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EL REAL ZARAGOZA, AL INFIERNO

A segunda por desgobierno

Al club le ha faltado adecuado mando en casi todas sus áreas, desde la directiva a la deportiva. A Víctor Fernández se le fue el equipo de las manos y ya no ha habido forma de corregir la deriva.

JOSÉ MIGUEL TAFALLA

Este es el triste y trágico resultado de las celebraciones del setenta y cinco aniversario de la fundación del Real Zaragoza: un imperdonable descenso a Segunda. Se quiso formar parte de la nobleza del fútbol español y se ha acabado en la miseria. Se soñó con grandezas y se ha terminado entre crudas realidades. ¿Qué ha pasado para que se produzca semejante desajuste? Como es obvio, no hay una razón sola que lo explique. Es preciso apuntar varias, cada una de ellas de diversa naturaleza.

Posiblemente, la primera que haya que esbozar es la introducción del mundo de la política en el club, en la estructura de mando de la entidad. A través de una serie de asesores, de cargos de confianza del Gobierno de Aragón, el actual Ejecutivo se ha hecho presente de uno u otro modo en la toma de decisiones. Demasiadas veces ha sido preciso mirar a los urdidores de la fontanería del Pignatelli para entender el porqué de las cosas. Bajo coordenadas de amparo gubernamental se hizo presente Agapito Iglesias, el accionista mayoritario. ¿Quién lo conocía en el mundo fútbol? ¿Cuál era su figura en el entramado empresarial aragonés? Sin una voluntad propia, clara y definida por adquirir el Real Zaragoza, el empresario soriano se adentró en una aventura de orden deportivo de la que poco o nada conocía. Amparado en su riqueza económica y en la bonanza que le han dado jugosas concesiones de obra pública, desoyó críticas y creyó siempre que tenía argumentos bastantes para mantener al equipo en Primera. Craso error. El fútbol se le ha hecho grande, inmenso. Lo ha devorado en este aspecto. Entre sus manos se ha cocido un desastre mayúsculo.

¿Vale ese dinero su actual desempeño?

Es el caso también de la presidencia de Eduardo Bandrés, ex consejero de Economía del Gobierno autonómico. Por primera vez ha tenido el Real Zaragoza un presidente ejecutivo remunerado a tales niveles. ¿Vale ese dinero su actual desempeño? ¿O acaso se estaba pagando una salida por las incomodidades políticas que creaba?

Para abundar en la desorientación y confusión de papeles en la cúpula directiva, se fichó a mitad de temporada a un director corporativo: a Javier Porquera, ex directivo del Real Madrid en la época de Lorenzo Sanz, madrileño a la sazón, hombre que necesitaba de un plano para saber dónde estaban la Plaza del Pilar o el Paseo de la Independencia. ¿De qué ha servido su contrato de alta dirección? ¿Se ha reordenado en algo el club a nivel institucional? La duda es más que razonable.

Falta de conocimiento

Considerado el club como un instrumento y no como un fin en sí mismo por sus piezas básicas, resultaba difícil que se construyese sobre bases serias y profesionales, alejadas del amiguismo, de la proximidad de intereses o del más simple colegueo.

El área deportiva del Real Zaragoza no supo o quiso reordenar de modo adecuado la falta de conocimiento, experiencia y criterio contrastado de los máximos dirigentes. Al revés. Vistas las debilidades de arriba, se aprovechó para jugar determinadas bazas. Se produjo, así, un caso insólito: que Hugo Buitrago, afamado agente de jugadores argentinos, saltara al otro lado de la barrera. Es decir, Buitrago ya no iba a ser oficialmente el defensor de los intereses de los futbolistas sudamericanos, sino el representante del Real Zaragoza en esas negociaciones. ¿No se metió, sin embargo, con esa decisión al zorro en el corral? Es posible. Cuando menos, el solo hecho empuja a pensarlo. Dos de sus consejos, según cuentan fuentes del propio club, han sido lapidarios. El primero, cuando Agapito Iglesias le solicitó el pasado verano que realizara cuatro fichajes para ganar el título de Liga.

Rezar

Buitrago le contestó que eso era un imposible. Podía abordar, naturalmente, cuatro fichajes; pero nunca para ganar la Liga con el Real Zaragoza. Su segunda afirmación estelar la pronunció más recientemente, cuando un alto directivo del club le preguntó qué hacer para evitar el colapso. Dijo que rezar.

Con rezos o sin rezos, Miguel Pardeza, director deportivo, y Pedro Herrera, secretario técnico, se han movido las más de las veces en el terreno de la insuficiencia. Pardeza, que fue clave en el resurgir del Zaragoza tras el descenso del 2002, se ha visto relegado de hecho a un segundo o tercer plano a la hora de marcar las directrices de configuración de la plantilla. Herrera, por su parte, ha desempeñado la labor que le caracteriza desde el anterior descenso: la de superviviente, cualquiera que sea el norte, la orientación o el propietario. Para entender la fisonomía actual del equipo es preciso observar la figura de Víctor Fernández, mascarón de proa de este proyecto en un plano deportivo. Hubo un tiempo en el que su voz no admitía discusión.

Fue el propio fútbol el que se encargó de desnudarlo. Nueve jornadas sin ganar revelaron ya todas las deficiencias estructurales que tenía su equipo, el que él había pedido a un Agapito que accedió a sus deseos en gran medida. Después de Víctor, ya no hubo forma de reorientar el rumbo. Por momentos se abundó en la ceremonia de la confusión. A ella obedecen la apuesta por Ander Garitano, al que se le otorgó y retiró la confianza en un pispás, o la contratación de un Irureta superado en todos los frentes.

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