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Premio a los Valores Humanos y el Conocimiento

Irene Vallejo: "Cuidar es uno de los principales valores, pensar en términos de apoyo mutuo"

La escritora y filóloga Irene Vallejo recibe el Premio a los Valores Humanos y el Conocimiento. 

Irene Vallejo, fotografiada en el Museo Pablo Gargallo de Zaragoza.
Irene Vallejo, fotografiada en el Museo Pablo Gargallo de Zaragoza.
Oliver Duch

La escritora Irene Vallejo desgrana cada palabra del galardón que HERALDO le concede: Premio a los Valores Humanos y el Conocimiento. "Tiene un nombre que significa mucho para mí porque, desde que elegí esa carrera aparentemente insensata de Filología Clásica y empecé a zambullirme en el mundo de la antigüedad, de la filosofía, del arte, todo lo relacionado con las humanidades significa mucho para mí". A la autora de ‘El infinito en un junco’ le resulta especialmente conmovedor que se reivindiquen estas ideas, "en una época en la que, por desgracia, vemos que todos esos conceptos están muy orillados en la educación y parece que la sociedad en general los cuestiona y no acaba de entender qué utilidad y qué función tienen".

¿Cómo nació en usted el amor a los libros y a la lectura?

En realidad antes de saber leer. Leía sin saber leer porque mi madre me leía cuentos: se sentaba al lado de mi cama, abría el libro, ella leía y yo escuchaba. Hacía el hechizo delante de mí y yo absorbía ávida aquellas historias. La primera sensación que yo asocio a los libros es la de que solo los adultos sabían extraerles su secreto y que, en cambio, a mí, los libros, las letras, no me hablaban. Para mí eran como hileras de insectos en las páginas y los adultos sabían, de alguna manera que me parecía totalmente increíble, extraer historias, cuentos, ideas, de esos hormigueros. Me resistí un poco a aprender a leer porque pensaba que entonces dejarían de contarme cuentos. Ahora, yo le leo todos los días sin falta a mi hijo.

¿Cuándo surgió la escritora?

Disfrutaba tanto los cuentos, las historias que me contaban por la noche que luego las continuaba, utilizando mis juguetes como pretexto para contarme historias a mí misma. Estaba escribiendo sin escribir. Cuando conocí que existía esa profesión tan extraña que era sentarse en una mesa para imaginar mundos, descubrí con sorpresa que te podías ganar la vida con algo que para mí formaba parte de los juegos, de la creatividad, de la infancia y que era lo que más me apasionaba.

¿Cómo ha cambiado su vida escribir ‘El infinito en un junco’?

La ha puesto patas arriba. Yo había pasado los diez años anteriores recorriendo bibliotecas rurales, institutos, en un circuito local aragonés, como una música ambulante o una cómica de la legua. Siempre desde una posición muy discreta, todo muy pequeño, tiradas muy reducidas, echarte ejemplares en el maletero del coche e irte a una feria, a una escuela de adultos, a un club de lectura... Y, de repente, lo que ha pasado con este libro –siendo un ensayo y, además, hablando de los clásicos, que tampoco parece que sea un tema de máxima actualidad–. Me siento totalmente agradecida, sobre todo de la oportunidad de vivir de la escritura, es una libertad que no había tenido nunca, porque antes era una cosa siempre muy incierta, de no saber cómo llegaríamos a fin de mes y con esa sensación permanente de que quizás se acababa el tiempo y había que buscar otro trabajo. Ahora ya empieza la campaña internacional del libro. Van a ser más de 40 países y piensas: pero ¿cómo voy a llegar a todo?

La acogida ha sido espectacular. ¿Por qué cree que ha conmovido tanto?

