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Blog - La voz de mi amo

por Matias Uribe

la voz de mi amo

La sala multiusos, convertida en hospital: inimaginable

Inaugurada en 1994, en medio de un río de polémica y de millones malgastados, el recinto ubicado en la antigua Feria de Muestras se dedica hoy a un uso insólito: su vacío sería la mejor noticia.

Montaje de la sala Multiusos de Zaragoza.
Montaje de la sala Multiusos de Zaragoza.
Miguel G. Garcia

Por segunda vez, la Sala Multiusos convertida en hospital. Increíble. Ojalá fracase el ‘concierto’ para el que han sido convocados los nuevos usuarios. Rotundamente, que no acuda ni uno solo y que el organizador de actuación tan insólita, así estén sobre el escenario los Rolling o los mismos Beatles resucitados, se pegue un bofetón de aúpa. Será una magnífica señal de que ningún enfermo de coronavirus ha sido ingresado allí, que es la función para la que se haya transformado ahora en casa de salud. Idea acertadísima e imaginativa por parte de las autoridades para reforzar el sistema sanitario, pero ya digo, ojalá uno de sus muchos ‘multiusos’ haya sido en vano, que se estrelle la idea, que no sea necesario que entre ni un solo afectado. Todos aplaudiremos.

La sala nació para ubicar sobre todo conciertos, pero también para otros usos, como le encargaron al arquitecto, como banquetes, convenciones, exposiciones o ferias. Ni él, el arquitecto Basilio Tobías, ni yo podíamos imaginar que un día sería también hospital. Imposible. Si nos lo dicen aquel día que Basilio me mostraba las vértebras de la sala, cuando todavía estaba en obras, nos da un patatús. Es posible que hasta el ayuntamiento se echara para atrás o reformara el plano, que en eso, al menos, hubiéramos salido ganando.

Y es que la cosa tuvo su miga y su precio. Costó y costó tiempo y polémica hasta que llegó a entrar en funcionamiento. Querían inaugurarla en las fiestas del Pilar del año 1993 con los Héroes del Silencio, pero la cosa se dilató y no fue posible. Hasta Bunbury salió en el Heraldo exigiendo en titulares que la Sala Multiusos debería inaugurarse con urgencia, debido a la falta en la ciudad de un local para actuaciones de mediano aforo. Por fin, abrió sus puertas el 8 de octubre de 1994. Y tuvo su precio, vaya si lo tuvo: de los 700 millones de pesetas iniciales se acabó en 1.300, un trayecto similar, en lo que al sobreprecio se refiere, ocurrió con la sala nodriza, con el Auditorio y la sala Mozart, que, en principio, de no costar un duro —Triviño y García Nieto, dijeron— saltó los 7.000 millones. La pelotera, obvio recordarlo, inflamó los medios de comunicación durante meses y meses y cabreó mucho, pero mucho, a los sufridos contribuyentes.

Con el arquitecto Basilio Tobías quedé una tarde del mes de agosto de 1992 para hacer una turné por las obras y publicar un reportaje que salió en el Heraldo dos días después.

Artículo sobre la sala Multiusos.
Artículo sobre la sala Multiusos.
Archivo HA

Basilio, con amabilidad y buen trato, me fue explicando paso a paso los detalles de la obra mientras circulábamos por el esqueleto de la sala y aledaños. Desde el primer momento, al ver que aquello, en realidad, era una nave agrícola posmoderna (salió el palabro de moda entonces), un frío y gran paralelepípedo de obra nueva, empecé a sospechar que aquello era un proyecto desaprovechado, inservible para lo que en principio se había pensado y razón por la que había nacido: para la música. Una sala rectangular sin más, con paredes sin aislantes contundentes y con suelo de piedra, era un enemigo mortal para el sonido. En la columna ‘Carencias’ de la página de arriba lo hice constar; creo que incluso con benevolencia porque la cosa era de tirarse al río, de ver cómo se malgastaban más de mil millones para algo que no satisfacía las exigencias mínimas de una sala de actuaciones en toda regla: la acústica.

De retorno al periódico, y en el mismo coche del arquitecto, no me pude retener:

—Pero Basilio, ¿tú has estado alguna vez en un concierto de pop o de rock?

—No, no…

—Y no te ha dado por investigar en salas europeas como el Zenit parisino, no digamos el Royal Albert Hall, antes de acometer el plano —le menté alguno de estos lugares por ponerle a prueba y porque el francés era el modelo a seguir.

—No, no. A mí me han pedido que diseñe una sala para usos diversos y esto creo que es lo más acertado…

—Pero sobre todo es para música pop, ya que la clásica se ubicará en el Auditorio, y aparte de la mala acústica que da una sala rectangular, un tubo alargado, es que no hay ni asientos…

—¡Ah!, ¿pero los rockeros no vienen a los conciertos a botar? (sic) —me quedé de piedra.

