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España vuelve a sonreír

Luis Enrique está construyendo una selección competitiva que va a más conforme avanza el torneo. El lunes tuvo fortaleza mental y carácter para sobreponerse a las dificultades.

ENTRENAMIENTO DE LA SELECCIÓN ESPAÑOLA EN SAN PETERSBURGO
Entrenamiento de la Selección Española en San Petersburgo.
RFEF/Pablo García

El partido ante Croacia, inolvidable por tantas razones, ha cambiado la lectura que se venía haciendo sobre la selección española. Desde el comienzo de la Eurocopa, hemos insistido en que la Roja era una incógnita que se despejaría con el paso de los partidos. Los rivales se encargarían de disolver el gran interrogante español y poner las cosas en su sitio con la frialdad de un forense, cortando de cuajo los debates y las elucubraciones. Pues bien, estábamos equivocados. Como se demostró en el Parken Stadium de Copenhague, la incógnita no se va a despejar porque en este momento la propia naturaleza de la selección, con una mayoría de jugadores jóvenes y sin eclosionar del todo, es ser un equipo valiente, imprevisible y paradójico, capaz de lo mejor y lo peor. Una bonita incógnita, en fin.

Con la selección de Luis Enrique es mejor no hacer pronósticos rotundos. Después de la derrota de Francia contra Suiza, fueron muchos los aficionados españoles que, felices tras la goleada a los subcampeones del mundo y la despedida imprevista del gran favorito en el torneo, se pusieron a imaginar unas semifinales contra Italia o Bélgica, incluso una final en la que, quién sabe, los chicos de Luis Enrique podrían dar la campanada. Aunque las ilusiones hay que dejarlas crecer, tampoco conviene que se disparen demasiado.

Y es que esta España, visto lo visto, más que buenos resultados lo que garantiza son sensaciones fuertes, emoción a raudales, ese dulce vértigo que hace del fútbol un espectáculo por el que merece la pena pagar una entrada. A la Roja hay que verla con los puños apretados y siendo conscientes de que, al final de los noventa minutos –o los 120–, uno tendrá que respirar hondo y quitarse con el sombrero el polvo de la aventura, como Indiana Jones.

Al espectáculo del lunes contribuyó en gran medida el carácter que demostró España para salir del atolladero en el que ella misma se había metido desperdiciando dos goles de ventaja. Todo parecía en contra de los jugadores de Luis Enrique al comienzo de la prórroga. Estaban muy tocados y los croatas, con el subidón del que ha sobrevivido en el último instante a una muerte segura, olieron la sangre, hasta el punto de disponer de dos ocasiones muy claras para hacer el 4-3. Fue un momento dramático. La juventud y esa cierta ternura de los futbolistas españoles, la misma que les condenó al 3-3, invitaban a temerse lo peor.

Unión y compromiso

Pues bien, entonces llegó la sorpresa en forma de reacción admirable. Porque esa España en ocasiones blanda e imberbe convive con otra antagónica, dura como el pedernal, llena de tipos que nunca bajan los brazos y se afeitan con el hacha. Luis Enrique tiene mucho que ver en este tipo de fortaleza. Al asturiano no solo le gustan los grupos ilusionados y comprometidos que se sienten una familia feliz. Esto es algo que desean todos los entrenadores. No. Lo que le gusta sobre todo es que esa familia unida esté en alerta ante los enemigos exteriores, que viva en un estado permanente de conjura y reivindicación.

El caso es que esta España disfruta haciendo gala de su cohesión interna y callando las bocas de sus críticos. De hecho, da la impresión que se siente mejor notando un cierto asedio a su alrededor que concitando elogios y muestras constantes de cariño. De momento, ya está en los cuartos de final. Y ha vuelto a sonreír

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