Cuando lo escribía pensaba que iba a pasar de puntillas, que sería un libro pequeño que pasaría desapercibido. Incluso la editorial pensaba lo mismo y no preparó ninguna campaña de promoción ni nada. Sin embargo, han sido los lectores los que han ido hablando, recomendando en las redes, regalando... Y se ha producido ese curioso fenómeno: la gente se ha sentido identificada con el optimismo, el amor y la pasión que expresaba este ensayo en un momento de pesimismo sobre el futuro de los libros. Porque constantemente nos están diciendo que se acaba el libro de papel, hablan del fin de la novela, la lectura es casi como una antigualla en un mundo tan invadido y colonizado por las pantallas. Y mi visión es otra: presentar al libro como el gran superviviente histórico, como un cofre de palabras que muchísima gente a lo largo del tiempo se ha esforzado en salvar. Quizá el lector de ahora se siente el último eslabón de esa aventura histórica, de esa cadena de salvadores de libros.

¿Tal vez también resultó especialmente útil en el momento en que llegó, como una balsa a la que tantos se aferraron en pleno confinamiento?

Sorprendentemente fue entonces, con las librerías cerradas, con la gente confinada en casa, cuando despegó. Mucha gente tuvo más tiempo para leer y, además, leía en una situación muy parecida a la que yo había escrito el libro: a caballo entre la escritura y el hospital, muy preocupada por la salud de mi hijo. El libro era ese refugio donde yo buscaba hospitalidad frente a la angustia y la enfermedad. Al mismo tiempo, intenté que la voz de ‘El infinito en un junco’ fuera muy íntima, para hablar al lector como si estuviéramos muy cerca, como si compartiéramos pasiones, preocupaciones, angustias, miedos y alegrías, y eso quizá también acompaña en un momento de soledad. Todo son conjeturas a partir de lo que me han dicho los propios lectores a través de las redes.

En paralelo a su obra literaria, mantiene su cita semanal con los lectores de HERALDO. ¿Qué supone para usted escribir en un periódico?

Ha sido el lugar donde primero publiqué. Encontré a mis primeros lectores gracias a HERALDO, que tiene una gran tradición de acoger a escritores y darles un refugio, un altavoz y la oportunidad de crear esa conversación con un público lector amplio. Además, esa inmediatez del periódico hace que la gente te comente qué piensa de la columna, si está de acuerdo, si no, si le emociona. Y, de esa manera, sales un poco de la soledad de la escritura, que es un trabajo realmente muy aislado y donde estás mucho tiempo escribiendo sin saber si lo que llevas entre manos va a cuajar.

«Junto al atractivo de lo nuevo y la variedad, necesitamos ideas, palabras, relatos esenciales en nuestra vida. Los clásicos nos recuerdan que somos seres tejidos de palabras»

Es experta tejedora de las enseñanzas del mundo antiguo y los temas del presente, una gran valedora de la cultura clásica. ¿A qué se debe esta vigencia?

Creo que los clásicos no han dejado nunca de estar vigentes. Son muy antiguos, pero son más actuales que nadie porque llevan milenios siendo actuales. Me parece interesante como contrapunto al ritmo vertiginoso del mundo en que vivimos. Junto al atractivo de lo nuevo y la variedad, necesitamos cosas esenciales, ideas, palabras, relatos esenciales en nuestra vida. Eso que nos centra y nos ancla. Ahí están los clásicos para recordarnos que somos seres tejidos de palabras y que las emociones básicas de lo humano y de lo que significa vivir, con nuestros entusiasmos, miedos y angustias, de alguna manera están ya codificadas en la literatura, en los mitos, en lo que las mentes más brillantes del pasado han pensado, han escrito y han sentido. Por un lado, es un acto de humildad –no nos lo inventamos todo ni lo vivimos todo por primera vez, no somos tan originales–, pero por otro lado, también nos hace sentirnos más acompañados –ha habido mucha gente sintiendo lo mismo que sentimos nosotros ahora–. Y cuando lees a un autor de Grecia o Roma y te identificas profundamente con sus emociones, sabes que hay algo que nos une a todos y que tenemos en común y es el punto de partida de nuestra posibilidad para crear comunidades y entendernos unos a otros.

