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Blog - La voz de mi amo

por Matias Uribe

la voz de mi amo

Martin Scorsese y el baile del bayón

El director norteamericano rescata en la banda sonora de ‘El irlandés’, en edición para Spotify bajo licencia de Sony, una canción que arrasó en la radio española de los años 50, ‘El negro zumbón’.

El cineasta estadounidense Martin Scorsese a su llegada al festival de cine de Roma.
El cineasta estadounidense Martin Scorsese a su llegada al festival de cine de Roma.
Efe

En varias sesiones, he terminado de ver ‘El irlandés’ en Netflix. Frente a esta obra maestra del cine, como ya se la ha calificado, yo me he aburrido un poquitín siguiendo las peripecias de Robert de Niro como asesino a sueldo en su duelo con Al Pacino, poderoso sindicalista del transporte, y con Joe Pesci, como el gran jefe en la sombra. Un ‘duelo de rostros’ que a mí, con lo que me gusta el cine negro y de gangsters -de los clásicos de James Cagney o Bogart a ‘Casino’, del mismo Scorsese, o esa trilogía cumbre de ‘El padrino’- se me ha hecho algo largo y premioso, aunque un poco menos en una segunda visión, y sobre todo después de escuchar en amena charla al trío protagonista con Scorsese en un extra que Netflix incluye también en el cartel. Y es que, tras la aparente serenidad de la película y de ese rostro pétreo y magistral de De Niro, en uno de los papeles de su vida, hay una profunda carga de violencia e intriga que perfora los nervios más duros. Una charla que afianza, como dice Scorsese, que esta no es una película para los cines, sino para incrustarse en ella y en sus personajes muy de cerca, a tres metros de los pantallones televisivos, no digamos mediante los proyectores domésticos. Pero, en fin, no seré yo quien establezca parámetros críticos de la peli, que doctores tiene la iglesia, y lo mío no es precisamente el doctorado cinematográfico.

Tampoco el musical, que cada día que pasa uno se da cuenta de los muchos grados que le restan por superar, pero algo queda después de más de cuarenta años dando la matraca en Heraldo, sobre todo el placer de escuchar buenas canciones. Y a ello voy con la banda sonora de ‘El irlandés’, aspecto descuidado en las informaciones y críticas que he podido leer en los medios, máxime conociendo la melomanía de Scorsese y su devoción por cuidar las bandas sonoras de sus películas.

A lo largo de la cinta, que se decía en tiempos, no dejan de sonar canciones, unas tras otra, y he ahí lo sorprendente, sin la más mínima hilazón, al menos aparentemente, con las imágenes. No extrañe, es una pulsión made in Scorsese, que, huyendo de la capitalidad de la música para crear marcos escénicos, utiliza torrenteras sonoras antes que ambientaciones musicales que cuadren a la perfección los ‘frames’ de las películas, con lo que le salen listados interminables. Y en ‘El irlandés’ suena una ‘play list’ que lo mismo que es la que es, podía ser otra, porque simplemente se han adosado a las escenas una serie de canciones -20 según la banda sonora accesible vía Spotify bajo licencia de Sony, pero son muchas más, verbigracia, la epopéyica ‘Spanish Eyes’, que en España popularizaron Kuldip y el gran Engelbert Humperdinck- sin orden ni concierto, porque sí, al gusto de su director y, por supuesto de su recopilador, el gran Robbie Robertson, líder de The Band, que ya trabajara con el premiado Princesa de Asturias de las Artes 2018 en películas pasadas. Es decir, que si fuera posible echar mano de un buen programa de ordenador que pudiera desgajar las canciones de las imágenes y de los diálogos y que cada cual añadiera las suyas propias, la cosa quedaría igual de apañadita y encima, puestas al servicio de una peli carísima y admitidas por Scorsese, llevarse un buen pellizco. Naturalmente, eso sí, ateniéndose al momento –cincuentas y sesentas- en que básicamente se desarrolla la acción y conociendo el paño musical de la época, amén de un poquito de buen gusto y paciencia y medios en la búsqueda.

Lo cual quiere decir que la ‘play list’ no es ni mejor ni peor que las decenas de posibles que saldrían según la habilidad de cada cual, sino una más. ¿Es esto menospreciar el trabajo de Robertson? No, por favor, rotundamente, no. Meterse un chute de piezas pop, R&B, rock’n’roll, doo wop, swing, blues, high school, latinas, italianas… de aquellos años, que Robertson ha escarbado con hambre depredadora de buitre, es un disfrute mayor, siempre plato sonoro más que apetecible; más teniendo en cuenta el mérito del autor de ‘The Weight’ para no ceñirse a lo convencional sino, al modo Tarantino, hurgando en los repertorios más oscuros, cuando no incógnitos, de los artistas elegidos, muchos de ellos completamente desconocidos para el gran público.

La cosa va desde The Five Satin, que abren el disco oficial en modo doo wop, a The Latin Casino All Stars que lo cierran en modo sebosa y acaramelada balada pseudo mafiosa. En medio, unos clásicos bien conocidos como Fats Domino y Glen Miller, un no menos recóndito Pérez Prado, el jeremíaco Johnny Ray, Bill Doget y su infeccioso honky tonk, o la pareja instrumental hawaiana Santo & Johnny. Y a su lado, un buen puñado de nombres que hay que ser muy ducho en la materia para identificarlos: Smiley Lewis, Jean Wetzel, Donnie Elbert, Eddie Hedwood, Jackie Gleason o The Goldiggers.

