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Carlos Pauner: "El K-2 siempre quedará marcado en la historia del montañismo aragonés"

El jaqués (1964), que ha llevado a Aragón por las cumbres del planeta, evoca el 20 aniversario del ascenso al K-2 y lo recuerda con una proyección.

Carlos Pauner con su perra Noa, en la plaza de los Sitios de Zaragoza
Carlos Pauner con su perra Noa, en la plaza de los Sitios de Zaragoza
FRANCISCO JIMENEZ

Hace 20 años, inició en mayo una aventura con la que empezó a escribir su brillante palmarés himalayista.

Sí y culminó en mi primer ochomil. Fue al K-2. Formamos un equipo compacto e ilusionado: por un lado, Pepe Garcés estaba en plena carrera por conseguir todas las cumbres de más de 8.000 metros del planeta; había luchado por el K-2 en varias ocasiones y anhelaba volver. Por otro lado, mis compañeros de aventuras en otras expediciones y escaladas, Javier Barra y Javier Pérez, afrontaban su tercera y segunda salida a esta cordillera, respectivamente. El grupo era bueno, con suficiente experiencia en altura y con una fe ciega en sus posibilidades. 

Este miércoles, 19 de mayo, es protagonista de la 44ª Semana de la Montaña, ciclo que organiza Montañeros de Aragón con la Fundación Ibercaja, con la proyección ‘K-2 la montaña maldita’. El título asusta...

Es que su fama es real. En aquella época, el K-2 no había sido subido por nadie en los dos años anteriores ni tampoco fue atacado hasta dos años después. En cinco años solo subimos las personas que hicimos cima. Para todos, el K-2 tenía un significado especial, pero sobre todo para Pepe. Allí, el 13 de agosto de 1995 vio morir a sus compañeros Javier Olivar, Javier Escartín y Lorenzo Ortiz, que desaparecieron durante el descenso tras hacer cima. Un día terrible para Aragón

¿Qué recuerda de aquella expedición?

Nos enfrentamos a un ‘montañón’. En el documental que se grabó con Antena 3 -y con el paso del tiempo se ha convertido en una película única- se van a ver situaciones e imágenes espectaculares. Entonces no estaban de moda las expediciones comerciales y había un trabajo colectivo por parte de los equipos. Éramos una expedición internacional y trabajamos codo con codo para abrazar este coloso. El 22 de julio hicimos cumbre Pepe y yo, Young Seok Park (y los también coreanos Kang Seong Gyu y Oh Hee Jun), Christophe Lafaille y Hans Kammerlander...

"El alpinista busca la dificultad, cuanto más exigente más tiene que sacar de sí mismo y poner en valor lo que lleva dentro"

... Pepe Garcés pudo sacarse la espina.

Sí. La desgracia del 95 se vengó con una expedición limpia. Recuerdo la cara de felicidad y satisfacción de Pepe, disfrutando de la vida que eligió; de descanso y de homenaje a su gente que perdió. Fue su último ochomil; luego llegó el mazazo del Dhaulagiri en octubre. El K-2 siempre quedará marcado en la historia del montañismo aragonés.

¿Cuánto ha cambiado el oficio de alpinista en estas dos décadas?

Mucho, ha evolucionado todo y el ser humano impone sus leyes allá donde quiere, incluidas las montañas. En 2004, en la celebración del 60 aniversario de la primera ascensión al K-2, con todos los medios y sherpas posibles, doble línea de cuerda fija de abajo hasta arriba, consiguieron que subiera más gente que todos los que lo habían hecho en la historia de esta montaña. Es puntual. El K-2 es una montaña salvaje, que no se puede domar fácilmente. Yo me quedo con los tiempos de antes, cuando los medios eran menores y el esfuerzo era muy grande. El alpinista busca la dificultad, cuanto más exigente más tiene que sacar de sí mismo y poner en valor lo que lleva dentro.

Corren malos tiempos para el alpinismo. Hasta el covid se ha hecho presente en las alturas.

