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Blog - La voz de mi amo

por Matias Uribe

VIENE POR CUARTA VEZ A ZARAGOZA

¿Viviendo en el pasado con Jethro Tull?

Escuchar los lejanos discos del grupo de Ian Anderson, que viene de nuevo a Zaragoza, sigue siendo todavía una placentera fuente de sonidos y creación superior, un eficaz antídoto contra la morralla de ídolos ‘tanganeros’ de hoy. ¡Fuera edadismo de la música!

Ian Anderson en 1992, en plácida conversación en un hotel zaragozano
Ian Anderson en 1992, en plácida conversación con Matías Uribe en un hotel zaragozano
Heraldo

¡Yeeepa! Me topo en el Heraldo con un anuncio que, frente al infame morralleo de los ídolos actuales (los tanganas, pelusos, kaseos, rosalías… y demás malas hierbas musicales, histriónicamente superlativizadas), me provoca un suspiro de alivio. Algo ‘viejuno’, pero oxígeno puro para el espíritu. Más de un cuarto de página, con vistoso colorido en texto y fondo y la figura inconfundible de un señor en postura de ave flamenca —tacón izquierdo sobre rodilla derecha— tañendo una flauta… Claro, Jethro Tull.

Anuncio aparecido en Heraldo
Anuncio aparecido en Heraldo
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Una leyenda a cuyo timonel, Ian Anderson, tuve la fortuna de entrevistar la primera vez que vino a Zaragoza a actuar en el pabellón de La Chimenea, en abril del 92. “Fue muy difícil porque nadie lo había hecho y mucha gente me decía que estaba loco”, me explicó cuando obligadamente le saqué a colación su insólita osadía para meter la flauta en el rock. “Fue una batalla entre un instrumento tan sensible y femenino como la flauta y unos instrumentos tan ruidosos como los del rock. Pero yo me empeñé y demostré que era posible”, añadió. Menuda y placentera hazaña. Durante toda la entrevista, y después, derrochó afabilidad, pese a su fama de hueso duro de roer ante los periodistas. Luego nos hicimos fotos y me firmó aquel legendario doble LP con tapas de cartón y lujoso folleto interior, Living In The Past.

Página de Heraldo previa a su actuación en La Chimenea, en 1992
Página de Heraldo previa a su actuación en La Chimenea, en 1992
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Ahora viene por cuarta vez a tocar a Zaragoza, en el todavía lejano 21 de octubre, a la sala Mozart. La promotora que firma la organización es MPH, que desconozco, pero a la que aplaudo, no ya por traer a semejante figura, sino también por la vistosidad del anuncio y por la antelación y reiteración de él que viene haciendo estos días en el periódico. A estas alturas de tiempos, obviamente, no me asombra su presencia, pero sí me alegra la visión del anuncio y de tan rutilante nombre de la historia del rock: me sirve de liviano desahogo contra el bombardeo de hueros elogios con que despachan unos y otros por aquí y por allá —la tele, la radio, los periódicos y, no digamos, las redes sociales— alabando a estos nuevos ‘tanganeros’ de la creación musical. ¡Qué desatino! ¡Cuánto bochorno! En lo que ha quedado la ¿música? de hoy y el ‘periodismo felativo’, que diría García.

Recurriendo a uno de sus títulos mayores, ¿viviendo en el pasado con Jethro Tull? No. Preocupado, por no emplear otro participio más crudo, con el deterioro y la vulgaridad, a la que ha llegado la música pop de hoy, aunque encuadrar este alud de ídolos de barro en esa categoría sea manchar la misma palabra ‘música’. Sí, ya oigo a la cofradía de fieles y la consabida salmodia de vituperios: estás, viejo, desfasado, no entiendes a la gente joven de hoy, estás repitiendo el mismo sonsonete de los abuelos del pasado cuando aparecieron Elvis o Los Beatles… y bla bla bla; esto por recurrir de forma suave a estos vituperios, que, seguro, crujirán con mayor furia en boca de los emisores acodados en la barra del bar.

