puede valer para acabar pugnando por disputar el ‘play off’ por el título. Hay tiempo y margen de mejora. Ahora vienen tres semanas en las que el técnico argentino podrá seguir trabajando las nociones y automatismos que sus hombres deben aderezar hacia el final de temporada.

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