«Mi idea con el libro fue hacer visible toda esa red social que permite que las cosas funcionen y que muchas veces permanece en penumbra, frente a una especie de culto al éxito»

Recibe el Premio HERALDO a los Valores Humanos y el Conocimiento. ¿Qué valores son los pilares de su vida?

‘El infinito en un junco’ está presidido por la idea de los cuidados por el momento en que lo escribí. Yo he sido una persona que, en varios momentos de la vida, he tenido que frenar en mi carrera profesional, en mis expectativas, por dedicarme a cuidar. Primero a mi padre, que sufrió un cáncer y estuve con él durante sus últimos años y eso me costó dejar la carrera académica. Y después, también en un momento muy importante de mi carrera profesional, tengo un hijo con problemas y decido que es mi prioridad. Creo que eso me ha marcado: el valor del cuidado, de la atención a los demás. Ese es uno de los principales valores: pensar en términos de comunidad, de familia, de apoyo mutuo. Haber escrito ‘El infinito en un junco’ cuidando a mi hijo definió el libro: iba a ser sobre la historia de los libros y su formato, cómo habían pasado de ser rollos a ser códices..., y giró hacia un enfoque distinto, el de los salvadores de los libros. En ese momento estaba profundamente agradecida a toda esa gente discreta de los equipos de médicos y enfermeros que estaban salvando a mi hijo –y a mí por otro lado–, y mi idea con el libro fue hacer visible toda esa red social que permite que las cosas funcionen, desde distintas profesiones y tareas, y que muchas veces permanece en penumbra, en segundo plano, frente a una especie de culto al éxito. Por eso es tan importante defender lo que para mí son los grandes pilares: sobre todo la educación. Defiendo constantemente su valor y el respeto que merecen quienes se dedican a la enseñanza; la sanidad, los cuidados, el estado del bienestar y también el lenguaje y las palabras, tan importantes para la democracia. Y eso no tiene que ver solo con la literatura, sino también con la prensa, con ese intento de, en lugar de dividir, sumar, aunar, insistir en lo que nos une y no exacerbar las diferencias y los conflictos. Ese es el mundo de valores en el que intento hacer mi pequeña aportación.

“El lenguaje y las palabras son muy importantes para la democracia, y eso no tiene que ver solo con la literatura, sino también con la prensa»

Uno de los méritos expresamente reconocidos por el Premio Aragón 2021, que recibió en abril, destaca que haya sido capaz de colocar en primera línea de la atención social "la importancia y el valor de las humanidades como constructoras de personas críticas". ¿Falta pensamiento crítico?

Siempre falta pensamiento crítico, en todas las épocas, porque es un esfuerzo pensar por nosotros mismos. En este momento donde todo parece tan fragmentario, tan poco orgánico, donde flotamos entre tantos estímulos y estamos un poco desorientados, los libros y la lectura fomentan el salir de este mundo hipnótico y parpadeante de las pantallas, donde constantemente están tratando de convencernos de que consumamos e incluso nos seleccionan las ideas a las que tenemos acceso. Nos encierran en una especie de burbuja rodeada de aquello que nos gusta, que está de acuerdo con nuestras ideas, que nos halaga porque nos da la razón. Por eso es tan importante en esta época el sentido crítico, ser capaces de salir de esa esfera y cuestionarnos a nosotros mismos como cuestionamos a los demás. Al final, es la idea esencial de la filosofía y está muy unida también a la democracia, a nuestras posibilidades de entendernos y de fundar comunidad, de controlar el poder de una manera efectiva y hacerle rendir cuentas. El funcionamiento de la democracia depende de una ciudadanía con sentido crítico. Y ahí es donde los libros, la literatura, el pensamiento, esos núcleos como las bibliotecas rurales y los clubes de lectura, están haciendo una labor de resistencia, de negarse a moverse solo por las tendencias que nos imponen y sentarse a reflexionar. Eso me da esperanza.