“Las arrugas del espíritu nos hacen más viejos que las de la cara”. Pues no, señor Montaigne. Desdigo la famosa frase del filósofo renacentista francés, creador del ensayo. Con la música no valen las arrugas del espíritu o del tiempo, vale su categoría, su calidad, su certeza creativa. Y en mi caso, una música de ayer bien moldeada tiene el mismo reconocimiento que una de hoy. No es una cuestión de época ni de edad ni de tiempo, no es cuestión de si Mozart o C. Tangana, es cuestión de separar el grano de la paja, la excelencia de la vulgaridad. No vivo en el pasado ni con Jethro Tull ni con Miles Davis, ni con Beethoven ni con Springsteen, vivo con la MÚSICA, sea de ayer o de hoy, siempre que posea ese don maravilloso de la creación sutil y superior.

Así que estos días, espoleado por el anuncio del Heraldo, vivo sumergido en los discos de Jethro Tull, huyendo de las infectas ‘tanganerías’ cuando tanta música maravillosa del pasado y del presente anida en mi discoteca, y no digamos en la alejandrina plataforma de Spotify. Los días y horas memorables que, al calor de mi querido Disco Express, pasé en los primeros setenta escuchando el dúo básico de álbumes del juglar roquero —Aqualung (1971) y Thick As A Brick (1972), of course—, son inolvidables. Lo mismo que los discos que llegaron después, incluido, pese a todo, el criticado A Passion Play, y los tres primeros que a la España restrictiva de aquel momento, llegaron más tarde a mi tocadiscos. Todos ellos me remiten una vez más a una época tan insólita como fructífera y variada del rock, a un pasado en el que sigue siendo un gozo vivir, como lo es escuchando La flauta mágica, La Traviata o los cinco conciertos para piano de Beethoven. Música sin arrugas, sin tiempo, sin edad, que jamás podrán igualar estos idolillos de escayola de hoy. Así que ¡cómo perder el tiempo con ellos cuando la bodega del pasado está llena de tanto néctar!

Que ya no soy joven..., ¿y qué? Mis oídos y mis neuronas segregadoras de placenteras endorfinas, afortunadamente, se mantienen frescas e intactas. Ser viejo no es una condición que te receta el diablo o solo le sucede a cuatro paniaguados que no disfrutamos con estas músicas memas; como ser joven no es sello perenne, que a lo que te das cuenta se te ha ido a tomar viento. ¡Qué manía con aplicar el hierro candente del edadismo a la música!

Sí, resulta feo y pesado el envejecimiento, pero este trae capacidades mayúsculas, como las de la experiencia y el conocimiento, y con ellas el raciocinio para distinguir el terciopelo de la mopa. Es explicable que adolescentes y jóvenes mueran en el pilón de la mediocridad porque viven en un tiempo, pese a tantas fuentes de información, sin anclajes culturales, envueltos en la comodidad, la falta de autoexigencia, el botellón musical y el caudal de detritus que segregan muchos medios y especialmente las redes sociales.

Lo que ya resulta histriónico es esa gavilla de gentes ya curtidas en años a las que se presupone formación, conocimiento y paladar artístico, acompasando el paso a la vulgaridad de esa masa de púberes desorientados que jalean a estos ídolos de yeso de hoy. No lo entiendo, me produce recelo, rechazo. No digamos cuando, además, se muestran públicamente en los medios como voceros de estos ídolos, campaneando gansadas y boberías al por mayor. Pero así estamos, my lord.

A mí, desde luego, no me pillan, ni antes, ni ahora, ni después. Y si quiero o tengo que refugiarme en el pasado, por una razón u otra, con Jethro Tull o decenas más de grandes grupos y artistas de siglos atrás, lo haré placenteramente. Y no por ello, sentiré mi espíritu arrugado, Monsieur Montaigne, aunque mi cara y mi rebeldía cerebral ante la estulticia de estos tiempos denoten lo contrario. Es cuestión de cordura, formación y sensibilidad, creo.   

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