Ya no seguimos la conversación, aparte de porque llegábamos a las puertas del Heraldo y él se iba a su despacho, no muy lejano, creo recordar, porque allí no había más sustancia que sacar. El PSOE municipal había encargado una obra muy específica a una persona desconocedora del uso primordial que, en principio, se le iba a dar, una persona absolutamente ajena al mundo musical. ¿Por qué? No lo sé, pero el tiempo iba a confirmar mis sospechas a las primeras de cambio, sospechas que hice patentes en el reportaje de arriba y que volví a recalcar en el comentario de la página de discos del día 26 de marzo de 1993 bajo el título de “Condenados a morir en infectos pabellones”.

Artículo sobre la sala Multiusos.
Artículo sobre la sala Multiusos.
Archivo HA

El Auditorio, el de la música clásica, se inauguraba extraoficialmente el día 30 de septiembre de 1994 con un concierto de prueba a cargo de la banda de la DPZ y de tres corales. Aquello tenía muy buena pinta, y así lo recogí en el Heraldo del día siguiente con un antetítulo muy musiquero.

Artículo sobre la sala Multiusos.
Artículo sobre la sala Multiusos.
Archivo HA

La Sala Multiusos lo hacía, en efecto, para las fiestas del Pilar, pero con dos años de retraso, exactamente el día 8 de octubre del 94, y ya sin los Héroes sino con Las Novias, a quienes les cabe el honor de ser los ‘estrenadores’ oficiales del invento (¡una placa ¿no?!) y los norteamericanos Spin Doctors y su kriptonita rockera. La pinta era todo lo contrario del Auditorio: malísima. Aquello era una jaula de grillos, con unos rebotes que rebanaban los tímpanos, no en vano se midieron reverberaciones de más de un segundo de tiempo, lo que es una locura en acústica. Dos días después, el 10 de octubre, el buen amigo y compañero Juan Antonio Gordón hacía un ‘repor’ de la inauguración con su buen humor, retratando la chapuza con precisión suiza.

Artículo sobre la sala Multiusos.
Artículo sobre la sala Multiusos.
Archivo HA

Al día siguiente, el once de octubre, no me pude contener, y junto a la crónica del concierto de Status Quo rebauticé el bodrio recién estrenado como Sala ‘Multipufos’. De esta, o me demanda el arquitecto o me largan del periódico, pensé, pero cual no fue mi sorpresa, y ustedes perdonen la vanidad, que no es tal, sino lo que oyeron mis oídos, el director, el recto y serio, parco en palabras, no digamos en elogios, Don Antonio Bruned, alertado por alguno de los jefes, se dirigió a la mesa de la Redacción donde se archivaban los últimos ejemplares del periódico, a muy escasos metros de mi puesto de trabajo, y sin volverse, sin mirarme, exclamó en voz alta:

—¡Periodismo de raza!

Artículo sobre la sala Multiusos.
Artículo sobre la sala Multiusos.
Archivo HA

¡Coño! Salí ileso. Una vez más. Porque previamente ya hubo algún comentario mío que no gustó fuera de la casa, y lejos de reconvenirme, me animaron a seguir mi línea (ay, Labordeta; ay, Paco Ibáñez, faltó un pelo para acabar en el juzgado). Pero recuerdo sobremanera a Don Andrés Ruiz Castillo, subdirector del periódico, llamarme a su despacho, a raíz de una carta del alcalde Ramón Sainz de Varanda, en la que se quejaba de mi comentario sobre la forma y la persona que el PSOE municipal había elegido como técnico de Cultura, y Don Andrés, con lo severo que era, no solo no me soltó un rapapolvo, sino que, al contrario, encaló unas frases, no reproducibles aquí, y no precisamente elogiosas del socialismo.

En fin, a lo que iba, que la Sala Multiusos nació maldita para la música y supongo que lo seguirá, aunque muchos conciertos sonaron bien, especialmente los del festival de Jazz, al colocarse una cortina partiendo la sala en dos mitades. Yo, tras aquellos inicios de tortura —no quiero recordar el de The Cult, con lo que me gustaban—, y tras ver solo la cabeza de B. B. King, que tocaba sentado y yo en mi silla de ruedas, con una pantalla de personas de pie que me impedía prácticamente ver el escenario, dimití definitivamente y juré no volver más a la maldita sala. No cumplí la promesa y lo hice en algún festival de jazz, pero mínimamente. Una obra así está reñida con la música, sea del tipo que sea, y ojalá lo esté con el coronavirus, y no acuda ni un solo usuario. ¡Qué gran señal sería!

Por cierto, ¿alguien tiene un buen recuerdo de alguno de los conciertos vistos allí? El de la despedida de Distrito 14, por ejemplo, que filmó Juanma Bajo Ulloa, parece que rayó a buena altura sonora. ¿O fue un espejismo por la grabación tomada a través de la mesa? En cualquier caso, aprovechando, una excelente oportunidad para recordar a Chueca (Casanova) y a tan magnífico grupo. Una lástima que no tirara como se merecía, pero ese es otro capítulo.

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