Un mundo tan visual y multimedia como el actual ¿arrincona la palabra?

Aunque tenemos una dimensión más visual que en ninguna otra época, la palabra sigue muy viva, seguimos todavía, incluso en las redes, debatiendo esencialmente con la herramienta de la palabra. Pero hay unas reglas básicas del juego: el respeto a quien no piensa como tú, el intentar discutir civilizadamente sin insultar al prójimo, tener la elegancia de evitarles a los demás el espectáculo de tu mal humor, tu irritación, argumentar lo que decimos y no solo intentar imponer lo que pensamos. Es esa higiene de la palabra lo que está fallando. Es importante que aprendamos a utilizar bien esa herramienta de las palabras y a expresar lo que realmente sentimos. Con una educación artística desde la infancia, aprender a expresarnos a través de la palabra, el teatro, la música... es liberador, catártico e incluso saludable. Hay que reivindicar el papel del arte y las humanidades. No solo se debe pensar en la utilidad profesional que puedan tener las enseñanzas, sino también en lo que es importante para el tipo de sociedad en que queremos vivir.

«Nuestra eficacia como sociedad tiene que ver con la capacidad de debatir tranquilamente sobre las ideas. El gran desafío de la democracia es llegar a acuerdos»

Ahora que tantos la escuchan, ¿desea transmitir algún otro mensaje?

Sí, tiene que ver con las formas, con la manera de hablar. No es cierto que en las redes, en el espacio público, en la televisión, tengas que ser agresivo para que te escuchen. Esa idea tan aceptada es muy peligrosa porque fomenta que todo el mundo grite, agreda e intente, a través de esa vena tan dramática, llamar la atención. Tenía razón Marco Aurelio, el emperador romano, cuando decía que la amabilidad es invencible. Al margen de los mensajes y el contenido, que importan mucho, en el debate público es muy importante que empecemos a cambiar esa tendencia hacia la descalificación, a llevarlo todo al terreno personal, a atacar a la gente y hacer daño, porque tiene consecuencias sobre la gente y nos está polarizando cada vez más. Nuestra eficacia como sociedad tiene que ver con la capacidad que tengamos de debatir tranquilamente sobre las ideas y con saber que quien no piensa como nosotros no es una mala persona, no es un adversario, un enemigo. El gran desafío de la democracia, lo más bonito y lo más difícil, lo que le hace andar siempre sobre el filo del abismo, es que no queremos imponernos por la fuerza sino llegar a acuerdos. Organizarnos todos con ese entramado tan frágil que son los acuerdos es una de las grandes tareas que hemos emprendido como humanidad. Y es algo que podemos empezar a hacer cada uno en nuestra pequeña esfera, en nuestras cuentas y en nuestra conversación con los demás en la vida cotidiana, intentar ser amables, tener buenos modales y respetar al prójimo, que parece que se ha quedado un poco anticuado y es importantísimo.

La amable valedora del mundo clásico

Cada noche, su madre se sentaba a la orilla de la cama de la pequeña Irene, abría un libro, leía y ella escuchaba. Con un halo de misterio, hasta aquella niña que aún no sabía leer llegaron ‘Alicia en el País de las Maravillas’, ‘Robin Hood’ y también los mitos griegos, romanos y nórdicos, que la enamoraron para siempre.

