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Comunicación

'Cobra Kai': un milagro, un regalo, un chispazo de genialidad

Esta serie es un milagro. Un regalo. Un chispazo de genialidad que esconde una lección formidable.

Cobra Kai
Cobra Kai
Heraldo.es

Hay algo más difícil que ganar el torneo de karate de All Valley con la patada de la grulla: ser padre. 'Cobra Kai', de hecho, es una patada de la grulla. Primero te distrae con una figura elegante y atractiva, para que te confíes. Y entonces, cuando no lo ves venir, ¡zas!, la otra pierna sale disparada de un lugar recóndito para noquearte con un poderoso golpe en la mandíbula. ¿Un golpe ilegal? Quizás. Quién sabe. Pero esa no es la cuestión. La cuestión es que te ha golpeado de lleno. Y golpes así no se olvidan. Nunca.

'Karate Kid' es una piedra angular de los 80. Una película irresistible. Quién nos iba a decir, 36 años después, que habría una serie que no sólo honraría con respeto su memoria, sin destrozar el mito, sino que sería capaz de hacerla aún más grande.

'Cobra Kai' es un milagro. Un regalo. Un chispazo de genialidad que esconde una lección formidable. La primera temporada es buen rollo, un juego, un gustazo con el que volver a ser niño; una figura elegante. La segunda te revienta en la cara sin que la veas venir: el paso del tiempo, la enfermedad, la aceptación, el equilibrio, el fracaso... Es entonces cuando descubres que ya no te sientes identificado con los niños que quieren aprender karate para vencer al bullying. No. Te pones en la piel de Johnny Lawrence y Daniel LaRusso, dos padres; dos maestros. Porque 'Cobra Kai' habla del poder de la educación, de los valores que transmitimos a nuestros hijos -a nuestros alumnos-. Habla del odio que generamos sin darnos cuenta, del odio que lo impregna todo y que sólo genera más odio, del odio de la calle y del odio de internet. Del odio que nace de la más pura ignorancia.

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