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Diamanka, el hecho diferencial

El senegalés se alistó al partido el sábado porque no quería estar en la grada en un día de máxima exigencia. Fue el mejor, clave hasta su lesión. Con él, el equipo jamás ha perdido.

Pape Diamanka, en una de sus verticales cabalgadas hacia el área berciana, intenta superar al central Alan Baró.
Pape Diamanka, en una de sus verticales cabalgadas hacia el área berciana, intenta superar al central Alan Baró. oliver duch/aránzazu navarro
oliver duch/aránzazu navarro

Pape Maly Diamanka fue el hombre del partido. El personaje favorito del público en una tarde donde el protagonismo, de antemano, lo tenía otro. El centrocampista senegalés, ciertamente, ha sido el actor principal del fin de semana. En la salud y la enfermedad. En lo bueno y en lo malo. Él decidió que así fuera, por su talante, por su afán de triunfo, por su casta, por su implicación en este equipo y en este delicado y exigente proyecto. Y, a causa de esa actitud personal e intransferible, única en el vestuario zaragocista este año, también acabó siendo el más preocupante y doloroso damnificado de la victoria de ayer que, en gran medida, llevó su firma.

Por su conducta en el campo y fuera de él (en los entrenamientos y en el trato diario con sus compañeros y superiores), Diamanka es desde el inicio del actual curso el hecho diferencial más relevante de la actual plantilla. "Vine a España a buscarme la vida jugando a fútbol y no quiero fracasar. Lo dejé todo en Senegal y solo me sentiré bien si lo logro". Esta frase suya, dentro de una sincera entrevista concedida a HERALDO hace 25 días, define su modo de actuar.

Diamanka ha demostrado en las horas que han rodeado el vital partido de ayer ante la Ponferradina que el suyo es el perfil ideal para jugar en el Real Zaragoza en las actuales circunstancias. El pivote africano es ambicioso, impermeable a la presión externa, un tipo seguro de sí mismo e inquebrantable ante el denso medio ambiente que rodea al zaragocismo desde hace tiempo. Quiere triunfar y está dispuesto a darlo todo por el equipo, por sus compañeros, por sus técnicos, por su gente, por encima de cualquier cosa, incluidos perjuicios propios como le acabaron ocurriendo ayer con la lesión muscular que sufrió tras el descanso.

Llevaba dos partidos fuera del equipo. Justamente las dos derrotas que han provocado la segunda crisis de nervios e histerismo en las células y glándulas más sensibles del achacoso zaragocismo contemporáneo. Aquella molestia muscular que le apareció al final del partido de Mallorca hace 20 días en la parte posterior del muslo izquierdo, no hubo manera de eliminarla. Las pruebas radiológicas nunca han manifestado una rotura fibrilar en el bíceps femoral, el músculo afectado. Solo una pequeña elongación. Un estiramiento fruto de su trabajo ingente, de su despliegue y de la mala fortuna que persigue últimamente al Zaragoza con las lesiones en el cuerpo de sus jugadores más determinantes.

Ya intentó jugar ante el Valladolid hace dos semanas. Se probó en los entrenamientos y llegó al último pensando en que su titularidad iba a seguir vigente ante los pucelanos. Pero se resintió y Popovic, según su criterio en estos casos, no se fio y lo dejó en la grada. Está escaldado el serbio tras las experiencias extremas vividas el año pasado con Jaime, Mario y Basha, cuando no tenía apenas cera con la que arder y la gente jugaba bajo mínimos. Tampoco se lo llevó a Alcorcón para no tentar al destino con una dolencia de mayor envergadura. Esta semana, Diamanka avisó al entrenador de que, sin un daño severo en forma de rotura, él quería participar en un duelo donde el propio Popovic estaba en entredicho. Y apuró: jueves, viernes, sábado... entrenamientos a tope y sin restricciones. El bolo muscular seguía endurecido al final de cada sesión, pero podía jugar y forzar sin más efectos secundarios. Por eso estuvo ayer en el once inicial en La Romareda. Una bendición para el equipo.

Diamanka no conoce la derrota como zaragocista. Tiene, además de sus positivos valores futbolísticos para el esquema táctico del equipo, un aura de talismán. El de Senegal fabricó los dos tantos. Tuvo además dos llegadas en las que pudo golear él. Defendió como un jabato y llevó balones arriba con regularidad, efecto de su largo recorrido, incesante, de área a área con el fuelle inquebrantable. Entremedias de todo ello, a Diamanka le queda tiempo siempre para inventarse un buen pase al hueco, para hacer una falta táctica necesaria y para robar media docena de balones que nadie más es capaz de rebañar por fortaleza y picardía.

Ayer, con él en el campo, el Zaragoza logró su parcial ganador de 2-0. Con su marcha, se notó un vacío. Hoy por hoy, nadie puede aportar su casta y su idiosincrasia. Su aplicación lo ha convertido en ese hecho diferencial que lo hace único. "Me he planteado llegar al primer nivel como sea y me voy a dejar todo en el Zaragoza para lograrlo. Lo necesito. Yo vivo de esto y tengo que ser futbolista de Primera como sea". Así sea, Pape.

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