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Un punto de carácter

El Real Zaragoza no supo defender la ventaja del golazo de Manu Lanzarote. El empate refuerza al equipo, muy vivo en un partido áspero y batallado.

La afición zaragocista estuvo representada.
La afición zaragocista estuvo representada.
jesus caso/Diario Navarra

Hay días en los que no se puede ganar, pero debajo de la piel del partido caben detalles de esos que ayudan a crecer. En Pamplona, el Zaragoza se encontró lo que intuía, un rival áspero, permitido hasta el filo del reglamento por Eiriz Mata, el guardia civil que arbitró ayer la cita, y los viejos valores asentados desde hace siglos en El Sadar: fútbol de pierna dura, embrutecido, pasional y volcánico. Osasuna fue Osasuna y el Zaragoza fue el Zaragoza de Carreras, fiel a su incipiente estilo. Quizá esta sea la ganancia principal de los aragoneses en Pamplona. El Zaragoza no se traicionó. Ha elegido una vía, una propuesta y en El Sadar le dio otra vuelta de tuerca hacia la madurez. Ese fútbol aseado, amasado desde los pies de Manu Herrera, bien digerido y construido, ganó ayer poso, por mucho que en un momento del partido acabara deshinchado contra el juego minado de Osasuna.

Ese manual sobre el que trata Carreras de levantar al Zaragoza tendrá ecosistemas duros y reactivos. Uno de ellos es Pamplona. Por eso, el equipo aragonés se atragantó frente a Osasuna y su cosecha se limitó a un punto. Pero, dentro de esto, el Zaragoza demostró carácter, personalidad, seriedad y contundencia en un contexto totalmente inadecuado para aplicar su teoría del juego.

Al final, el punto, en la perspectiva de la clasificación, se queda corto. Sin embargo, gana anchura cuando se considera el nuevo patrón que rige al Zaragoza y la línea que describe su dinámica: siete puntos de nueve, en una fase del calendario que olía a pólvora. El Zaragoza ha crecido en un camino inhóspito y severo, y no hay mejor progresión que esa, contra adversarios de postín, para cimentar las bases de su transformación como conjunto en todos los órdenes: desde los futbolistas a la filosofía del entrenador.

El Zaragoza tocó durante unos minutos la victoria gracias al golazo de Manu Lanzarote. Una genial solución al bloqueo en el que vivió el partido durante casi toda su extensión. Las fuerzas estuvieron muy igualadas. El Zaragoza propuso el balón por el césped, el control y la pausa; mientras que Osasuna introdujo frenesí, su juego medieval, con la catapulta cargando hacia Urko Vera, y la energía de sus jóvenes futbolistas.

Los navarros, de hecho, encontraron el empate con un arma que siempre ha estado ahí: el balón al área, parado o en juego. Un saque de esquina que David García ganó en el segundo palo y al que Pedro, en el primero, no le pudo meter la frente a tiempo. La estrategia, como tantas veces, acudió al rescate de Osasuna.

Al Real Zaragoza le costó adaptarse al juego empantanado e incandescente de los navarros. Pero batalló por imponer su lenguaje. En la primera mitad, pareció superior, con fases de buen control y circulación, aunque Osasuna acercó un par de balones peligrosos sobre un estupendo y dominante Manu Herrera. Primero, a Urko Vera se le enquistó una pelota de gol en un aluvión navarro. Después, Otegui desperdició un regalo de Guitián. El Zaragoza, su insistencia casi religiosa en acunar la pelota desde atrás, se expone y se expondrá a jugadas así. Por fortuna, la cosa no pasó de susto. Poco a poco, sobre el partido se fue imponiendo la ascendencia de Culio, muy participativo, bien congeniado con Pedro y Ángel. A partir de ese punto, Eiriz Mata elevó el listón asimétricamente, con una interpretación poco equivalente de las faltas, lo que permitió a Osasuna cortarle el flujo del juego al Zaragoza. Por su parte, los navarros, muy lejos de Manu Herrera, bien sostenidos por la engrasada presión colectiva de los aragoneses -uno de los avances principales con Carreras- y su notable armazón táctico, tenían en los balones largos sus mejores caminos hacia el área. Urko Vera, este tipo de delantero, es una irresistible tentación para ello. Cabrera se proclamó entonces jefe de los cielos. El partido se adentró en un periodo boscoso, demasiado entrecortado y tenebroso. El Zaragoza se encontró entonces con la realidad de la tarde, una tarde poco hecha para él. Todo parecía abocarse a un pequeño detalles, un error rival, un balón parado, una pelota perdida. O para un golpe de arte. Y lo fabricó Lanzarote. Hay veces que olvidamos que a las porterías también se les pueden dar pases. Y eso hizo el barcelonés con su zurda de barrio: bajó un balón de Culio y en la inmediatez del momento, la dejó botar lo justo, como si el reloj del instante lo manejara él. Cayó, y Lanzarote le dio una comba prodigiosa. Ya se sabe: cuando las cosas son desapacibles y hostiles, más genialidades suelen florecer.

