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El ladrillo torcido

Por
  • Gervasio Sánchez | Reportero de guerra
OPINIÓNACTUALIZADA 16/09/2021 A LAS 05:00
El ladrillo torcido
El ladrillo torcido
H. A.

Dice un refrán afgano que la casa que se empieza a construir con un primer ladrillo torcido acaba desplomándose tarde o temprano. La llamada comunidad internacional, es decir Estados Unidos, la OTAN y un puñadito de potencias económicas, pactaron la transición con testaferros de los señores de la guerra, un puñado de civiles sin influencia y tres mujeres en la conferencia de Bonn a principios de diciembre de 2001 tras el vacío de poder creado con la huida de los talibanes.

La actitud acomodaticia de algunas de estas potencias económicas y militares impidió detectar que se entablaban relaciones con los principales destructores de Afganistán, una decisión que dificultaría el desarrollo de un sistema democrático en un país asfixiado entonces tras dos décadas de guerras y vinculado a costumbres y tradiciones de la Edad Media.

El edificio afgano colapsó a mediados de agosto con la entrada de los talibanes en Kabul en una conquista relámpago ante un ejército local que se disolvió como un azucarillo en el café. Tenía los cimientos podridos desde hacía al menos 12 años, cuando algunos militares, periodistas y diplomáticos críticos empezaron a advertir sin atajos que los talibanes avanzaban en amplias zonas del país, establecían gobiernos en la sombra y se preparaban para ocupar todo el territorio afgano en cuanto se anunciase el repliegue del último soldado internacional.

A finales de 2001, Afganistán estaba demolido como país. Había sufrido una invasión soviética de una década, una guerra civil salvaje entre los grupos fundamentalistas que habían combatido contra los soviéticos armados hasta los dientes por Estados Unidos, y un quinquenio talibán brutal con las mujeres. Los muertos, desaparecidos, heridos y amputados se contaban por millones, las violaciones de las mujeres y las niñas por decenas de miles y los refugiados se agolpaban en los países limítrofes en campamentos kilométricos.

"La conmoción que ha producido la vergonzosa salida-huida de los occidentales obliga a justificar con mentiras lo que ha ocurrido en las dos últimas décadas de implicación internacional"

Estados Unidos y sus aliados habían decidido vengar los deleznables atentados contra las Torres Gemelas en Afganistán con miles de ataques aéreos contra las ciudades afganas para desestabilizar el régimen talibán y capturar a los líderes de Al Qaeda, teóricamente escondidos en la cadena montañosa fronteriza con Pakistán. Utilizaron una constelación de grupos armados y dirigidos por criminales de guerra que se habían unido en la llamada Alianza del Norte.

Pero los afganos más sensatos afirmaban entonces que solo sería factible la paz si se desarmaba a las milicias, se detenía y juzgaba por sus crímenes a los señores de la guerra, se creaba un ejército nacional sin preferencia étnica y se convertía el país en un protectorado de la ONU bajo la supervisión de fuerzas militares internacionales.

Los afganos deseaban la paz y recibieron con gran entusiasmo el despliegue de fuerzas militares internacionales. Los soldados españoles se desplazaban sin armas por las calles de Kabul a principios de 2002 para no comprometer el buen fin de la misión y crear confianza en la población.

Pero, a finales de 2002, Estados Unidos desvió la atención de Afganistán y concentró su músculo militar en la invasión de Irak, que comenzó a finales de marzo de 2003 tras una larga campaña de bombardeos. Los neotalibanes (tal como ‘The Economist’, ya en 2003, bautizó a un amplio elenco de grupos que utilizaban diferentes tácticas para conseguir sus objetivos ideológicos) se habían rearmado gracias al control del mercado de la heroína y realizaban ataques cada vez más contundentes contra las fuerzas militares extranjeras y el ejército afgano que se estaba formando y que ha sufrido decenas de miles de soldados muertos en las dos últimas décadas. En 2006, 32.000 soldados internacionales desplegados, incluidos 690 españoles, eran insuficientes para mantener el control del país.

