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Montañismo

La odisea del Kanchenjunga

Precisamente este miércoles, 22 de mayo, se cumplen diez años del regreso de Carlos Pauner desde el Kangchenjunga (8.586 metros), donde estuvo perdido tres días. Él lo contaba un año después.

C. Pauner/M. Gay. Zaragoza 22/05/2013 a las 12:00
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Congelaciones en las manos de Carlos Pauner a su regreso del KanchenjungaHA

Es algo que no se olvida, que recuerdo muy bien. Quemábamos nuestro último cartucho: ya no nos quedaban ni fuerzas ni tiempo. Habíamos tenido que dormir a 7.800 metros y eso supone un desgaste añadido.

Pero esa noche, aunque fría, salió calmada. Había una posibilidad tangible de intentar el asalto a la cumbre. Estábamos bien: éramos la última expedición que quedaba en el Himalaya, pero tal vez por eso, el equipo más fuerte, el mejor. Incluso tuvimos la oportunidad de abrir una nueva ruta -que los italianos denominaron “Luces de nirvana”-, la segunda vertiente en el Kangchenjunga, después de la clásica de 1955.

Yo iba abriendo huella hasta que empecé a notar el esfuerzo. Marchaban también Silvio Mondinelli, Mario Merelli y Kristian Kuntner. El desgaste había sido importante y llegamos a la cima demasiado tarde, en torno a las cuatro y media. El tiempo era incierto y la visibilidad escasa, por lo que no teníamos posibilidades de encontrar la ruta habitual. Debíamos hacer el descenso por donde habíamos llegado, lo cual era muy complicado: destrepar una pared, de noche, con muchísimo frío... Arriba ya pensábamos que iba a resultar muy difícil salir con vida. Estábamos en una situación límite.

Entre el material que perdí en la montaña se encontraba una grabación en la que anunciaba la dificultad del descenso; resultaba impactante porque el viento lo zarandeaba todo, como si estuviera en una tempestad. Aproveché para grabar algo más en la cumbre, mientras mis compañeros iniciaron el descenso.

La noche se echaba encima y mientras ellos fueron capaces de llegar al Campo III, yo tuve que parar a intentar reponerme. Me encontraba en una situación de duermevela, sentado sobre una piedra, en una ladera de rocas y hielo. ¿Qué te sostiene en esa situación? Las ganas de vivir, la familia, los amigos, las ilusiones, los sueños. Convivía con alucinaciones reales, creadas por mi mente por la falta de oxígeno, que me pedían que parara, que descansara. Tenía que negociar con ellas para seguir hacia adelante.

Por la mañana, en cuanto hubo luz, emprendí de nuevo la marcha. Elegía el camino, cedió una de las correas delanteras del crampón. Pisé con la bota el hielo y me deslicé hacia abajo. Intenté parar la caída con un piolet, pero me lo arrancó la velocidad de la caída. Caía sin control.

Salté una barrera de hielo y supe entonces que me moría: había luchado contra la noche, contra las alucinaciones, contra el frío... Y sabía entonces que iba a morir; y sientes paz, tranquilidad. Has hecho todo lo que has podido y las cosas ya no dependen de ti.

Pero seguía allí. Muy aturdido hasta que recuperas el control. Te chequeas entero: las piernas, los brazos, el material... Tenía un piolet, los crampones, los guantes finos. Estaba a 7.900 metros, totalmente desorientado entre la niebla y la nieve. Había sufrido la pérdida de la visión de un ojo y me fallaba también el otro. Se me hizo de noche al borde de otra rampa de hielo, que no bajé.

Había llevado la mochila al hombro y fue entonces cuando me di cuenta de que lo había perdido todo en la caída. Me eché en una ladera y puse la mochila como almohada para dormir. Llevaba varios días sin comer, sin beber, realizando un esfuerzo físico enorme. La única manera de cargar pilas era dormir, aunque podía sufrir congelaciones. Pero, en esos momentos, tienes que tener muy claras las prioridades. Dormí ocho horas.

Ya entonces, al día siguiente, empecé a notar las congelaciones en las manos. Y es que sólo tenía un piolet, por lo que usaba los dedos como un garfio para destrepar. Por eso, las congelaciones más graves están en el pulgar y el corazón, algo que no es habitual.

Iba por un camino desconocido, perdiendo altura, hasta que vi a lo lejos el Campo II. En ese momento, supe que estaba en la ruta: había tenido varias caídas, algunas, en grietas, y me quedaba un ascenso hasta el Campo I. Es curioso porque hay un momento en el que tienes que subir. Son apenas 200 metros... eternos.

Ya en el Campo I sabía que había cuerdas y no me cabía ninguna duda de que llegaba al Base. Mis compañeros, mis amigos, me vieron entonces, hicieron una hoguera para guiarme y salieron a buscarme, aunque estaban casi en las mismas condiciones que yo. Al sentir su abrazo, al ver que no pueden articular palabra, al sentir cómo les caen las lágrimas, te das cuenta de todo.

¿Cómo lo has hecho? De momento, eliminando trabas: las del miedo, las de la angustia, las de las dudas. El cuerpo aguanta mientras la mente tire de él.

No sé de qué hablamos, pero recuerdo la conversación con Mila; y cómo me lavaron, me arroparon y cómo dormí aquella noche, en caliente.

Y luego, la otra odisea: la del regreso, los problemas con los helicópteros, las lesiones, las amputaciones, la rehabilitación.

 




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