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Jorge Sanz, el zaragozano que roza la gloria del baloncesto universitario en la NCAA de Estados Unidos

Tiene 37 años y lleva once viviendo al otro lado del charco. Ahora es entrenador asistente en el equipo de Gonzaga, subcampeón de la liga de universidades.

Jorge Sanz es entrenador ayudante en el equipo de la Universidad de Gonzaga, en Estados Unidos. Matt Villareal/Gonzaga
Jorge Sanz es entrenador ayudante en el equipo de la Universidad de Gonzaga, en Estados Unidos.
Matt Villareal/Gonzaga

Sus primeras canastas las encestó en el patio del recreo de Compañía de María, después pasó por el CB Zaragoza y, tras una breve estancia en un instituto de Estados Unidos, regresó a la ciudad y jugó con Helios.

Es la trayectoria de Jorge Sanz como jugador de baloncesto. A sus 37 años, este zaragozano asentado ahora en Spokane (Estados Unidos), lleva más de una década viviendo al otro lado del charco. Se dedica al deporte que ha practicado durante toda la vida, pero ahora desde el cuerpo técnico.

Su aventura norteamericana comenzó hace once años, cuando Jorge estaba trabajando en Madrid en el sector del Marketing. El gusanillo de vivir el basket en Estados Unidos ya lo tenía desde que pasara un curso en un High School. “Me cautivó todo el folclore que rodea al deporte amateur aquí”, asegura.

Hacía unos años, desde que dejó Helios para estudiar la carrera y mudarse a Madrid, que Jorge se había dado cuenta de que había llegado a su tope como jugador. Pero no quería desligarse del baloncesto y, tras una última etapa en España sin hacer nada relacionado con este deporte, se dio cuenta de cuánto lo echaba de menos.

Decidí que quería dedicarme profesionalmente al basket y en Estados Unidos había más oportunidades de conseguirlo que en España. No tanto por tema económico, sino por probabilidades, dada la cantidad de equipos que juegan aquí”, explica. Acompañado de su mujer, a quien conoció en Madrid pero es natural de República Dominicana, dieron un salto al vacío. “Sin contactos y con las manos en los bolsillos nos fuimos”, relata.

Hoy, once años después, Jorge forma parte del equipo técnico de la Universidad de Gonzaga, una institución de las más modestas de Estados Unidos pero que está haciendo historia en la NCAA. Es la competición que enfrenta a las distintas universidades, agrupadas en tres divisiones. El Gonzaga está en la 1, la de más alto nivel, y en ella compiten 357 equipos.

Este año, por segunda vez (la anterior se logró en 2017) la Universidad de Gonzaga, de cuyo equipo de baloncesto Jorge es entrenador asistente, ha logrado el puesto de subcampeón. Además de este título, que ya es meritorio de por sí, lo destacable es que estuvieron invictos durante toda la liga y solo perdieron el partido de la final.

“En esta universidad estudian unos 5.000 alumnos lo que, comparado con otras, como la de Florida Atlantic (30.000 estudiantes), es una cifra muy modesta. Esto se nota a nivel de recursos económicos y de instalaciones para nuestros jugadores”, reconoce Jorge. Por eso, que su entrenador, Mark Few, haya llevado al equipo al torneo final de la NCAA durante los 22 años que lleva al frente es una hazaña épica.

La universidad está en la ciudad de Spokane, en el estado de Washington, en la costa oeste de Estados Unidos casi en la frontera con Canadá. “Gonzaga ha pasado de estar en medio de la nada a ser referente en cuanto a éxitos deportivos y a rankings”, añade Sanz. De hecho, varios de los actuales jugadores de la NBA salieron de sus filas. “El primero fue John Stockton, en los años 80. Otros más actuales son Rui Hachimura, Brandon Clarke o Kelly Olynyk”, enumera. “Son hitos que en universidades de este tamaño no se suelen conseguir”, matiza.

De trabajar gratis a lo más alto de la NCAA

Cuando Jorge llegó a Estados Unidos persiguiendo su sueño, dedicarse al baloncesto profesional dentro o fuera de la cancha, pasó su primer año trabajando gratis. Quería meter la cabeza en algún equipo y lo hizo con un voluntariado como apoyo al staff en la Universidad de Florida Atlantic. Se dedicaba a grabar y editar vídeos para su posterior visionado en sesiones de preparación de los partidos.

Jorge Sanz, en Estados Unidos.
Jorge Sanz, en Estados Unidos.
Matt Villreal/Gonzaga

Justo ese año, el equipo ganó la liga y hubo movimiento en la plantilla, lo que propició que Jorge pudiera incorporarse a sus filas, ya como empleado. Era la temporada 2011-2012. Desde entonces, ha ido paso a paso, adquiriendo posiciones de más responsabilidad hasta que en 2018 le surge la oportunidad de su vida, fichar por la Universidad de Gonzaga. “Era un sueño de puesto para mí”, reconoce.

Actualmente, su cargo se denomina oficialmente director de operaciones, aunque en realidad realiza prácticamente las mismas labores que un entrenador ayudante. “La única diferencia es que yo no puedo desplazarme en persona para reclutar a jugadores de otros equipos”, matiza. A nivel funciones, se encarga de la estadística avanzada y del scouting de todos los rivales, que consiste en la realización de un estudio de sus carencias y virtudes a través de la observación.

En cuanto a planes de futuro, Jorge no se plantea nada porque, dice, el futuro que soñaba es su actual presente. “Quiero vivir el ahora sin pensar más allá”, dice. Un ahora en el que, además, otra pasión se ha colado junto al basket. Se trata de su hija Luna, nacida hace apenas una semana. Es uno de los episodios más importantes de su vida y, en esos casos, la distancia a la que está de su familia parece ser todavía más. “Siempre se echa de menos y en un momento como este te hace plantearte muchas cosas. Estamos felices aquí pero también muy lejos de los nuestros”, reconoce. Por eso, aunque sin pensarlo demasiado y a largo plazo, la idea de intentar estar más cerca de los suyos le va rondando la cabeza.

La covid también ha supuesto un impedimento extra en las ya de por sí limitadas visitas de Jorge a España. “El año pasado no fuimos y este tampoco parece que lo vayamos a hacer”, dice. Pero, por suerte, las nuevas tecnologías acercan un poco más a las personas, sobre todo a las que viven a 8.000 kilómetros. Todos los fines de semana hacen videollamada con la familia y hablan a diario por whatsapp. “No sustituye la necesidad de vernos y abrazarnos pero poder tener ese contacto ayuda y acorta un poco las distancias”, asegura.

Alentado por estas pequeñas dosis de cariño a través de la pantalla, Jorge seguirá por el momento cumpliendo sueños en Estados Unidos, que, en su caso, sí ha resultado ser el país de las oportunidades.

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