Una reconfortante sesión, en fin, de hidromasaje musical con añejas canciones de los 50 y 60 que asientan con solidez algo que a medida que pasan los años se percibe con más nitidez: el pop es materia eterna que ni se destruye ni se transforma, perdurable aun en tiempos de zozobra y mediocridad como los actuales. De todas formas, me detengo en solo tres piezas de la banda sonora para no ser cansino. Primera, la única pieza original, nueva, del disco y de la banda sonora de la película, ‘Theme For Irisman’, compuesta sabiamente por Robertson, con una contundente batería, un cello penetrante hasta los higadillos y una armónica que evoca a Morricone y los conocidos spaghetti western que musicó, aunque obviamente distante en sonoridad y hasta de espíritu de época por aquello del grosor de la grabación en tiempos actuales. Una segunda, ‘Delicado’, de Percy Faith y su orquesta, que está muy bien, pero superlativa hubiera sido la elección de la ‘Rapsodia sueca’, compuesta por el nódico Hugo Alfvén en 1903, que en manos de Percy Faith, en 1953, se transformó en un joyón instrumental, de museo.

Y la tercera, que por cierto, Spotify la tiene cerrada, o sea, no disponible aunque figure en el listado, ‘El negro zumbón’. Ay, qué recuerdos de niñez muy temprana para quienes ya acumulamos unos cuantos años. Fue un hit inapelable en la radio de los cincuenta, no había día y hora en que no sonase aquella pieza en las ondas, hasta el punto de que el vulgo transformó futbolísticamente la letra, cambiando la frase álgida “ahí viene el negro zumbón bailando el alegre el bayón, repica la zambomba y llama a la mujer” por esta otra: “Ya viene el negro zumbón bailando alegre bayón, la chuta Zarra y la para Ramallest”.

¡El bayón! Uno de los bailes de época importados, no de Cuba, como entonces se pensaba, en aquellos cincuenta en que Machín y Nat King Cole se comían el mercado musical español junto a folclóricas y coplistas, sino ¡de Italia! De hecho, compuesta por dos compositores transalpinos, Giordano y Trovajoli (o Roman), y cantada por la también italiana aunque de ascendencia angloamericana, la popular allí Flo Sandon’s, formó parte de la película de 1951 ‘Anna’, en la que una espectacular Silvana Mangano la bailaba y cantaba sobre la voz original de Sandon’s con una sensualidad a flor de piel al lado de dos mulatos de aúpa.

Demasiado para la España pura y casta de la época, por lo que la película no pasó la censura hasta dos años más tarde, con cortes e incluso con campañas carpetovetónicas en contra, caso del alcalde de Chipiona quien no solo prohibió la película en su localidad sino que mandó arrestar a todo aquel que cantara o bailase el nuevo ritmo. Se dice que uno de los que fueron a chirona fue el mismo padre de Rocío Jurado. La censura, que le colocó un 3-R así de grande, o sea, altamente pecaminosa, ordenó también que en los anuncios publicados en prensa, lo que no se acató, como puede comprobarse en las hemerotecas de Heraldo y La Vanguardia, se insertara este aviso: “Cualquier parecido de Ana con otras mujeres de la vida real es mera coincidencia y pone de manifiesto la valiente humanidad del film”. La película, sobre una cabaretera metida a monja, fue dirigida por Alberto Lattuada, unido al emergente cine neorrealista italiano, y protagonizada, además de la exuberante Mangano, que ya había provocado escándalo con la estupenda y socialmente combativa ‘Arroz amargo’, por Vittorio Gasman y Raff Vallone, el galán de ‘La violetera’. Sin duda, el baile del bayón por parte de Silvana Mangano, que causó gran impacto internacional, fue una precuela erótica del luego más escandaloso mambo de Brigitte Bardot en ‘Y Dios creó… la mujer’.

La canción, sin embargo, corrió mejor suerte, publicándose enseguida en España, si bien no en la voz original de Flo Sandon’s sino en las versiones del gran Pérez Prado y Xavier Cugat con Tito Puente. También la versionaron en su momento, bien como ‘Anna’ o con su título original, Amalia Rodrigues, Chet Atkins, Lolita Garrido, Caterina Valente, Los Panchos, The Brass Ring, The Spotnicks, The Champs, la dulce Connie Francis o la inmensa Dusty Springfield. En 1978, Los 3 Sudamericanos hicieron una versión -‘El baion de Ana (El negro zumbón)’- en su álbum para Columbia ‘Los Tres Sudamericanos’. Y, afortunadamente, la saga, aunque con escasa difusión (no eran tiempos), los seductores oregoneses Pink Martini hicieron una versión en 2006 y desde entonces llevan versionándola:

Y Steven Seagall la recreó en 2008 en la comedia Superagente 86:

También Regina Dos Santos, ya en los 80, metió el cucharón en el bayón:

No han sido estas las únicas versiones, que desde adaptaciones para órgano a saxo u orquesta y voces de lo más variadas, las hay a docenas -hasta Los Del Río y Bárbara Rey, la ‘bambolera’ Patty Bravo y grupos de música popular como Los Dulzaineros de Hacinas (Burgos) o experimentales como los australianos The Avalanches la han atacado-, si bien ha tenido que venir Scorsese para recordarnos este ‘hitazo’, que se dice ahora, de los 50 y de la América de mediado el siglo pasado, pero también de la España bailona del bayón y el mambo de aquella época. Es lo que tiene llamarse Scorsese y ser un número uno del cine mundial aunque este ‘irlandés’ sea aparentemente algo frío y premioso y el último tiraje sobre Dylan un fiasco.

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