Es una situación compleja. Todo el mundo anhela la libertad, pero el alpinista está acostumbrado a moverse en un entorno natural y abierto y esta situación se lleva mal. El que va a un país –sea Nepal o Pakistán– asume sus propios riesgos. Hay que tomar decisiones importantes pero también ponderar: dónde está la economía y dónde están las libertades individuales. Conociendo esos países, lo estarán pasado mal porque no solo es el coronavirus, sino la perdida de ese turismo alpino del que viven.

"Me quedo con las personas que he conocido; también he tenido grandes decepciones; grandes triunfos y también fracasos. La montaña da mucho pero quita mucho más"

En casi tres lustros completó los catorce ochomiles convirtiéndose en el cuarto alpinista español en lograrlo. ¿Qué poso le dejó esta gesta?

Cuando estaba en el K-2 no me podía imaginar lo que me quedaba por delante y lo que iba a vivir. Al poco tiempo tuve el accidente en el Kangchenjunga (2003) y sentí en primera persona lo que es estar más muerto que vivo. Luego, empecé a perder gente, una lista enorme de amigos. Después el Lhotse en 2008 con el edema que sufrí, el broche en el Everest en 2013, aunque fue con oxígeno… Al final han sido 30 expediciones que me han dado muchas satisfacciones pero también dolor. Ha sido un camino muy largo y me quedo con las personas que he conocido, grandes alpinistas; también he tenido grandes decepciones; grandes triunfos y también fracasos. La montaña da mucho pero quita mucho más.

Y luego, en 2015, fue un poco más allá en su carrera con el Proyecto 7 Cimas, los picos más elevados de los continentes del planeta (América del Norte, América del Sur, África, Europa, Asia, Oceanía y Antártida). Supuso volver a la brecha tras el terrible accidente que sufrió dos años antes escalando en un rocódromo en Zaragoza...

Sí, me partí la pelvis y estuve a punto de morir. Tras dos semanas en la uci, salí del hospital en una silla de ruedas y fue muy duro. Tuve que aprender a andar, a correr, a andar en bici...  fue una verdadera prueba de resiliencia. Yo le pregunté al cirujano hasta dónde podía llegar, y me dijo que hasta donde yo quisiera; con la voluntad y el esfuerzo que le propusiera y la capacidad de soportar el dolor. Mis quince años en la alta montaña me ayudaron a poder alcanzar el mismo punto en el que me encontraba antes del accidente. Y me pude sacar la espina, volver otra vez a la brecha y comprobar que todo estaba bien, que podía seguir soñando con subir montañas distintas, sin tanta presión como el Himalaya, y, sobre todo, supuso un soplo de aire fresco para enfrentarse a otros ambientes.

"El Himalaya es un mundo muy duro; todas esas enseñanzas en cuanto a liderazgo de equipos, motivación, focalización del logro, resiliencia… son una escuela de conocimiento extraordinaria.

¿Vuelve a tener la mochila preparada?

Sí, no quiero estar parado más, es mi forma de vida. Pongo en marcha un nuevo proyecto que se llama ‘El leopoardo de las nieves’. En la antigua Unión Soviética, a los alpinistas que conseguían escalar los cinco sietemiles que tenía el país antes de desmembrarse, les concedían una distinción que se llamaba así. Estas montañas ahora están divididas entre Kazajistán, Kirguistán y Tayikistán. Son cinco sietemiles hermosos: Khan Tengri, Korzhenevskaya, Pobeda, Comunismo (ahora Ismail Samani) y Lenin. Me acompañara Raúl Martínez y empezaremos con mucha ilusión en julio.

¿Qué conclusiones personales y humanas extrae de su experiencia deportiva?

El Himalaya es un mundo muy duro y toda esa experiencia del comportamiento personal y grupal ante situaciones difíciles; todas esas enseñanzas en cuanto a liderazgo de equipos, motivación, focalización del logro, resiliencia… son una escuela de conocimiento extraordinaria.

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