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Blog - La voz de mi amo

por Matias Uribe

la voz de mi amo

Música en las fiestas del Pilar, ¿para qué?

El programa, como tantos años atrás, se atiborra de nombres insustanciales que rompen un brillante espejo creado en los 80 por el PSOE y roto por él mismo más tarde.

Amaral
Amaral
Efe

No es rancia nostalgia, que uno vive en el presente, sino colocar la lupa sobre el pasado para ver cómo este se deforma en determinados aspectos ante el filtro de hoy, un juego de espejos de feria que irremediablemente se deteriora en busca del finiquito, si es que este no ha llegado ya definitivamente. Exactamente lo que viene ocurriendo año tras año, desde los inicios del milenio, si no antes, con la música de los pilares…

¡Ya está aquí Uribe, como decía un lector, con su monserga clásica y jeremíaca de las fiestas! Posiblemente, pero en ello percutiré mientras, a mi juicio, sea menester. Mirar, estudiar el pasado es una buena acción para mejorar el presente, para aprender de él y mejorarlo, no para estropearlo, y menos aún para matarlo. Hubo un tiempo, en los ochenta y principios de los noventa, que con la llegada de los ayuntamientos democráticos, y aunque fue costoso encarrilar a los próceres encargados de la cosa, Zaragoza gozó de unas fiestas musicales de muy buen nivel; altísimo, se diría, viendo el mapa de hoy.

De la mano del PSOE vinieron a la ciudad en estos días desde grandes estrellas, dígase Tina Turner y Dire Straits, a figuras musicales de segundo rango popular, pero no menos notables, como Kevin Ayers, Spandau Ballet, Inmaculate Fools, Sleepy LaBeef, Waterboys, Peter Hammill, Elliot Murphy, Peter Green, Memphis Slim… o los entonces nombres nacionales más visibles del rock y del pop, desde Miguel Ríos a Burning, Radio Futura, Mecano... Se componían programas muy atractivos, que no solo enaltecían la fiesta sino que además procuraban diversión y conocimiento. Desde la carpa municipal (¡qué pena que decayera!) a las plazas y la misma Romareda, un rosario de actuaciones musicales que sacaron a la ciudad de la abulia elitista del franquismo y le dieron a la ciudad prestigio y timbre nacional.

Todo eso se ha ido definitivamente al sumidero. Revisar el programa de actuaciones musicales de este año, como tantos años atrás, produce desazón y desolación. Salvo la avizorada e inmediata caza de Amaral por el ayuntamiento para la plaza del Pilar, y alguna pieza menor (¿Los Secretos, Fangoria?), nada de nada de rango y calidad en los recintos municipales y en aquellos que operan bajo su tutela bajo subasta.

Y aquí reside básicamente el origen de esta pobreza que asola musicalmente las fiestas: en la subasta o en la cesión organizativa de los espacios municipales a la empresa privada. Una cesión que libra de quebraderos de cabeza a los técnicos culturales y revierte económicamente en las arcas municipales, pero ¿a cambio de qué? De la ramplonería. Radios, empresas ganadoras de subastas, peñas (cuando operaban)… obviamente se aferran a sus intereses particulares y recurren a nombres que les garanticen salvaguardar la caja de caudales lo más llena posible o difundir su marca como si de un jabón o un desodorante se tratara. Aquí está el mal que genera la ramplonería.

No es mal de ahora sino de hace años, desde que el mismo PSOE, que creó el brillante espejo, optó por destruirlo en los noventa y definitivamente con la llegada de Belloch a la alcaldía en este milenio. Antaño eran los técnicos culturales, los que, con más o menor acierto, decidían y regulaban las contrataciones de artistas, hoy no pueden decir ni Pamplona al respecto, porque prácticamente toda la programación musical está privatizada. ¡Qué paradoja más hiriente en un partido paladín de lo público! Paradoja que irritantemente no rompió ZEC y que veremos si lo hará la derecha que rige el consistorio actual, aunque mucho me temo que ni lo hará ni entrará al trapo, conociendo sus postulados neoliberales y su tendencia a las privatizaciones.

Así estamos un año más. Y van… Con un plantel musical de pena. Con actuaciones ínfimas y baratas en los espacios municipales o dependientes del concejo que sonrojan o cuando menos invitan a quedarse en casa o a pasear por la calle o refugiarse en los bares y salas pequeñas. Aunque, en su descargo, hay que reseñar dos aspectos a tener muy en cuenta: uno, no quedan apenas grandes figuras y las que quedan son incontratables (dinero, fechas…); y dos, por lo que ofrecen los programadores y por lo que la gente en general parece que quiere, no hace falta disparar muy alto, con una chuflaina y un tambor, ya está la fiesta montada.

¿Qué más da Pepito que Juanico si de lo que se trata es de botar, ponerse hasta las trancas de alcohol y otras especies, hacer unas risas, mover el esqueleto y darle al ligoteo? Pues vayan días y vengan ollas, que diría Sancho Panza en las bodas de Camacho. O sea, ¡venga DJs, figuritas y metros cuadrados de botellón! ¿Música para qué? Un retrato muy propio de estos tiempos de estulticia general.     

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