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El baloncesto ACB y el cambio climático

La Liga Endesa está supeditada a Europa. Es imprescindible que los equipos que alternan la doble competición sean capaces de administrar sus energías. El Casademont, hasta ahora, lo hace con inteligencia.

Partido entre el Casademont y el Real Madrid.
Partido entre el Casademont y el Real Madrid.
Toni Galán

Algo está cambiando en la ACB. Y el giro hacia Europa tiene mucho que ver. Sólo los gigantes Barcelona y Real Madrid son capaces, con plenas garantías, de soportar el trepidante ritmo de la doble competición. Ambos clubes rondan los 40 millones de presupuesto; un estornudo de los recursos que genera el fútbol les basta para conformar plantillas a la carta en el deporte de la canasta. 

Cinco años sin ganar la Liga Endesa y el doble sin reinar en el Viejo Continente condujeron a los culés a revolucionar -a golpe de talonario- el mercado. Los blancos, ya cuajados, apenas precisaron de varios retoques para prolongar la brecha con los demás equipos terrenales. 

El respondón Casademont no lo es. Los de Porfirio Fisac vuelan en el Príncipe Felipe. Fuera les cuesta. Como a los colosos -sí, hasta ellos sufren- reponerse de un viaje San Petersburgo-Zaragoza en 24 horas. Por más que los entrenadores quieran rehuir las excusas -va con su trabajo- el cansancio conlleva altibajos. A veces, medidos; otras tantas, no. Y así, la Liga española se ha convertido en un planeta en plena metamorfosis, en el que algunos equipos escogen y otros padecen. 

El Casademont Zaragoza de esta temporada está entre los primeros. En su regreso a la competición europea, los rojillos están sabiendo administrar -sea consciente o inconscientemente- sus esfuerzos. La ACB va por delante. Ilusiona más tutear a los grandes conocidos que a franceses, alemanes o italianos por descubrir. Una victoria frente a Nikola Mirotic o Sergio Llull te realza hacia la disputa de la Copa del Rey, mientras ellos, que se saben clasificados desde que se enfundan la camiseta, titubean y desconectan en una permuta a la inversa. 

La Euroliga es la meta primordial de Barça y Madrid porque el calendario así se lo exige. El formato implantado hace tres años apenas concede margen de error. Y los respiros, inevitables, los prefieren en pijama y zapatillas de andar por casa. Pocas veces topan con un Casademont como el de esta temporada, capaz de devorar la desigualdad que sí existe con Valencia Basket y Baskonia. 

‘Taronjas’ y vitorianos, viejos aspirantes al estrellato, vienen acusando el doble concurso. Sus arquitectos, Jaume Ponsarnau y Velimir Perasovic, no terminan de orientar los objetivos de dos plantillas que guardan más talento que fondo. Y así, presos de la irregularidad, han visto cómo equipos inferiores en presupuesto e historia, independiente de que compaginen competiciones, les han asaltado en la segunda línea de una Liga ACB tremendamente agitada. 

Ahí está el caso de otro clásico, el Unicaja de Málaga, que solo tiene asegurada su participación en la Copa por la condición de anfitrión. O el de Baxi Manresa, que la pasada campaña finalizó en puestos de play-off y en la presente ocupa puestos de descenso a LEB Oro. O los de Morabanc Andorra y San Pablo Burgos, que, por el contrario, han pasado de estar en tierra de nadie a ocupar la cuarta y sexta plaza de esta Liga Endesa supeditada a Europa, en la que se ha hecho imprescindible saber -o poder- elegir. Unos ahorran en casa; otros de puertas hacia afuera;y los poderosos seleccionan a su antojo cuándo y cómo economizar energía. Son las consecuencias del cambio climático.

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