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Blog - La voz de mi amo

por Matias Uribe

la voz de mi amo

En memoria de Juan Linacero y José Luis Cortés

Ambos dejaron huella indeleble en la música zaragozana. Juan, creando una red puntera de tiendas discográficas, y José Luis, zarandeando el panorama local con sus escritos y su activismo como promotor y devoto del flamenco

La actual tienda Linacero, ubicada en El Caracol, en el paseo Independencia.
La actual tienda Linacero, ubicada en El Caracol, en el paseo Independencia.
Matías Uribe

Semana de luto la pasada semana, dolorosa, puñetera. Murieron Juan Linacero y José Luis Cortés, dos personas de ámbitos diferentes pero con sobresaliente actividad en el mundo de la música zaragozana; el primero, creando las primeras tiendas profesionales de discos en Zaragoza (Linacero), un pionero en facilitar, a través de Cara 2, el acceso al mundo del vinilo en un tiempo, los primeros setenta, en que resultaba muy difícil llegar a muchas de aquellas golosinas discográficas que, por ejemplo, aparecían en el viejo Disco Express; y el segundo, un profesor biólogo de alma inquieta, que lo mismo creaba revistas que producía grupos, regentaba una oficina de management, inventaba sonoras etiquetas como la de la ‘rumbabilly’ para los Combays o, sobre todo, jaleaba el flamenco en estas tierras distantes de aquel sur andaluz que tanto amaba.

Juan tenía carácter de emprendedor nato. Trabajaba en un banco, pero hubo un momento en que debió pensar que estar todo el día entre papeles y el trasero atornillado a una silla le superaba y, no se sabe cómo, vio que el mundo del disco estaba huérfano, o casi, en la ciudad (básicamente se reducía a las tiendas de Galerías Preciados y Guateque). Y se lanzó: abrió un chiringuito, no se tome como despectivo el término sino la pura realidad, en el patio de vecinos de un edificio de la plaza San Miguel, entonces epicentro de moda de bares y ligoteo. Allí vi su figura por vez primera, husmeando entre los escasos discos y casetes que se agolpaban en su breve mesa expositora.

Le debió ir bien, o le pudo aquella fe en el negocio que tenía. El salto fue de vértigo. A dos pasos del garito del patio de vecinos encontró un local con sótano que enseguida se convirtió en el paraíso de los melómanos rockeros de la época, Cara 2. Imelda Bueno, la chica más enrollada de la ciudad, y Alberto Carasol, un erudito, atendían a la clientela. King Crimson, Spooky Tooth, los Floyd de Syd Barret…, una inmensidad de joyas estaban allí, al alcance de los cuatro locos del rock de la ciudad, servidor uno de ellos. Aunque casi prohibitiva por los precios, me abastecí todo lo que pude en aquella Cara 2, que hasta llegó a convertirse en sello discográfico, ya con la entrada en el negocio familiar de Luis Linacero, el hijo mayor de Juan.

Guateque fue su siguiente singladura. El viejo local del pasaje Palafox, olvidado y ya sin el oropel yeyé y moderno que gozó durante los sesenta, llegó a sus manos. Digamos que tenía que levantar un cadáver, pero no se arredró y se metió en faena. Fue cuando lo conocí personalmente y cuando desde entonces comencé a profesarle admiración y afecto. Nos conocimos, curiosamente, en Madrid, en la primera convención que la CBS hizo en la capital del reino, creo que por su décimo aniversario en España. Una fiesta en Florida Park en la que debutó Miguel Bosé y aparecieron Los Pecos y Sissi, si mal no recuerdo. Conversamos durante bastante tiempo, me contó lo del traspaso de Guateque y, hombre sin apenas formación musical pero muy atento a lo que ocurría en la industria del disco, me pidió ideas y sugerencias para la nueva tienda. Yo ya había estado en Londres y conocía el paño británico, por lo que le comenté que había que modernizar el mundo del disco en la ciudad, mirando muy de cerca a la gente joven, con un relativo poder adquisitivo pero con mucho interés por el rock y el pop.

Le di como idea que clasificara los discos, no al modo tradicional del orden alfabético sino por géneros…”Uhmmm, ¿y eso cómo lo hago yo?” Me pidió ayuda y me ofrecí de inmediato a colaborar. Durante no pocas tardes fui colocando los discos por estilos: rock, pop, jazz, rock cósmico, sinfónico, reggae… Labor fatigosa pero que hice de mil amores, mientras nuestra amistad y confianza se hormigonaba a pasos agigantados. Guateque lució de nuevo como goloso centro discográfico.

Pero el gran salto llegó cuando, ya en los primeros ochenta, se trasladó a un gran local de la calle San Miguel, el famoso número 20, donde durante muchos años fue el centro por excelencia del mundo del disco y placenta para gestar y alimentar los fervores musicales de miles de aficionados a la música. En la ciudad ya existían un buen número de tiendas -Musical R3 en el Tubo, Discos 33 RPM en una bocacalle del Coso, la excelsa discos Val, también en el Tubo, Galerías Preciados- pero Linacero se erigió enseguida en el foco comercial del disco, subiendo como la espuma en referencias discográficas y, supongo que en la caja. Inolvidables las colas que se formaban ante las cajas registradoras, sobre todo en fechas navideñas. Allí también aceptó mi sugerencia de establecer un espacio para los libros musicales y colocó unas bandas golosísimas con todo lo que en aquel momento había llegado al mercado español, que ya era copioso. Cuando surgió el vídeo musical, también le abrió espacio.

