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Comunicación

Obituario

Querida Ana, que en paz descanses

Carta de despedida de Gervasio Sánchez a la periodista Ana Alba, con quien coincidió por primera vez en Sarajevo en junio de 1997.

Ana Alba
Ana Alba
 

Eras la mejor. Créeme. Eras imbatible cuando te encaramabas a la vida. Actuaste con una gran fortaleza mental y nos diste grandes lecciones de pundonor y dignidad hasta que te quedaste sin fuerzas a todas las personas que te seguimos queriendo.

El día que te visité supe nada más verte que tú sabías que ibas a morir después de tres años de combate diario contra un cáncer mortífero. Grabé media hora de nuestra conversación sin que te dieses cuenta o eso me pareció. Quería que tu dulce voz me sirviera de sonajero para relativizar el dolor de ver tu cuerpo consumido por “ese monstruo que te va comiendo sin piedad”, tal como tú misma lo definiste.

Fue muy duro verte tan deteriorada y dolorida, postrada en la cama con dificultades para moverte, y sentir que estabas harta de luchar porque “sufres tanto que al final del día te preguntas sino es mejor que llegue la muerte cuando ya no hay solución”, aunque un segundo después rectificabas y asegurabas que “yo no quiero morir y seguiré luchando por la recuperación milagrosa”.

Lloré por dentro a punto de derrumbarme. Hubiera querido abrazarte, besarte, acariciarte, pasar mis dedos por tus partes más dañadas para calmarte todo ese dolor injusto que sentías. “Es como si estuviera en un callejón sin salida, sabes. Si no me recupero físicamente no me pueden poner la quimio y, sin ella, mira cómo estoy”, me dijiste señalándote unos brazos de alambre.

Hablamos de tus planes de futuro, del documental que estabas haciendo con Beatriz Lecumberri en los territorios ocupados, de la cantante palestina del conservatorio de Ramala que os iba a prestar la música para la banda sonora. No paraste de trabajar hasta el final de tu vida. “Siempre estamos enganchados como si necesitásemos el trabajo intravenoso”, te comenté. “Exacto, como el suero”, me respondiste.

Estabas preocupada por ver llorar a tu madre y a tu hermana Amaya aunque reconociste que “yo también soy muy llorona”. Me pediste el oxígeno porque mejoraba tu respiración. “Nunca me habías visto así, sin pelo”, me comentaste. “No me importa. He visto a….”, te respondí y tu acabaste la frase: “personas en peor situación”. “Contigo no siento apuro en que veas como estoy. Con otras personas no tengo miramientos porque así me lo han recomendado”, puntualizaste.

Todavía recuerdo nuestro primer encuentro en Sarajevo en junio de 1997. La dulce jovencita prendada del veterano periodista que había visto en directo la destrucción de los puentes de convivencia entre las comunidades bajo una letal lluvia de proyectiles diarios y su cosecha execrable de terror.

Habías llegado a la capital bosnia atraída por la leyenda de la ciudad cercada, pero pronto percibí que tú no eras como los demás. Que tras esa carita de ángel había una mujer con las ideas muy claras y con ganas de trabajar mucho y quejarse poco.

Eran tiempos de silencio en una Bosnia-Herzegovina exhausta tras tres años y medio de una brutal guerra y tú llegabas para documentar lo que a nadie le interesa: el largo proceso de pacificación que sigue pendiente.

Ya chapurreabas serbo-croata y me acompañaste a conocer al niño Adis Smajic, que había sido herido un año antes por una explosión de una mina. Me sorprendió, a pesar de tu juventud, la seriedad y el compromiso con que te implicabas en todos los proyectos en los que ya participabas.

Eras, como yo, licenciada en Ciencias de la Información por la Universidad Autónoma de Barcelona (UAB) en 1995, eras la actual corresponsal freelance en Jerusalén para El Periódico de Catalunya desde 2011, y desde 2014 también trabajabas para el servicio castellano de la agencia rusa Sputnik, cubriste con gran rigor y valentía las guerras de 2012 y 2014 en Gaza, así como distintos acontecimientos en varios países de Oriente Medio durante las primaveras árabes y la crisis del refugiados del Mediterráneo. La primera década del siglo XXI trabajaste en la sección Internacional del diario Avui y realizaste coberturas en Serbia, Kosovo, Irán e Irak.

Aunque coincidimos varias veces en Bosnia-Herzegovina, me di cuenta de lo mucho que habías madurado en Irak cuando trabajamos juntos durante semanas y recorrimos el sur del país en busca de historias tras la caída de Sadam Hussein. Eras capaz de trabajar sin descanso durante jornadas maratonianas y aportabas siempre a tus crónicas ángulos que otros no captábamos.

Hay una anécdota que destaca tu generosidad. El 6 de mayo de 2003 visitamos junto a Guillermo Altares el hospital de Nasiriya. Un oficial de marines nos recordó que era famoso porque en él había sido rescatada herida la soldado Jessica Lynch y los restos de diez soldados estadounidenses muertos en combate. El Pentágono había presentado ese rescate como heroico y felicitado a sus comandos públicamente por sacrificarse por “la nueva heroína de América”.

Fuiste tú la que te diste cuenta de que el relato oficial estaba completamente manipulado y, en vez de guardarte la historia para ti, nos invitaste a Guillermo y a mí a sumarnos a la investigación. En unas horas pudimos hablar con decenas de testigos que nos aseguraron que “el rescate de la soldado Lynch no tuvo nada de heroico”, tal como titulé mi crónica en Heraldo de Aragón y Cadena Ser.

Descubrimos que los comandos entraron en el hospital sin pegar un solo tiro, que Jessica Lynch había sido tratada con gran delicadeza por el personal médico y que los soldados estadounidenses muertos habían sido enterrados con gran respeto.

Sin tu perspicacia nunca hubiéramos conseguido una historia exclusiva y descubierto uno de los mayores fraudes de aquella guerra. Un conocido medio estadounidense dio la noticia de todas estas mentiras diez días después de que nosotros tres publicásemos el montaje en los medios con los que trabajábamos.

En ningún momento planteaste que era una historia exclusiva tuya aunque tenías todo el derecho a hacerlo, y la compartiste con dos compañeros de viaje. Luego te tuviste que pelear con tu diario para que te dieran el espacio lógico. Pero eso es otra historia. La otra persona presente necesito horas de negociación para que su redactor jefe aceptase que la historia era verdadera. Aseguraba el jefecillo, famoso por sus enredaderas ideológicas, que los estadounidenses no eran capaces de fabricar una mentira (¡qué gracioso!) como esa.

Quedaste finalista el año pasado en el Premio Cirilo Rodriguez, el más importante de la prensa española para periodistas especializados en coberturas internacionales. Ganaste este año el prestigioso Julio Anguita Parrado que no pudiste recibir el 7 de abril por culpa del estado de alarma. A tus 48 años, en plena juventud laboral, en la etapa más dulce de tu gran carrera periodística, te vas para siempre.

Te has ganado a pulso el descanso eterno. Siempre te querré, querida Ana. 

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