Despliega el menú
Blog

Blog - La voz de mi amo

por Matias Uribe

la voz de mi amo

Sabina: veinte años y un libro

Se cumplen dos décadas de la publicación del álbum 19 días y 500 noches, efeméride que el periodista valenciano Juan Puchades celebra con el libro ‘Sabina fin de siglo’.

Joaquín Sabina se queda mudo en el escenario
Joaquín Sabina
HA

Es probable que le ocurra a alguien más que a mí. O no. Y con ello, esté frente a un bicho raro como yo y aún no me haya enterado. Blifff…. Pero en ocasiones, por saturación o por cansancio o porque con los años se maceran y se criban las músicas, o porque esas músicas caen en el abismo, le pongo el candado a determinados discos y artistas que antaño me han llamado la atención e incluso me han gustado mucho, y no los vuelvo a escuchar o me da pereza hacerlo.

Sabina es uno de estos a los que, cual Papageno mozartiano, le puse el candado hace tiempo, después de Alivio de luto, quizá. Desde entonces me motiva muy poco, mi reproductor lo tiene silenciado, no desempolvo uno de sus discos ni con una escopeta en el cogote, me cuesta escucharle. Suena una canción en la radio o en la tele, y bueno, vale. Pero no más.

Y lo dice uno que lloró a moco tendido la primera vez que dejó caer la aguja del tocadiscos sobre el LP Malas compañías, o sea, en 1980, hace 39 años. ¡Pardiez! ¡Esto sí que es un cantautor!, exclamé entonces para mis adentros. Aquel tipo componía y cantaba integrando a Dylan con la rumba, dejando de lado el lloriqueo brasseniano y otras hierbas marchitas del prado en el que estaban acantonados los cantautores españoles clásicos. Abría un nuevo horizonte. Por fin, la canción popular hispana miraba a Leonard Cohen y sobre todo a Dylan. Y, además de los textos, cuidaba las músicas y los arreglos.

Con Calle Melancolía y los slides de guitarra se desenfundaba el revólver de la novedad y las emociones. La balada macarra del Jaro me traía el blues, Carguen apunten, aunque de forma más intuida que real, el rock mercurial de Dylan, Círculos viciosos te subía a un divertido carrusel girando y girando sobre el gran Peret, Pongamos que hablo de Madrid incidía en Dylan para describir la neurastenia de una gran ciudad en la que hasta los pájaros visitaban al psiquiatra, por el subsuelo de Manual para héroes y canallas circulaba el jazz, Bruja era el maravilloso adelanto de Princesa... ¡Ufff, qué borbotón de emociones y sensibilidades! Allí había canciones que cumplían a la perfección el objetivo aún incólume de Sabina y que ha presidido toda su trayectoria: fabricar canciones que le partan el corazón a él y a otros, importándole un bledo si son comerciales o no.

Lloré, lloré, y me emocioné ante unas canciones tan turbadoras como humoradas, como hacía unos meses antes me había ocurrido con el pinfloydiano The Wall y su Comfortably Numb (así de blando era uno). De manera que, cuando me llamaron los representantes locales de Epic y CBS (saludos y amores para los inolvidables José Antonio y Jesús Herrero), para ofrecerme la posibilidad de entrevistar a dúo a Sabina y Krahe, ambos con sus primeros trabajos recién salidos del horno (Inventario había existido pero como si hubiera sido un nonato), dos principiantes a los que entonces los conocían sus respectivas novias que no sé si las tenían y los cuatro fijos de la luego famosa Mandrágora. La entrevista, la primera que hacían fuera de Madrid, y creo que también la primera publicada en un periódico nacional (no vi nada en El País ni en Diario 16), la hicimos en un restaurante de la plaza de San Francisco, en un ambiente de risas y surrealismo imperial, que culminó en una noche en el BV-80, convertido en Mandrágora zaragozana, con ambos cantando junto al fallecido Antonio Sánchez.

Desde entonces trabé una profunda y calurosa amistad con Sabina, que se tradujo en largas noches de copas, invitaciones a su casa de Tirso de Molina a la que nunca fui, comidas en restaurantes de lujo, dedicatorias de canciones en recintos zaragozanos, llamadas de teléfono, envíos urgentes de discos autografiados, numerosas entrevistas y hasta una propuesta suya de biografiarle… Una relación fantástica que empezó a opacarse cuando, como dijo en una rueda de prensa a la que no asistí, “dejamos de ser novios”, no por su culpa sino por la mía, por sus desplantes de famoso y, sobre todo, al ver cómo rompía su cadena de discos de cantautor novedoso y emocional echándose a las rancheras. ¡Qué horror!

No fue, no obstante, pese a la infamia, cuando le puse el candado. Fue, como decía anteriormente, quizá tras Alivio de luto. Me cansé de Sabina, de sus discos, de su monotonía, de su holgazanería para componer, de su voz rota… y en lo personal de su indiferencia y vanidad, de esa basilical altanería a la que se suben todos, ¡pero todos!, los artistas que llegan a la cima del éxito. Por eso me cuesta “dos meses y tres noches” aceptar la invitación de Juan Puchades a meterme en su libro Sabina fin de siglo, publicado por Efe Eme en abril de este año, en el que relata pelos y señales de la confección de su disco 19 días y 500 noches, que el periodista valenciano y muchos más consideran su obra capital: yo discrepo, o al menos, no es mi favorito. ¡Qué pereza! Es una invitación a una fiesta o a una boda no deseada. No me interesa en absoluto. Mas no sé cómo, por fin, deshollino el libro y Sabina vuelve al tocadiscos (bueno, su sustituto camastrón de hoy, Spotify) y las páginas de Puchades me sumergen en la historia...

