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Opinión

Era cuestión de saber estar

Contenido exclusivoOPINIÓNACTUALIZADA 22/01/2023 A LAS 22:36
Foto del partido Sporting-Real Zaragoza, jornada 24 de Segunda División
Foto del partido Sporting-Real Zaragoza, jornada 24 de Segunda División
Aurelio Flórez / AGENCIA LOF

Quiso ver el zaragocismo una correcta solución de continuidad a la victoria obtenida hace una semana ante el Villarreal; pero la tarde de El Molinón devino en otra escena, menos idílica, más pesada.

No se trató de la derrota, considerada en sí misma. Fue la forma. La manera. Ese modo en el que sucedieron las cosas, en el que predominó un halo de insuficiencia por razones propias.

Como el fútbol no deja de ser un juego, por más que se haya mecanizado, mercantilizado o profesionalizado, o todo ello a la vez y al mismo tiempo, un gol se puede recibir en cualquier momento, casi por cualquier causa, pronto o tarde, a medio camino o en el mismo punto del cierre de un capítulo. Pero otra cuestión es perder piezas según lo hizo  el Real Zaragoza: innecesariamente, cuando no lo pedía nadie ni nada, ni la jugada, ni el momento del choque, ni, mucho menos, la relevancia del encuentro en cuanto toca a la clasificación y a la propia dinámica del conjunto aragonés.

En este orden, ya no intervienen el azar, el mal fario o un mal de ojo tirado contra el equipo aragonés desde un lado oscuro, esotérico. Cuentan la concentración. La inteligencia. La serenidad y seriedad para consigo mismo. Es decir, aquello que comúnmente viene a llamarse el saber estar.

No supo entender estas claves, en primer lugar, Tomás Alarcón, al que los informes de desembarco en el Real Zaragoza casi dibujaron como un centrocampista total, con capacidad para defender y atacar, para estar en el área propia y alcanzar la contraria en la misma transición. Pero hasta aquí no hemos visto tales prestaciones. Quizá sea más adelante.

Por su desacertada entrada por detrás a Queipo, hizo aguas el equipo aragonés, más que por el gol recibido unos minutos antes. A su vez, quedó en muy poco el planteamiento inicial de Fran Escribá, quien había dado la titularidad a Miguel Puche, señal de ciertas intenciones ofensivas, plausibles desde el gusto, tradición y cultura del aficionado del Real Zaragoza. Era el minuto 7 y cualquier posibilidad de emplearse de este modo quedó desvanecido.

Por si no fuera suficiente el caso, Carlos Nieto abundó en el no saber estar en las exigencias del partido. Reincidió el canterano en esta flaqueza. Ya sancionado con una tarjeta amarilla, nadie le pedía el riesgo de un descarado pisotón al rival en un lugar intrascendente. Sin embargo, lo hizo.

La derivada trascendente es que allí quedó abortado el camino de la igualdad en el marcador, por el que estaba pugnando el Real Zaragoza en alguna jugada suelta, de contragolpe o despiste del rival.

De estas debilidades, vinieron los inevitables desajustes por jugar en inferioridad, la tardanza en llegar a ciertos balones y el rosario de tarjetas amarillas. El Real Zaragoza perdió ayer el hilo de la victoria y, seguramente, cuatro titulares para la siguiente cita.

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