Para entonces, su hijo Luis ya casi le había tomado el relevo en la tienda, pasando él más a las labores de despacho. Luis fue un avanzado de la época: con su juventud tuvo la gran idea de hacerse, no sin gran esfuerzo, con todo el material independiente que en el año 82 empezó a facturarse en España. Organizó también viajes a conciertos y fundó una revista. Aquello le dio un aire aún más nuevo y renovador al establecimiento, que al poco creó su propio almacén distribuidor y años más tarde se agrandó extendiéndose a un local contiguo, tiempo después convertido en café por mor de la crisis y la llegada de imperios multinacionales como la Fnac.

Juan, después de extender el nombre de tiendas Linacero a tres locales más, uno en Delicias, otro cercano a la calle Alfonso y otro a Gran Vía, definitivamente dejó la tienda y la trastienda y sus hijos se ocuparon de aquella red discográfica creada con su vista comercial y con su fuerza de emprendedor. En lo musical, en la apertura al mundo del disco que creó con su red de tiendas, la ciudad fue otra, su labor fue ímproba y fantástica, algo a lo que ayudó mucho su carácter personal recto, serio y diligente. Un auténtico caballero. La última vez que lo vi, al cabo de mucho tiempo sin encontrarnos, fue en 2016, en la presentación del fabuloso pack que alentaron Luis y Jorge Cano sobre Rocky Kan. El abrazo fue fuerte y cariñoso a más no poder, tanto que palpé cómo se le arrasaban los ojos al verme en una silla de ruedas. Todo un gesto emocionante que guardo y guardaré en mi memoria para siempre.

José Luis Cortés.
José Luis Cortés.
Archivo Panoja/Carlos Gurpegui

Con José Luis Cortés también compartí no pocas horas de charleta y buen rollo aunque ambos caminásemos por orillas distintas en lo musical. Cuando lo conocí, en los primeros ochenta, aún andaba en tierras del pop y en su insurgencia habitual, que yo siempre atribuí, quizá equivocadamente, a un desquite de sus años juveniles de militancia o simpatía, parece, por el Opus Dei. Fundó o se unió enseguida a la aventura editorial de la revista Menos 15 -ingenioso nombre: era el tiempo que quedaba hasta el cambio de milenio- y al poco descubrió a Los Combays y se envalentonó con ellos. No le faltaban argumentos: el trío de la Magdalena recuperaba la chispa de la rumba y el flamenco de los setenta pero servida con zumo rocanrolero. ‘Rumbabilly’ le llamó al invento, una fórmula nueva que se adelantaba a Ketama y al rock flamenquito que llegó después. Para entonces ya era un ‘gitano’ más, alguien que pateaba la Magdalena de arriba abajo y convivía con las familias de la zona como un pariente de toda la vida.

Sus largas vacaciones veraniegas en Conil le sumergieron profundamente y definitivamente en el mundo del flamenco: despertó a Tejuela, montó un local para actuaciones del género y activó el estilo en la ciudad a través de la Peña Flamenca, impulsando discos como los dos fenomenales trabajos de investigación con la Orquesta Popular de la Magdalena, cuando no impulsando el Festival de Flamenco de Zaragoza o inventando ciclos y programas de actuaciones como De la raíz. Ello, además de su labor como programador y promotor y representante artístico bajo la marca Panoja y su devoción por la escritura musical, donde se mostraba guerrillero e ingenioso tanto en Andalán como en Menos 15 o en la revista Primera Línea, donde, allá por los primeros 90, si mal no recuerdo, trazó un panorama de la música zaragozana totalmente dinamitero.

Y es que, en efecto, era de carácter fuerte e impetuoso, hasta cascarrabias y peleón para defender lo suyo, pero también divertido y con gran corazón. Personalmente me ayudó cuanto pudo en asuntos extramusicales y en una visita a casa me dejó uno de los momentos más jocosos que recuerdo junto a él: acababan de operarle de cervicales y yo caminaba con muletas, ambos bajábamos las escaleras de mi casa como dos zombies temerosos de pegarnos la costalada, él estirando el cuello que no podía doblar y yo agarrado a la muleta y a la barandilla como una lapa…, y de repente se me vuelve y con su deje extremeño-andaluz me suelta: ¡Matías, en esto ha quedado la crítica musical zaragozana, si nos ven nos apalean, qué ruina!

Ambos, pese a todo, seguimos peleando, cada uno en nuestra orilla -nunca me perdonó mi defensa de Héroes del Silencio-, pero siempre con respeto y afecto. En 2014, unas fiebres pertinaces y una mielitis, según me contó, le llevaron a la silla de ruedas, pero nunca, afortunadamente, echó el candado a sus sueños y a su fervor por la música y sus quehaceres periféricos. Si se ha encontrado con Juan Linacero por allí arriba, es seguro que andarán tramando alguna aventura juntos: la inquietud y el vértigo empresarial les tenían en guardia permanente. Los dos dejaron huella indeleble e inolvidable en el mundo musical de la ciudad. ¡Echaros una rumbita celestial, leñe! Y descansad en paz. Todas mis condolencias para la gran familia Linacero y para la de José Luis, con Rosa, su esposa, a la cabeza.

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