El gol fue puntual, en las precisas puertas del descanso. Con la ventaja escrita ya sobre el partido, al Zaragoza se le exigía esa madera de adulto exhibida en Córdoba, capacidad para dirigir el encuentro a su terreno y al del cronómetro, sin perderle de vista a la sentencia. Pero Osasuna aguardaba detrás de la esquina. Culio cometió una imprudencia: arriesgó una pelota en zona poco recomendada, la perdió y el ataque navarro se encontró con Guitián, que la sacó a córner quizá con demasiada generosidad. Habrá quien observe errores en las marcas del gol de David García, pero todo eso nació en una mala decisión de Culio. El argentino es un filón para el Zaragoza, pero también tiene estas cosas: algunas de sus pérdidas están envenenadas. En ese momento, con el empate el partido se cambió los dueños. Culio adelgazó sobre el peso del juego y emergió Roberto Torres, sorpresa del once de Martín Monreal, reformado en un 4-3-3 como antídoto contra el Real Zaragoza. Torres genera un fútbol soberbio y comenzó a apoderarse del guión.

Martín Monreal ya había sacado a Pucko, y no tardó en meter a De las Cuevas. Entre ambos, giraron el partido de lado, y Osasuna, aunque poco profundo, con poca llegada, fue imponiéndose en el territorio. Manu Herrera salvó un punto en un mano a mano con Pucko. Carreras sacó a Gil, demasiado intrascendente, y luego a Dongou, pero el impacto de esos cambios fue menor al experimentado por Osasuna con los movimientos de banquillo.

La recta final se pobló de faltas, demasiado consentimiento del colegiado con Osasuna, desigual reparto de amarillas... al Zaragoza se le fue haciendo el partido largo. Aún le expulsarían a Cabrera, pero aguantaría al empuje definitivo de Osasuna. El equipo sigue en el buen carril. El punto de ayer es de esos que cobran más valor al final de la temporada que al final de un partido. El sufrimiento -su aprendizaje, como ayer- también hace camino.

Osasuna 1

REAL ZARAGOZA 1

Osasuna: Nauzet; Oier, Miguel Flaño, David García, Javi Flaño; Merino, Otegui (De las Cuevas, 55); Olavide (Pucko, 46), Roberto Torres, Berenguer; y Urko Vera (Kenan Kodro, 75).

Real Zaragoza: Manu Herrera; Campins, Guitián, Cabrera, Rico; Morán, Javi Ros, Culio; Lanzarote, Pedro (Sergio Gil, 63); y Ángel (Rubén, 88).

Árbitro: Eiriz Mata (Comité Gallego). Expulsó a Cabrera por doble amarilla (50 y 87). Amonestó a Pedro (14), Culio (36), Merino (40), Nauzet (50), Guitián (54) y Urko Vera (70).

Goles: 0-1, min. 41: Lanzarote. 1-1, min. 47: David García.

Incidencias: Tarde muy agradable en Pamplona hasta que cayó la noche. Césped en excelente estado. Unos 700 seguidores zaragocistas en las gradas de El Sadar. Asistieron al estadio 15.465 espectadores.

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