En la guerra asimétrica que se inició entonces los estadounidenses y los británicos bombardearon con intensidad las provincias del sur del país, provocando la muerte de miles de civiles y el odio de los ciudadanos. Al mismo tiempo se estaba organizando un simulacro de paz y democracia en un estado fallido muy corrupto mientras el Parlamento afgano mimaba a los criminales señores de la guerra.

Un gran diplomático con sentido autocrítico, un caso singular en medio del optimismo generalizado de entonces, me aseguró en 2006 que "la receta militar ya no funciona, la inseguridad es manifiesta en gran parte del país y la corrupción gubernamental desperdicia cualquier mejora objetiva", y me recordó que la población afgana puede llegar a "preferir la injusticia al desorden", como había ocurrido en el quinquenio talibán entre 1996 y 2001.

Tres años después, en agosto de 2009, ya había 64.000 soldados pertenecientes a 42 países, entre ellos un millar de españoles, un número todavía insuficiente para un país de 652.860 kilómetros cuadrados sin carreteras asfaltadas y una peculiar orografía ideal para las emboscadas. A pesar de este gran despliegue armado, los más altos cargos militares estadounidenses, británicos y franceses confirmaban en memorandos secretos que los talibanes ganaban terreno y que la guerra se estaba perdiendo.

Los miles de millones gastados en operaciones de Inteligencia no habían conseguido doblegarlos y existía el temor de que no se pudiese votar en las elecciones presidenciales, que iban a costar 154 millones de euros. Ni siquiera se llegó a celebrar la segunda vuelta porque uno de los candidatos, Abdullah Abdullah, se retiró en protesta ante la falta de transparencia electoral. La Comisión Electoral no tuvo empacho en declarar vencedor de forma irregular a Hamid Karzai, el hombre de Estados Unidos.

En 2011 se produjo la muerte de Osama Bin Laden en una acción militar estadounidense en territorio pakistaní, a unos 55 kilómetros de la capital, Islamabad. Aquel 2 de mayo tuve oportunidad de preguntarles a varios afganos que vivían en Herat sus opiniones sobre la muerte del terrorista más buscado del mundo y me encontré con pocas respuestas satisfactorias. Muchos opinaron que era un montaje. Otros criticaron los ataques contra Afganistán cuando Estados Unido sabía que se escondía en Pakistán, su aliado tradicional en la región desde los años ochenta cuando los soviéticos invadieron Afganistán con sus carros de combate. Escasos fueron los que se alegraron.

Las elecciones presidenciales de 2014 y 2019, supervisadas por la ONU, también fueron fraudulentas. En las últimas solo votaron 2,7 millones de los 9,6 millones de personas que se habían registrado para ejercer su derecho, apenas un 15% de la población en edad de votar. La bajísima participación se debió principalmente a las continuas amenazas de los talibanes y la desconfianza en el proceso electoral. Entre los candidatos estaba el pastún Gulbudin Hekmatiar, uno de los mayores criminales de guerra afganos.

Los resultados preliminares tardaron casi tres meses en conocerse y los definitivos no aparecieron hasta casi cinco meses después. El ganador fue de nuevo Ashraf Ghani, pero Abdullah Abdullah rechazó los resultados y pidió la formación de un gobierno paralelo en el norte de Afganistán.

Hoy todo el mundo se rasga las vestiduras. La conmoción que ha producido la vergonzosa salida-huida de los occidentales obliga a justificar con mentiras lo que ha ocurrido en las dos últimas décadas de implicación internacional. Hemos visto a poderosos señores de la guerra y a los políticos afganos, incluido el presidente Ashraf Ghani, huir con las alforjas repletas de dólares ante la pasividad de los estadounidenses, que supuestamente protegían el aeropuerto de Kabul.

Entender el pasado es obligatorio para explicar el presente sin ser pasto de la propaganda de unos, las mentiras de otros y el oportunismo de terceros. El edificio democrático afgano nació cojo desde su primer ladrillo y toda la inversión económica, que supera con creces el millón de millones de euros, sí ha sido en balde, por mucho que nuestros gestores políticos digan lo contrario. En resumen: Misión Incumplida.

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