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El Manchester ejecuta el contragolpe mortal en diez segundos y alcanza la final

Pep Guardiola vuelve a jugar una final diez años despué s de haberla ganado con el Barcelona. Mahrez sentenció con dos tantos al PSG de Neymar

El Mánchester alcanza la final de la Champions.
Neymar y Mahrez pugnan por un balón; el jugador celeste se llevaría el gato al agual
EFE/EFA. Peter Powell.

Pep Guardiola había dicho que le hubiera gustado que jugase Kylian Mbappé por el bien del fútbol. Quizá se habría visto otro choque y el Manchester, relajado y serio anoche, no lo habría tenido tan fácil. Guardiola, una década después de ganar la Champions con el Barcelona de Messi, Iniesta y Xavi regresa a una final. El método es el mismo, pero el brillo está lejos, y el preparador catalán, que también acusa fogonazos de miedo o de cautela, ha aprendido a cerrar su meta con una defensa muy arriba: el City presiona de maravilla, roba y apenas necesita tres o cuatro pases y solo ocho segundos para realizar una jugada rápida, exquisita de trazo e inapelable de ejecución.

Ayer se vio una cosa: el Manchester, que tiene baremos altos de posesión de balón, juega mejor a la contra: con el joven Foden, con el Zinchenko, con Bernardo Silva, con De Bruyne y con Mahrez, que ayer fue el rey: remató, se desmarcó, escondió el balón con alma de artista, generó espacios e intuyó el lugar preciso del remate.

El Paris Saint Germain salió dominador, ansioso. Tenía hambre de gesta y urgencia histórica. Este, tras tumbar al Bayern, parecía que iba a ser su gran año. Y en apenas diez minutos dio la sensación de que la eliminatoria sería intensa, no apta para cardíacos. Buscaron el gol Marquinhos, el mejor futbolista del combinado francés, el auténtico líder del grupo, y el ‘fideo’ Di María, y el Manchester parecía acogotado. Todo se jugaba en su campo, y el peligro llegaba en pequeñas oleadas. Con ellos, claro, y con Neymar, el magnífico futbolista que no ha dejado de ser un niño malcriado en tantas ocasiones. Lo tiene todo para ser inmenso, pero le falta inteligencia profunda para aplicarse en el juego coral -a veces se regatea hasta a sí mismo, y no en el campo rival, sino casi en el suyo, y sigue creyendo que puede burlar hasta a tres a cuatro rivales de una arrancada- y carece de generosidad. Se emborracha de balón, se muestra insolidario con sus compañeros y desbarata situaciones cómodas que debieran ser más incisivas, siendo como es a menudo genial. Y eso ayer se vio perfectamente: acabó más bien desquiciado y junto a sus regates dejó también a la vista su muestrario de defectos. No fue, quizá salvo en los inicios, el virtuoso que tumbó al Bayern.

"El Manchester es un equipo trabajado en todas las líneas, educado para la Premier, con un nivel de presión increíble y un formidable contraataque. Con el balón en el pie, aunque parezca una locura la afirmación, sufre un poco, se resiente de falta de imaginación e incluso de cierta frialdad"

Cuando la emoción se acrecentaba, el arquero Ederson miró a lo lejos, soltó un zapatazo inesperado y alargó el campo: Zinchenko haría el resto, corrió como un atleta y Mahrez enfriaría la noche con su tanto. El PSG siguió trabajando y creyendo que había posibilidades de remontada hasta el minuto 30 o 35, pero ahí se inició la paulatina renuncia. Ya no respondían ni el físico ni la fe. Ander Herrera, que es un jugador inteligente y trabajador que se ofrece, remataría hasta en tres ocasiones, la última con bastante claridad, ya en la segunda parte… Pero ahí, casi a las primeras de cambio, se desmelenó la precisión de Foden, que jugó un gran partido y rozó el gol un par de veces y que conectó con Mahrez. Golazo vertiginoso. Una obra maestra del contragolpe. La noche ya estaba boca arriba.

Con el Manchester, dueño y señor, aparecieron los malos modos, sobre todo la brusquedad a la desesperada de Di María sobre Fernandinho, que cumplía ayer 36 años y parecía tener un imán para todos los balones. Recuperó hasta el hartazgo y dio una lección de autoridad, de liderazgo, de compromiso, de colocación y de trabajo; si él no está en el campo el líder es Kevin de Bruyne, que hizo bien su faena, lo intenta todo. Siempre está conectado y de sus botas o de sus carreras puede surgir cualquier cosa.

Algo más: el Manchester es un equipo trabajado en todas las líneas, que lo controla todo, casi manierista en la abundancia de pases,  educado para la Premier, con un nivel de presión increíble y un formidable contraataque. Con el balón en el pie, aunque parezca una locura la afirmación, sufre un poco, se resiente de falta de imaginación e incluso de cierta frialdad. Juega sin ariete (no necesita a Agüero o a Gabriel Jesús, que son los reyes del dinamismo, la astucia y la movilidad), y no le importa. Es una estrategia. Siempre llega alguien a la boca del gol. Puede hacerlo hasta su nueva estrella de la retaguardia: el portugués Rubén Dias, que ayer fue un muro que no se tambaleó ni ante Neymar. 

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