Nacida en Zaragoza en 1979, Irene Vallejo comenzó a escribir muy pronto, con la referencia de los autores que leía, "voz de hombre y lugares que sonasen a ingleses o franceses", hasta que llegó a sus manos el ‘Diario de Ana Frank’: "Fue como si el mundo hubiera cambiado de eje, vi que yo podía escribir mis propias historias, hablar de mí misma, de cómo es mi vida y que esto también formaba parte de la literatura". Muchos otros libros serían fundamentales en su trayectoria: ‘La Odisea’, leída por su padre, que tanto la deslumbró; tres libritos infantiles mitológicos con ilustraciones, regalados a continuación: ‘Ulises’, ‘Jasón’ y ‘Hércules’; Jack London, Dumas, Dickens...; y, ya de adulta, en el difícil ejercicio de encontrar su propia voz como escritora: todo Chéjov y, a oleadas, Rulfo, Onetti, Borges, Eco, Ana María Matute, Carmen Martín Gaite, Natalia Ginzburg...

Tanto le fascinaron en la infancia las leyendas de Grecia y Roma, que luego estudió Filología Clásica en la Universidad de Zaragoza y obtuvo el Doctorado Europeo por la Universidad de Florencia. Cuando llegó el momento de pedir una beca posdoctoral y salir un tiempo al extranjero, abandonó la carrera académica, que no pudo compaginar con el cuidado de su padre enfermo.

En las bibliotecas florentinas nació su ensayo ‘El infinito en un junco. La invención de los libros en el mundo antiguo’ (Siruela. Biblioteca de Ensayo, 2019), extraordinariamente acogido por la crítica y los lectores y todo un éxito editorial que no deja de sorprenderla: "Qué privilegio y qué suerte que haya podido pasar esto con un libro que a mí, de entrada, me parecía que no tenía en absoluto las hechuras de un libro que fuera a llegar a un público tan amplio", asegura. 

La obra se dedica a los salvadores de libros a lo largo de la historia, ahora conectados con los editores, los traductores, los libreros, los bibliotecarios y los propios lectores. Entre otros, ha sido reconocida con el Premio Nacional de Ensayo, el Premio ‘El Ojo Crítico’ de Narrativa, el Premio ‘Librerías Recomiendan’ del Gremio de Librerías, el de las ‘Librerías de Madrid’, el galardón ‘Acción Cívica de Humanidades’, así como el Premio Aragón 2021. Entre los méritos citados por el jurado de este último galardón está el haberse convertido, a través de su actividad literaria y cultural, "en una referencia para todo tipo de públicos y fuente de inspiración para los jóvenes, a nivel nacional e internacional".

‘El infinito en un junco’ supera las 40 ediciones, está siendo traducido a 33 idiomas y será publicado en más de 40 países. Acaba de empezar la campaña de promoción internacional del libro. Este verano, sin viajar aún, Vallejo ha trabajando sobre todo para Latinoamérica, donde ha aparecido una edición de bolsillo en la que ella ha puesto especial empeño hasta lograr que saliera a un precio asequible para el público.

Apasionada por la divulgación de los autores clásicos, colabora con medios como HERALDO DE ARAGÓN, ‘El País’ o la Cadena Ser, en España, y ‘Milenio’ y ‘Laberinto’, en México. Sus artículos semanales han sido recopilados en libros como ‘Alguien habló de nosotros’ (2017) y ‘El futuro recordado’ (2020). Entre sus obras de ficción, destacan ‘La luz sepultada’ (2011) y ‘El silbido del arquero’ (2015), peculiar novela histórica con ecos homéricos y virgilianos. También ha publicado dos álbumes ilustrados: ‘El inventor de viajes’ (2014), junto al artista José Luis Cano, y ‘La leyenda de las mareas mansas’ (2015), con la pintora Lina Vila, acercando así las leyendas clásicas a los lectores más jóvenes. A finales de 2020, publicó el breve ‘Manifiesto de la Lectura’ (2020), por encargo del Gremio de Editores. En paralelo a toda esta labor, colabora con proyectos sociales como Believe in Art, que recrea el arte y la literatura en los hospitales infantiles, que son parte de su vida desde que nació su niño. Hoy, es ella la madre que lee cada noche "sin falta" con su hijo Pedro, de 7 años.

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