¡Oh, qué desfile de voces, incluida la del mismo Sabina, contando los misterios de la confección del disco! Desde el citado Sabina a Pancho Varona, Antonio García de Diego, Alejo Stivel… o el zaragozano, o afincado aquí durante un tiempo, Josu García. ¡Qué currazo de Puchades amasando hormigón para edificar todo un libro sobre un solo disco! Abrumador. Tanto que, con su metodología de tocar en puertas de todo hijo de vecino, daría para tres libros más! A veces se me hace pesado –me sobran las pinceladas sobre el rock argentino porque Alejo Stivel estuvo, como es bien sabido, al mando de la producción, y más aún la mini bio de Stivel y Tequila, pero sobre todo la exhaustiva y desagradable historia con Fito Páez-, pero hay salsa, mucha salsa en la que untar y mucho bocado sabroso que degustar en este libro.

Por ejemplo, las pestes sibilinas que destilan Pancho Varona y Antonio de Diego sobre Stivel, que irresolublemente les había dado una patada en el culo en un momento en que Sabina, frustrado por el rosario de la aurora que no pudo rezar con su enemigo íntimo, el irritante y altivo Fito Páez, quería buscar nuevos caminos. Deslumbra también el ambiente crápula y el trajín de la casa del cantante en Tirso de Molina –“una combinación de bar, pensión, oficina y taller de canciones”, como dice Puchades, por la que desfilaban “músicos, escritores, periodistas, actores, toreros, modelos, camellos, prostitutas y anónimos visitantes”- y que fue donde Sabina, sorprendentemente aislado en aquel mundanal ruido y junto a un amigo con el que consumía cocaína hasta las cejas -“es un disco de coca completamente”, le confiesa el mismo Sabina a Puchades- compuso las canciones del hoy famosísimo disco que acaba de cumplir 20 años. Los Beatles hicieron lo mismo en el Sgt. Pepper pero cargados de LSD: una muestra del poder de las drogas en la creación musical. “La coca da un punto de concentración obsesiva imposible de encontrar de manera natural”, confiesa Sabina a Puchades. Grandes revelaciones para inexpertos.

Stivel le hizo no solo cantar de forma natural, tan sucia como cuando lo oía cantar en bruto por las noches en el piso de Tirso de Molina, sin maquillajes, con la boca pegada al micro, o sea, sin el reverb, según él, que limpia instrumentos y garganta, sino que además le obligó a colgar la holgazanería y a componer la música, que antes le servían Varona y compañía. Y así, atiborrado de coca y güisqui y dos meses sin dormir, salieron las trece canciones del disco. Puchades taladra como un berbiquí en busca de los más mínimos detalles de la composición y de la grabación, hasta cómo, por ejemplo, se colocaban los micros. Y luego aplica el mismo método de trabajo en la explicación de todas ellas. El resultado es tan exhaustivo –a veces demasiado- como lúcido. Eso explica la obesidad del libro en proporción con un solo un disco, en tan poco para que haya dado para tanto. Los ‘sabinistas’ lo agradecerán hasta entornar las pupilas de placer, no así los menos detallistas, y no digamos a los que Sabina se la trae al pairo. Pero eso, la gordura literaria antes que la anorexia.

Dado el perfeccionismo de Sabina con las letras, la grabación se alargó y se alargó hasta que Alejo tuvo que decir basta. Entre músicos, estudios, productor, carpeta… el disco costó en torno a los 25 millones de pesetas, cuando lo normal por aquella época era de unos ocho millones, según confiesa una de las muchas voces que narran el trasfondo del álbum, Carlos López, director de BMG. Bien es verdad que había material para un disco doble, y así lo quería tozudamente Sabina, pero el presidente de la compañía, José María Cámara, que no creía en el álbum, llegando a afirmar que no había canciones valiosas ni para llenar un simple, se lo echó para atrás rotunda y tajantemente. Me temo que si por el gran pope de la industria discográfica hubiera sido, ni se hubiera publicado. Menudo bofetón: el disco, tras salir el 6 de septiembre del 99, llegó a las 600.000 copias vendidas en los meses siguientes y hasta hoy, según Puchades, está en el millón cien mil.

Ahora, Sabina ha vuelto a sonar en mi buhardilla. Innegablemente 19 días y 500 noches es un gran disco (cinco estrellas le coloqué en el Heraldo el 1 de octubre del 99), con una de las mejores canciones que Sabina haya firmado en su vida, De purísima y oro, pero yo me sigo emocionando mucho más y valoro mucho más, por razones varias, tanto históricas como sensibles, y aunque aquel fuera un disco disperso y austero, con Malas compañías. Puchades y su laborioso libro, imprescindible para ‘sabinistas’, tienen la culpa de la retirada del candado. A ver lo que me dura la fiesta.

Etiquetas
Comentarios